Contradicción

Treinta: ¿Te has perdido?

Cuando la llamada terminó, Tony miraba expectante a Stephanie:
—¿Y bien, qué te ha parecido Patricia?
La chica se pensó la respuesta, buscando las palabras adecuadas en español que describían su opinión.
—Espontánea, sincera y muy bella.
—Seguro que le gusta tu opinión.
Enid se quitó los aparatosos auriculares y se giró hacia ellos.
—Tienes que darle el visto bueno, pero creo que se puede hacer algo sobre esta base, ¿Quieres escuchar?
Tony se puso el auricular y escuchó como unos treinta segundos.
—¿Sugieres que escriba sobre esta base? —Tony le devolvió su herramienta—. Es buena, pero voy a hacer la canción al estilo Perales, escuchando a las intérpretes.
—Vale, jefe.
Enid se dió la vuelta y con una pequeña sonrisa, se volvió a encajar los auriculares para seguir trabajando.
—¿Estilo Perales? —Se interesó Stephanie.
—Sí, "marinero de luces" de Isabel Pantoja, o "calles de Granada" de Rosa López, son ejemplos de su poesía.
—No entiendo.
—Perdona, lo de Isabel Pantoja es cultura popular, no es algo que se aprenda como tal en un libro o escuchando música. —Se excusó Tony.
Stephanie giró levemente la boca, ladeó la cabeza.
—¿Yo debería conocer esas cosas?
—La cultura popular se va adquiriendo con el tiempo, así que no tengas prisa en aprender esas cosas.
—¡Aprender no, entender!
Tony rió, le dió un un par de palmaditas en la cabeza y, sin criticar, comentó:
—Tienes la curiosidad y la capacidad de aprendizaje de una niña pequeña, aunque tengas tres años más que yo.
Sin tiempo para que Stephanie le replicara, Tony se fue.
—Eso no es malo. —Comentó bajito Stephanie a la puerta cerrada.
Recogió su chaqueta y su bolso y se fue a casa. El cielo nocturno oscurecía con prontitud y las farolas no iluminan igual que el sol, como para no confundirse antes de llegar a la parada del metro.
Tres paradas de suburbano y se bajó en la parada más cercana a la casa de su primo con el que vivía.
—Estas calles son todas iguales. —Se quejó.
Stephanie pensó en llamar a su primo para poder ir a casa, pero tampoco le podía decir donde estaba ella para que su primo le pudiera dar explicaciones.
—¡Me he perdido y no sé orientarme!
¿A quien podía preguntar? Stephanie es nueva en Madrid y no conoce la ciudad. Cierto es que el barrio tampoco es que sea muy bullicioso ni transitado, pero quizás debería de haber salido antes del trabajo para llegar a casa antes de perder la luz del sol.
Si le hubiera pasado en París, tenía a tres compañeras que cada una vivía por distinta zona de la capital francesa y en mayor o menor medida le podían indicar cómo se iba a su destino si se perdía, pero aquí no podía hacer ni siquiera algo parecido.
Tomó su móvil y abrió la aplicación del mapa. Si al menos hubiera puesto como lugar favorito la casa de Christopher, podría pedirle a la aplicación como se iba; pero justo eso, se le había olvidado hacerlo.
Observó con detenimiento el aparato, en sus manos. Y cayó en la cuenta de que había dos personas que sabían donde estaba la casa de su primo y cruzó los dedos con la esperanza de que se supieran orientar mejor que ella.
Empezó por Nerea, ya que al fin y al cabo, Fran salió de la fiesta de compromiso para irla a buscar y volvió.
Enseguida le cogieron la llamada.
—¿Stephanie?
—Buenas noches, Nerea. Me he perdido.
—¡Caray, cuñada, empiezas pronto!
—No te entiendo.
—¿En qué te has perdido?
—¿Qué, dices? —Stephanie entendió que Nerea se refería a alguna situación, así que lo intentó corregir—. ¡Dónde! No sé llegar a casa.
—¡Ostias, eso es mucho peor! —Nerea sopesó las opciones—. Mándame la ubicación desde dónde estás y no te muevas; que voy para allá y te acompaño para que no te vuelva a pasar.
Tras colgar, Stephanie hizo lo que Nerea le pidió y media hora más tarde, ambas amigas ya estaban reunidas.
—Entiendo que quieras ser independiente, Stephanie. —Rió Nerea—. Pero deberías asegurarte de que sabes regresar a casa de tu primo.
—Lo sé.
Según caminaban, Nerea le fue indicando pequeños detalles para no perderse, como fijarse en la numeración de la calle o buscar en lo alto de las esquinas el cartel del nombre.
Stephanie escuchaba atenta, pero también se sentía contrariada porque no sabía cómo se iba a tomar su nueva amiga el hecho de que conociera a su prima.
Los edificios de casas estaban empezando a perder altura y cada vez era más difícil encontrar el nombre de la calle o el número del portal.
—Cada vez queda menos, es lo que tiene que vivas tan lejos de la parada de metro más cercana.
—Mi primo me dijo que tiene otra casa, pero no sé dónde está. —Stephanie se encogió de hombros.
—Poco me parece, para el dinero que gana.
—¿De verdad?
—¿Tú no sabías que tu primo era el empresario "sub 30" más rico de Madrid en los últimos cinco años?
—No.
—¡Pues ya lo sabes! —Nerea se hinchó el pecho con orgullo—. Y ya no está en la lista porque tiene treinta y uno. Es, casi, como Amancio Ortega, pero de lo suyo y sin moverse de Madrid.
Stephanie puso cara de circunstancia, principalmente porque ese nombre le resultaba familiar, aunque sin ubicarlo todavía.
—¿El hombre más rico de España?
—¡Ah, vale! —Aunque Stephanie tardó en darse cuenta de la comparación—. Espera, ¿Mi primo Christopher Evan?
—Has flipado, ¿A que sí?
—¿Por qué hacen lo mismo?
Ya llegaban a la calle donde estaba la casa de Stephanie.
—Ahora soy yo la que no te entiendo, Stephanie.
—Mi primo no quiere presumir de trabajo millonario, Fran no quiere presumir de prima famosa.
—¿De qué prima famosa hablas, Stephanie?
—Tony Rosales me ha presentado a Patricia Allende Lara. —Se sinceró mientras sacaba las llaves de su bolso y las metía en el bombín de la puerta de entrada.
—¿Has conocido a mi prima?




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