Stephanie abrazaba sus piernas, su mirada paseaba por la pared donde reinaba el televisor gigante. Con el teléfono en la mano, se lo apartó un poquito para mirar al techo, y lo volvió a mirar.
—¿Y dónde estabas entonces? —escuchó preguntarle Fran.
Los engranajes de la comprensión hicieron su magia y Stephanie tardó dos segundos en contestar.
—Aún en París.
—¿Te puedo decir un halago sin tener en cuenta nuestra relación?
Stephanie no entendió la pregunta, pero aceptó de todas maneras.
—Eres una persona resolutiva.
—Gracias.
—¿Te noto apagada o me lo imagino? —Fran cambió el tono.
Stephanie quería ver a Francisco, quería tenerle de la mano, quería besarle, abrazarle.
Por teléfono no se puede.
—Te estimo. —Volvió a decir.
Un murmullo se coló por el altavoz de Stephanie, pero no lo entendió bien y no quería parecer pesada.
—Quiero verte. —Se escuchó a sí misma suplicante.
Ella sabía que había aceptado las condiciones de Fran para ir despacio, pero Stephanie tenía unas ganas tremendas de gritar que le amaba a pleno pulmón. Por ahora, se tenía que conformar en admitir que el abogado le gustaba, aunque ella sabía a ciencia cierta, de que lo suyo no se quedaba solo ahí.
—¿Has pensado en una videollamada? —sugirió Fran.
La cara de Stephanie pasó de apatía a alegría, como si fuera una niña pequeña. Lo quiso hacer de inmediato.
—¿Puedo?
—¡Por supuesto, Fani! Pero lo dejamos para mañana, que es la una de la madrugada; y no sé tú, pero yo mañana madrugo para ir al bufete.
Una sonrisa ocupó su cara por completo. Ese chico era encantador sin saberlo.
—¡Vale! —pero no colgó, quería seguir escuchándole—. ¿Cómo has dicho antes?
Fran debió entender otra cosa, se puso muy nervioso de repente.
—¿Cuándo, exactamente?
—Yo dije que te estimo y tú me respondes con otra cosa... ¿Arrojar menos?
—Estimar, vale. —Fran pareció relajarse un poco—. Echar de menos, añorar, tener morriña. ¿Te gustan?
—Me gustas tú. —Le desarmó con picardía.
Se volvió a oír un murmullo desde el teléfono, unas palabras sordas que no sonaban a nada en concreto.
—Hasta mañana. —Tardó en escuchar.
¡Que ganas tenía de decirle que le quería! Pero se propuso esperar a que fuera Fran quien lo dijera primero.
Colgó la llamada. Recogió lo poco que ensució con la cena y se fue a acostar. Conectó el teléfono al veintidós por ciento de batería y lo miró, desde la distancia, con esperanza hasta que se durmió, con un nombre en la cabeza, el de la prima de Fran, que él mismo había desvelado, cantaba muy bien.
A las nueve de la mañana, la sirvienta de Christopher estaba en la cocina, organizando la comida de la despensa y el frigorífico.
—Señorita prima, ¿Se va a hacer el desayuno o pretende que se lo haga yo?
—Llámame Stephanie, pero señorita prima suena muy mal.
Stephanie se levantó con el ego subido.
—¡No tengo el potorro para acordarme de todas las niñas que tengo que atender! —La mujer se había levantado de mal humor.
—¿Parezco una niña? —Stephanie se sorprendió de cómo la había llamado la mujer—. ¡Gracias, tengo veintinueve años!
La mujer se desarmó de tal manera que no pudo más que soltar una carcajada.
—Perdona si soy grosera, pero me ha traído mi marido y se nos ha jodido el motor del coche de camino, y por eso he llegado tarde.
—¿Puedo preguntarte el nombre?
—¡Eres más amable que tu primo! —la mujer se apartó del armario y miro a Stephanie directamente la cara—. Me llamo Nina.
—What a beautiful name!
—Pues te cuento una anécdota, como premio por ser tan maja, mi suegra tiene nombre compuesto y uno de ellos es el mismo que el mío.
Stephanie rio relajada, Nina lo había conseguido con solo una frase.
—¡Nina! —Stephanie no podía olvidar sus obligaciones, aunque tuviera libre albedrío para la hora—. ¿Hay algo que pueda llevarme para desayunar por el camino?
La mujer volvió a abrir el armario y lo revisó. Stephanie se asomó por encima de la puerta para ver que le podía ofrecer la mujer.
—Te puedo preparar un sandwich si tu primo no se ha comido el jamón cocido de la nevera, aunque ya me he dado cuenta de que está bien surtido de dátiles y tamarindo.
Se acordó de que tenía un paquete de cada cosa en el bolso desde el domingo.
—Tengo en el bolso, gracias Nina, por recordármelo.
Se fue a su habitación, a ponerse la ropa para ya, por fin, ir al estudio de grabación.
Stephanie abrió una de las pocas maletas que aún le quedaban por abrir y sacó un pantalón vaquero oscuro y un cárdigan de color amarillo mostaza. Se puso sus botas negras que conjuntaban a la perfección con el bolso que había llevado el día de antes. Y estaba lista para otra jornada de canto.
Ya sabía donde estaba la puerta; ya sabía en qué planta del edificio estaba el estudio; ya sabía a quién tenía que buscar para empezar a grabar.
Se encontró a Enid con Tony, estaba también Cassidy y otra chica muy parecida a Enid, pero de aura más triste y con muchos portafolios en las manos.
—¡Siento mucho llegar tan tarde!
La cara del matrimonio era de sorpresa.
—¡Vaya castellano, Stephanie! —Soltó Tony.
—¿El normal? —Comentó la chica triste.
—Lucía, —le ordenó Cassidy—, ella es Stephanie Osborne, una voz contralto y sedosa, que formará parte de la familia.
—Encantada. —Lucía no movió ni un músculo de la cara—. Sigo con los proyectos.
Lucía se fue.
—Es un poco seca, pero muy eficaz en su trabajo. —La excusó Cassidy.
—¿Patricia Llendelara es muy famosa? —Stephanie fue al grano.
—La conozco de oídas porque suele hacer las canciones de bandas sonoras. —Comentó Cassidy.
—Tiene cuatro discos a lo largo de su carrera y lleva doce años en la música en España. —Puntualizó Tony.
—Es la prima de mi novio, Fran.