Contradicción

Treinta y dos: ¿Hablas poco?

Stephanie cerró la puerta tras de sí.
—¿Por qué estás preocupado, Fran?
—No quiero que sufran ninguno de los dos, y ahora que se han volteado las tornas, pues me preocupo.
Stephanie pensó las palabras que había dicho Fran.
—¿Volteado las tornas?
Fran rió desde el altavoz en la videollamada.
—Cuando se da la vuelta a la situación, como si fuera un retroceso.
El abogado, como tenía el móvil libre, pudo mostrar como unos dedos caminaban hacia atrás sobre el dorso de la otra mano.
Backwarding, lo entiendo. —Stephanie sonrió.
—Fani, ¿Puedo preguntarte dónde has estado hoy?
—Practicando en el estudio de grabación. —Lo dijo muy orgullosa de su pronunciación de unas palabras tan específicas para ella.
—¿Sólo?
Su intuición volvió a advertirle, trayéndole una imagen a su mente. Una mujer rubia de ojos grises y una niña pequeña de cabello negro y ojos azules saltando por delante. Y todo eso de la misma forma en la que estaba viendo ahora a Fran.
—Tony me enseñó canciones de Patricia y ella aceptó cantar conmigo. —Su sonrisa mostraba todos sus dientes.
—¿Tony? —Fran parecía repetir patrón—. ¿Tu jefe?
—No, dijo que haría método Perales.
Fran parecía haberse dado cuenta de su tendencia celosa y prefirió ser precavido.
—¿Es compositor?
Stephanie se emocionó con el fingido interés de Fran y le habló de Cassidy, de Lucía y de Enid. Tony fue el último.
—Tony Rosales llamó a otro Tony para poder hablar con Patricia, tu prima. Yo escogí una canción de Patricia, la canté y él me grabó para pedir permiso a tu prima.
—¡Patricia, cierto! —Fran cayó en la cuenta respecto a su prima—. ¿Qué te pareció?
Stephanie ladeó levemente la cabeza, suspiró y le miró con complicidad.
—Tony va a ser mi papá en España, aunque es tres años más pequeño.
—¿Qué? —Fran se molestó un poco, aunque no lo quisiera admitir.
—Hicimos lo mismo, una videollamada.
—Sin que sirva de precedente, ahora soy yo quien no te entiendo, Fani.
Ella, queriéndose hacer la interesante, quiso hablar de la hija de Patricia.
—He conocido a Eva.
Fran se extrañó, muchísimo.
—Eso ha sido una broma de mal gusto, Stephanie. —Se le oía muy molesto—. No mentes a los muertos, a Eva tampoco.
—¿Por qué está muerta Eva? Es muy pequeña, como Ivette, ¡o David!
—¿Pequeña, falleciendo en el año 2002 en un accidente de moto?
Stephanie se frustró. Entendía que Fran se había ofendido mucho con el nombre de la hija de Patricia, pero no sabía porqué.
—Yo hablaba con Patricia y una niña de pelo negro y ojos como los tuyos saltó. Ella dijo que se llamaba Eva y que era hija de Patricia.
Fran palideció en la pantalla. Abrió la boca, quería decir algo, pero acabó ladeando la cara, sin mirar a la cámara.
—Lo siento.
—¿Qué pasa? —La curiosidad de Stephanie pudo por delante de la empatía.
—No sabía que Patricia había sido madre, di por hecho que me hablabas de su hermana, la que falleció hace más de veinte años.
Ahora, con toda esa información de su familia, Stephanie quiso abrazar a Fran, al otro lado de la videollamada.
Ella lo había pasado muy mal, con la presión de una familia que esperaba que ella, como la hija del pastor, acabaría siendo la solista del coro, casada con otro párroco anglicano que hubiera escogido su padre, o peor aún, escogido por su abuelo. Y con Fran, ante ella; ese abogado, tímido y pacifista, tan dolido por su propia historia, que ella no alcanzaría nunca a imaginar.
Eran dos personas distintas, eran dos historias distintas, eran dos mundos distintos, dos universos distintos.
—No quiero hacerte daño. —Se le inundaron los ojos.
Fran se alarmó al escucharla quebrar la voz. Se giró.
—¡Fani, no! —Se notó que tomó el móvil con sus manos—. ¡Tú no me has hecho daño, en absoluto!
—Te has dado cuenta de que solo te enseño lo malo a tu alrededor, y te hago daño. —Stephanie apenas podía hablar.
—¡Eh, Fani, mírame! —Fran estaba muy preocupado, entendía las intenciones de Fani, pero no estaba dispuesto a rendirse antes de empezar—. No me has hecho daño, ¡Para nada! Es más, has hecho que retome el contacto con mi familia, ¡Con toda!
Stephanie intentó tranquilizarse, miraba a Fran en su móvil. Una energía diferente le invadió.
—¿No hablabas con tu familia?
—¡Muy poco, lo juro! —Fran se relajó un poco.
—Yo tampoco hablo con mi familia. —Se sinceró.
—Pero tienes a tu primo, el magnate de los vuelos.
Stephanie soltó una leve carcajada amarga.
—Yo soy vieja para seguir trabajando donde lo hacía y tres días antes del despido conozco a Christopher.
—Pero al menos sabrías que tenías un primo, yo no tenía ni idea. —Fran se encogió de hombros, quitando importancia al asunto, erróneamente.
Stephanie negó lo que Fran había dado por sentado. Ahora era él quien se sentía impostor de su propia historia.
—Metí la pata.
Stephanie parpadeó. No entendía el hecho de nombrar al ave, pero la tristeza de la frase, entonada por él, le mostró todo lo que hacía falta.
—Ya lo sabes, Patricia tiene una hija, y le llamó Eva. —Procuró ser dulce.
—Y quiero conocerla. —Fran también sonreía—. ¿Querrás venir conmigo cuando lo haga?
La ilusión que le hizo a Stephanie era innegable.
—¿No tienes miedo de meter otra pata con Patricia?
Fran se confundió un poco con la pregunta de Stephanie.
—¡Estaré contigo! —Fran se dejó llevar por primera vez por la felicidad que sentía—. ¿Qué puede salir mal?
—¡Yo quiero que vaya Nerea! —Se dió cuenta de algo—. ¡No sabe de Eva, se me ha olvidado! —Desvió la mirada, con complicidad. —¡Puede ser sorpresa, también!
—¡Pero cómo te quiero, morena! —Explotó Fran.
Stephanie, con los ojos muy abiertos, tradujo por ciencia infusa, estaba deseando escucharle decirlo. Lo que correspondió con las palabras que acordaron:
I want you too!




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