La complicidad del momento le había hecho soltar esa frase que le daba miedo admitir. Y ella, sin embargo, le había contestado con total naturalidad, como si hubiera estado esperando ese momento para poder responder como lo hizo.
Fran empezó a notar su corazón desbocado. Su cara volvió a palidecer, su pulso se aceleraba exponencialmente y no era capaz de articular palabra.
Un suave toque de nudillos en la puerta:
—Tu cena. —Era Ramiro.
Un impulso frenético le hizo colgar la videollamada.
Se dió cuenta enseguida, y se dió un buen manotazo en la frente.
—¡Mierda!
—¿Qué haces, tío? —le recriminó Ramiro mientras le dejaba un plato con un sándwich de jamón york y queso a la plancha junto con una pequeña ensalada de rúcula con tomate cherry aliñado con vinagre de Modena.
Mucha información, muchas sorpresas. Fran colapsó y se volvió a caer de espaldas en el suelo.
—Con lo bien que ibas, Fran, y va y cuelgas la llamada. —Ramiro se cruzó de brazos, miraba a su amigo, tendido en el suelo—. ¡Eres tonto, por no decir algo más gordo!
—¿Lo has oído?
—A ver, no todo. Pero lo suficiente para entender que ella te está sacando de ese pozo tuyo que te has ido fabricando solito.
—¿Me puedes repetir?
—¿Qué? —Ramiro tiró de picardía—. Entiéndeme lo que te dé la gana, te está bien empleado, por hablarle a tu hermana de Magdalena.
De vuelta a la realidad.
—¿Te molestó? —Preguntó Fran mientras se incorporaba—. Ya la conoce, Nerea ha venido muchas veces en estos ocho años.
Ramiro dió un paso atrás, Fran tenía razón. Tuvo que retroceder sus bromas al respecto.
—Vuelve a llamar a Stephanie, —Sugirió Ramiro, desde la puerta, y señaló el plato—, y cena.
Cuando Ramiro se fue, Fran observó el plato. Realmente tenía muy buena pinta. El sándwich mixto olía ligeramente a ajo y mantequilla. Entre la rúcula y los cherry había pipas de girasol. Era un plato sencillo, pero muy bien presentado y denotaba confianza y buen gusto al cocinar.
Fran intentó llamar a Stephanie, pero ya no conseguía establecer conexión. Las llamadas se cruzaron dos veces y optó por un mensaje, no lo tuvo que pensar mucho.
"Siento haberme puesto nervioso, Ramiro me asustó y te colgué. Ahora que consigo decirte en voz alta lo que siento, aunque haya sido por un arrebato, no quiero que pienses que no deseaba decirlo."
Respondiendo con un mensaje de voz.
'¡Por favor, que no se lo haya tomado a mal!' Pensó mientras esperaba escuchar la voz de Stephanie.
—Es divertido que no veas a Ramiro y su cara mientras me hablabas antes. —Se la oyó reír muy fino—. Me gusta "Fani morena", te llamo rubio y empatamos.
—No me importa cómo me llames, pero yo te voy a seguir llamando Fani, a secas. —Grabó el audio de respuesta—. Porque es solo mío.
"Buenas noches, rubio, I want you"
"good night, Fani, te quiero"
Al enviar el mensaje, Fran se quedó mirando esas dos palabras en la pantalla del móvil. ¿Había ido tan rápido de verdad, o era cierto que, en su caso, había sentido un flechazo con Stephanie?
Al mirar el reloj de su muñeca, pues no cayó en mirar la esquina de su pantalla, leyó que eran apenas las nueve de la noche. ¿Qué haría después de cenar? ¡Cierto, la cena que hizo Ramiro!
Con el primer bocado del sándwich, el toque de mantequilla y ajo maridaba muy bien con el queso fundido y el jamón, que sorprendió a Fran, ahumado.
La pinchada que hizo a la ensalada tampoco desmerecía halagos, pues el aceite trufado le daba el toque perfecto para coronar la rúcula y los tomates cherry.
Fran se consideraba un negado para la cocina. Apenas se hacía los filetes a la plancha con un pellizco de sal. Ni siquiera cambiaba de salsa de tomate para la pasta. Si quería plato de cuchara, Fran se preparaban alguna lata de guiso en conserva, o, si programaba ir a ver a su madre, podía pedirle ese guiso de carrilleras de ternera con patatas que tan rico le salía a Celia.
Pero no podía improvisar algo tan sencillo y a la vez tan delicado y exquisito. Ni por asomo.
Se terminó todo lo habido en el plato. Y se dispuso a llevar la vajilla sucia al fregadero de la cocina, cuando vio que Ramiro estaba de espaldas y en la puerta de la casa.
—Déjale en paz, es más, déjanos en paz. —Se le oía muy serio—. Búscate a alguien que si le haga falta tu dependencia del sexo opuesto.
Fran se acercó un poco más. Procuraba no ser visto tras la pared del pasillo, apenas llegaba a la puerta de la cocina y si intentaba asomar la mano para dejar el plato, le verían.
—Hace cuatro días no decías lo mismo. Ni de mí ni de mi ensaladilla. —Reconoció a Magdalena.
Inconscientemente, Fran frunció el ceño con cara de asco, e incluso se dió cuenta de haber sacado la lengua. ¿Esa mujer no tenía amor propio, o qué?
—Deja de arrastrarte, Francisco tiene novia. —Bueno, Ramiro no mentía.
—Pero eso no te incluye a tí, latino. —Empezó a ser empalagosa—. Podríamos divertirnos juntos, ¿Me dejas pasar?
—No me llames así, ya no.
Se oyó un leve manotazo, Fran supuso que Ramiro apartó así la mano de ella.
—Nunca te importó. —Seguía arrastrándose con el tono de su voz—. ¿Qué hay de nuevo ahora?
—Mi comportamiento ha hecho daño a gente que me importa, y dejarme usar así ha sido de lo peor que he hecho.
—No hay nada malo en dejarse querer, guapo.
—Sí, sobre todo si hago daño a los demás, con solo una persona que me importe y no crea que soy digno de corresponderle, ya sé que algo estoy haciendo mal.
—¿Es una mujer?
—Es LA mujer. —Ramiro se jactó ante Magdalena y cerró la puerta con un estruendo—. ¡Qué asco de mujer, ya no se libra ni estando tan buena!