Contradicción

Veintiocho: ¿Es ella?

Cassidy y Tony se miraron con sorpresa.
—¿El exnovio de Izzy es primo de Patricia Allende?
—Eso es bueno, ¿Verdad? —Tony aún no se lo creía—. Digo yo que puedo intentar contactar con ella, buscarla.
Stephanie se puso en alerta.
—Fran no quiere que la gente lo sepa.
—¿Y por qué no? —Cassidy se extrañó.
—No quiere... ¿Cómo se dice? —dudó un momento— ¿trato de favor?
—Oh, es muy loable, eso le honra. —Expresó Tony.
—No entiendo esas palabras, pero quiero suponer que son buenas.
It's very commendable, it does him credit. —Tradujo Cassidy.
—¿Tú sabías eso? —le preguntó su marido.
Cassidy estiró su cara.
—No creo que lo sepa Izzy siquiera. —Respondió.
Tony se apartó un momento y revisó el teléfono.
—Creo que Tony Aguilar tiene su contacto, le llamo y le pregunto si quiere una colaboración.
—¿Con Tony Aguilar?
Cassidy se tapó la boca para no soltar una risa que no venía a colación; la pregunta de Stephanie era bastante cómica, aunque solo sea por mala interpretación lingüística.
—¿Quieres un café? —Le sugirió Cassidy.
Ambas se acercaron a la máquina expendedora mientras el compositor hablaba con su tocayo por teléfono. Las chicas alargaron su café hasta que Tony obtuvo algún tipo de respuesta.
—No he querido inmiscuirte, así que le he dicho que buscaba una voz como la de ella, para que le pase mi contacto a Patricia. —Tony se incorporó con los brazos abiertos y encogiéndose de hombros.
—No quiero meter a Fran en esto. —Stephanie se incomodó.
—Por eso le he soltado esa mentirijilla. —Soltó Tony.
—De todas maneras, tienes tiempo para seguir ensayando hasta que a Patricia Allende Lara le llegue el recado. —Intervino Cassidy.
—¿Vamos? —Tony estiró su mano hacia la cabina de grabación.
—Luego me cuentas. —Le dijo Cassidy a su marido.
La contable se fue a su oficina, mientras ellos se dirigían al estudio.
¡Waka, Waka, eh, eh! Sonaba una llamada en el teléfono de Tony. Cogió la llamada.
—¿Dígame?
Con el pomo del estudio en la mano, se giró hacia Stephanie. Mostró pura sorpresa, teniendo aún el teléfono en la cara.
—¡Patricia, por fin nos conocemos! —Tony abrió la puerta— Te puede parecer una anécdota, —invitó a Stephanie a pasar primero—, pero estaba escuchando voces nuevas y hay una que sería perfecta para que hiciera un dúo contigo.
Stephanie pasó y suspiró con esperanza. Quería conocer a la prima de Fran. Pero una contradicción bastante grande era la de que no quisiera incluir a Fran.
—Pues era una idea mía, la chica aún no te ha escuchado. —Resopló Tony, tapando el micrófono de su teléfono—. ¡Claro, yo le pongo algunas de tus canciones y te comento su reacción!
Stephanie se sintió un poco contrariada, pero feliz.
Tony colgó.
—He quedado en lo siguiente. —Tony pasó y cerró tras de sí—. Buscamos las mejores canciones que tengamos de ella y te grabo cantando la que tú elijas.
—¡Vale!
Stephanie escuchó atenta seis canciones de Patricia, y, pese a poder escoger, la que más le gustó fue la primera.
—Al otro lado del acantilado, donde parece brillar más el sol; veo la sombra que has proyectado, la que me toca, justo, el corazón. —Una voz suave entonaba los versos a través de los auriculares—. Quiero volar junto a ti de la mano, ya no está el muro que nos separó.
La canción se paró en seco.
—Stephanie, tienes que cantar a la vez. —Advirtió Enid desde el otro lado del cristal.
Y la chica, que parecía haberse quedado embobada, gesticuló una súplica, para empezar la canción.
La música empezó a imbuir a Stephanie de la melancolía de los acordes y su voz bailaba junto a la de Patricia como si fuera una canción hecha para grabar en grupo.
Tony grabó un poco de manera informal y se lo envió a Patricia. En menos de cinco minutos, la cantante volvía a contactar por teléfono, pero esta vez por videollamada. Stephanie no se lo podía creer, ¿De verdad era ella?
—Y bien, ¿Qué te ha parecido? —rompió el hielo Tony.
—¿Cómo has dicho que se llamaba? —Preguntó Patricia desde la pantalla.
—¡Hola, soy Stephanie! —La chica se colocó al lado de Tony, saludando con la mano.
—¡Qué joven!
—¡Tengo veintinueve años! —Puntualizó Stephanie.
—¿Eres más mayor que yo? —Tony se sorprendió.
Patricia rió al otro lado del teléfono.
—Eso lo hace la genética, yo tengo cuarenta años y aquí me ves, como una rosa.
—No pareces una flor. —comentó Stephanie desde una inocente humildad.
Patricia, sorprendida, preguntó:
—¿No conoces esa expresión?
—No, porque no soy española.
—Con lo bien que hablas el español, has debido de escuchar esa expresión alguna vez, ¿No?
Tony esperaba ansioso también la respuesta.
—Viajé desde París el viernes. —Soltó Stephanie sin pestañear.
Patricia no supo contestar y una niña de pelo negro, ojos azules y edad similar a Ivette, se asomó.
—Hola, soy Eva, la hija de Patricia. —Y la niña desapareció de la pantalla por donde había aparecido.
—Perdón, la fiebre no le resta energía a mi hija. —El lapsus de Patricia había desaparecido—. Ya hablabas español antes.
—¡No! —Stephanie movía las manos, confundida—. Trabajé en Disneyland hasta el lunes.
—Doy fe de ello, Patricia. —Intercedió Tony—. Mi cuñada Avery la describió como una esponja.
Patricia se mostró recelosa. Y Stephanie enumeró lo que había hecho desde que pisó Madrid.
—El sábado, mi primo Christopher celebró una fiesta, se casará con Avery. Conocí a Francisco. —Una sonrisa llenó su cara al decirlo—. Él llevó a Nerea a la fiesta.
Patricia se sorprendió de oír esos nombres. Stephanie prosiguió.
—El domingo, Francisco me enseñó a Ramiro y a más amigos. Cuando voy a casa, escucho canciones españolas viejas, para aprender a pronunciar español.
—¡Alucino con lo aplicada que eres, muchacha! —Patricia la tuvo que interrumpir—. ¿Pero has dicho Francisco y Nerea?
—Sí, tus primos. —Stephanie volvía a sonreír.
—Hace mucho tiempo que no les veo, me gustaría contactar con ellos.
—¡Pues llama! —sugirió Stephanie.
Patricia Allende Lara aceptó el dúo con Stephanie y colgó, porque iba a llamar a ese primo que hacía tanto tiempo que no veía.




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