Fran se desvistió a trompicones tras hablar con Stephanie.
Le temblaban las piernas y se tuvo que sentar. Sus manos no conseguían la fuerza suficiente para atinar a desabrocharse los botones de la camisa.
¿Por qué no era capaz de decirlo en voz alta?
—Te quiero en mi vida.
Abrió mucho sus ojos de color apatita.
—¡Arg! —Gritó frustrado.
Hablarse solo no le servía; Miley Cyrus le pareció una charlatana con su canción "flowers".
Lo había dicho dos veces, ¡dos!, y su voz apenas le había llegado a los dientes, ¡como para siquiera entonar la frase!
Pero su mente empezó a divagar con la idea de que era un amor fugaz, como tantos otros que ocurren, de esos en los que la magia del flechazo te nubla el juicio y pierdes la cabeza.
¿Por qué tenía que pasarle a él?
¿Acaso Stephanie le tenía hechizado?
Se tiró en la cama. Le costó poco porque ya estaba sentado. Al extender los brazos a ambos lados, su mano derecha golpeó ligeramente su móvil. Lo cogió y lo miró.
El caso es que lo había dicho, ese segundo escalón en su escala afectiva. Había dicho que quería a Stephanie. Y realmente la quería, simplemente la quería, únicamente la quería.
¿Para qué le daba vueltas? Para no ser dañado.
Agarró el teléfono y lo levantó. Abrió el traductor.
—Stephanie, te quiero.
"Stephanie, I love you" apareció como traducción.
Copió el resultado, cambió la traducción, eliminó el contenido y pegó esa frase para que el traductor hiciera su función.
"Estefanía, te amo"
—¡Lógico, la primera traducción no era correcta!
Su mirada se posó en el nombre: Estefanía. Le parecía un nombre de una elegancia modesta y nada pretenciosa. Pensó que le gustaba mucho, incluso en castellano.
Era tarde, había que madrugar. Puso el móvil a cargar y pensó que estaba posponiendo tener una foto de Fani. "Se lo pediré", al fin y al cabo, tampoco era tan difícil, ¿Verdad?
Adiós lunes y hola martes.
Una energía diferente le levantó de la cama. Su cuerpo apenas había dormido, pero había descansado por completo.
Miró su muñeca y vio que aún eran las seis y media de la mañana. Y al vivir cerca de la oficina del bufete, el transporte no era problema, dos estaciones de metro y listo.
La vista se dirigió sola hacia el móvil que había en el escritorio de la habitación, cargando.
Abrió su maletín y se puso a ojear los casos pendientes. Le llamó la atención el último caso que le llegó antes de que retomara el de David.
Trataba de un niño que no quería que sus padres se divorciaran, alegando que le maltrataban psicológicamente cuando se encontraba a solas con cualquiera de los dos. Tendría que llevarlo junto a la abogada más nueva del bufete y no le infundía confianza. No sé acordaba ni de su nombre.
Las siete y media llegaron enseguida y Fran ya estaba preparado para ir al bufete.
Al salir de la habitación, se topó de bruces con Ramiro, con su cabello rizado bastante mojado, la camisa del pijama desabrochada y la cara ojerosa.
—¿Colega, estás bien?
—Esta noche se me han agotado las pilas. —Ramiro entonó como si estuviera leyendo el prospecto de un medicamento.
—Pues yo estoy pletórico.
—Me alegro por ti.
—¿Te has duchado?
—Obvio. —Ramiro miró a un lado y a otro, y entre su apatía, se vislumbró un atisbo de ironía—. No dormí bien.
—Tengo un caso pendiente que comentar contigo, y creo que la clienta tenía cita hoy.
—¡A sus órdenes, jefe! —Una sonrisa empezó a asomarse en su rostro.
—¡Este es el Ramiro que espero ver!
La rutina prosiguió como un día normal. A las ocho y media abrieron la oficina, y tres de los seis abogados se preparaban en los casos con meticulosidad. Los otros abogados que faltaban estaban en juicios, trabajando.
Cerca de las diez de la mañana, con un café con leche para Ramiro y otro para él, pues estaban repasando el caso que tenían juntos, un escalofrío le vino a Fran por la espalda.
Se encogió de hombros y prosiguió.
Antes de comer, Cayetana ya estaba de vuelta en el bufete y habían perdido el caso.
—Juana no me ha querido hacer caso cuando le he dicho que no dijera nada y su exmarido se quedó con la mitad del terreno. —Aún no había cerrado la puerta de la oficina—. ¡Y todo porque se le escapó al decir que recibir el terreno era un regalo para el matrimonio!
Fran y Ramiro se miraron, intercambiando una sonrisa de complicidad.
—Hay aún el caso de Tania Carmona pendiente, Cayetana. —Intervino la secretaria.
—¿Una gitana? —comentó con más pereza que desdén—. Al menos me mantendré ocupada.
Fran, Ramiro y el otro abogado se llevaron la mano a la cara. ¡Plas!
Cayetana ojeó los papeles y una sonrisa invadía su expresión.
—¿Tana? —se preocupó la secretaria.
—Me voy a divertir.
Cayetana se fue a su escritorio y empezó a estudiar su caso con ahínco.
Provocó una leve risa en toda la oficina y el tiempo pasó volando el resto del día.
Justo antes de las seis, cuando todos estaban recogiendo para ir a sus casas, Ramiro recibió un mensaje en su móvil que le provocó un chute de energía.
Fran iba a mirar el remitente del mensaje, pero Ramiro se dió cuenta y volteó su teléfono. Fran supuso que Ramiro volvería a salir con alguna de las chicas de su agenda.
Fran también recibió un mensaje de un número desconocido, con su nombre y apellidos escritos entre dos interrogaciones.