Contradicción

Treinta y Cuatro: ¿Qué hubiera cambiado?

Fran aprovechó que la puerta de casa ya estaba cerrada para entrar en la cocina. Se topó de frente con Ramiro al entrar desde el zaguán.
—Estaba muy rico. —Comentó Fran, intentando parecer despreocupado.
Pero no le salió muy bien la jugada por la cara que puso Ramiro.
—¿Cuánto has oído?
Fran se rindió.
—Creo que todo.
—Genial, porque ya llevas tres días preguntando por unos hábitos que quiero cortar de raíz.
Fran se sorprendió de lo genuino que le sonó. Ramiro no parecía en absoluto disgustado o siquiera reticente con la idea de no volver a intimar con la hija de la vecina.
—¿Y has empezado con Magdalena?
—¿Empezado qué?
—Pues no sé cómo llamarlo, ¿desintoxicarte de los ligues que te duran una noche?
Ramiro se echó a reír, con ganas.
—De esos, nunca tuve, colega. —Se pellizcó entre los ojos, aún riendo—. Me cansé de no atarme con ninguna, porque ninguna me era suficiente. No sé si me entiendes.
Fran dejó el plato en el fregadero.
—Nunca te entendí del todo. —Fran se encogió de hombros.
—Me sentía vacío. Simplemente.
—¿Con una mujer en cada puerto, como los marineros?
—Parece contradictorio. ¿A que sí? Pero era cierto.
—Toda la vida está llena de contradicciones. —Resolvió Fran—. ¿Era? ¿Hablas en pasado?
—¿Sonaría como un hereje si dijera que me sentí como Santa Teresa cuando se le apareció la virgen?
—No soy cristiano por religión, apenas me bautizaron para tener contentos a todos mis abuelos, pero de todas maneras creo que era Jesucristo, por las películas. —Esa información era apenas un dato aleatorio en su mente.
—Y el domingo lo tuve claro. Mi afán de casanova en Bachillerato le impidió decirme lo que le pasaba.
—Creo que ya sé por dónde vas. —Entonó Fran—. ¿Nos sentamos en el sofá y me lo terminas de esclarecer?
—¿Sabes esa sensación que tienes de buscar las gafas hasta que te das cuenta de que las llevas puestas?
—Tanto tú como yo tenemos bien la vista, no te sigo, Ramiro.
Ramiro sacó unas lentes plegables del bolsillo de su camisa y las mostró. Fran se sorprendió.
—¿Y ahora me sigues?
—No sabía que tuvieras alguna dioptría, pero el símil se me escapa.
—Si me hubieses comentado que yo le gustaba a tu hermana...
Fran se levantó bruscamente del sofá en el que se acababa de sentar.
—¿Qué hubieras hecho? —Se le notaba ofendido—. ¿Destrozarle su ansioso corazón? —Se dio cuenta de algo más—. ¿O cometer un delito por ser menor?
—¿Un delito? —Ramiro se asustó—. ¿De qué hablas?
—¡Joder, Ramiro, que Nerea es cinco años menor que nosotros!
—¡Y tiene veinticinco años, Fran, espabila! —Ramiro se defendió—. ¡Es mayor de edad!
—¡Ahora! —Fran ya estaba gritando—. ¡Pero no cuando estaba enamorada de ti!
Ramiro se desplomó en el sofá. Tenía los ojos vidriosos y enrojecidos.
—Solo quería sentirme amado, y ella estaba siempre ahí. —Sollozó Ramiro.
Fran se volvió a sentar junto a su amigo y le abrazó.
—Voy a contradecirme una vez más, pero tenías que limpiarte de todas esas víboras nocturnas porque te habías dado cuenta de tu cadencia. —Fran sonrió, quizás por empatía—. Tenías que abrir los ojos con tus hábitos. Y entonces es cuando se te aparecería Nerea.
—¿Pero antes?
—¿Qué hubiera cambiado? —Le golpeó ligeramente el hombro con el puño.
—¡Me hubiera gustado saberlo antes, joder! —Ramiro se tapó la cara con las manos, apoyando los codos en las rodillas—. ¡Y ahora resulta que ella se tranquilizó cuando me dió por imposible!
—Era en la época en la que coqueteabas con todas. —Fran se encogió de hombros—. Con todas menos con ella.
—Eso era fachada, Fran, me conoces. —Ramiro perdió la mirada hacia ninguna parte—. Estaba buscando una Julieta entre las doncellas, cuando la auténtica estaba disfrazada de Mercucio.
—Símiles Shakespearianos, caray, eso no me lo esperaba. —Fran se cruzó de brazos.
—El caso es, que cuando me lo dijisteis, me di cuenta de que Nerea era quien me llenaba, pero que no la vi antes por ser tu hermana.
—¡Qué fuerte, esto que me confiesas! —Fran se quedó un rato callado—. ELLA es Nerea.
—¿Lo dudabas?
—Eres mi mejor amigo, y te deseo lo mejor, pero os conozco. A ambos. —Fran apretaba los puños para no perder el control que no creía tan volátil—. Tú aparecerás un día y le dirás a ella que encontraste a alguien mejor.
—¡No, para nada, te lo he dicho, es ELLA!
—O puede aparecer alguna resentida que la acose para que cortéis. —Fran dió otro motivo.
—Lo he dejado con todas, de buenas maneras; eso no pasará.
—Puedes haber dejado embarazada a alguna de ellas y que luego te reclame.
—¿Desde hace tres meses? Ya habría aparecido alguna, ¿No crees?
Fran le miró a la cara, su gesto era entre acusación, reproche y lástima.
—¿Y si ella te dice que no? —Fran parecía darle explicaciones—. ¿Te hundirás? ¿Volverás a las andadas? ¿Serás otro Ramiro? ¿Estás dispuesto a que te dañe si te rechaza?
—No quiero que me rechace, solo quiero que lo sepa.
—¿Y por qué me cuentas todo esto a mí?
—No quiero que le vuelva a dar un ataque de ansiedad por mi culpa, así que no sé cómo decírselo.
—¡Pues no se lo digas, joder, Ramiro!
—Quiero que Nerea sepa que era correspondida, pero que respeto que ella ahora no sienta lo mismo.
—Mucha información y el descanso apremia. —Fran se levantó del sofá—. Yo me voy a dormir.
Fran se fue a su habitación, Ramiro se fue a la cocina a fregar la vajilla de la cena.
—Te debía una aclaración, amigo. —Comentó Ramiro desde la encimera.
—Llamamos a Isabel y que ella te dé su opinión, a mí me has saturado hoy. —Sugirió Fran.
—Cierto, hace mucho que no la veo. Mañana la llamo, buenas noches.
Cuando Fran cerró la puerta de su habitación tras de sí, se acomodó y se acostó.
—Tener que perder lo que no sabías que tenías para darte cuenta de que lo necesitabas. ¡Joder, Ramiro, ya te vale!
Su amigo no le escuchó, pero Fran tampoco descansó mucho más allá del hecho de dormir.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.