Contradicción

Treinta y seis: ¿Hay algo?

Fran se había levantado con el pie izquierdo, y la jornada de trabajo tampoco marchaba como él esperaba. Al empezar en la oficina, había recibido un mensaje de afecto de su chica, pero tres casos simultáneos desaniman a cualquiera.
La clienta gitana de Tana había vuelto con más detalles a añadir a su demanda, por lo que la abogada especializada en herencias iba a tener entretenimiento para rato.
El cliente del caso que debían compartir Fran y Ramiro, un chico que recibió una demanda de su padre por “cambiar” la empresa, aunque la hiciera más prolífica y competente.
Un caso de violencia conyugal doble, dos hermanas denunciando a dos hermanos, un hombre y una mujer. Y ese caso le tocaba a Tania, la nueva del bufete.
Ni siquiera el escueto signo de afecto por parte de su novia le había iluminado algo el día.
Aprovechó un descanso entre papeleos para mandarle un cariñoso mensaje a Stephanie y luego, con Ramiro en mente, llamó a Isabel para quedar:
—Hola, Isa, ¿Cómo te pillo?
—¡Fran, qué sorpresa que me llames!
—Te iba a preguntar, ¿Tienes el contacto de Ramiro?
—Hace como dos meses que no hablo con él, creo.
—¿Isa, lo tienes?
—Sí, también soy amiga suya, ¿Sabes?
—Podríamos quedar esta tarde a tomar algo.
—Francisco, ¿tomando la iniciativa? —Isabel reía.
—¡Isa, responde!
—¡Y encima contestón!
—¿Y bien?
—Sí que puedo quedar, pero si es por algo que te preocupa, podrías ponerme en antecedentes, ¿No crees? —Isabel se puso más seria.
—Se ha enterado de que Nerea sentía algo por él y le ha afectado tanto que cree que está enamorado de ella.
—¿Y tú lo dudas? —Isabel esperaba la respuesta.
—Creo que se engaña a sí mismo.
—A las seis de la tarde os voy a buscar al bufete.
—Gracias.
La llamada terminó y Fran resopló algo más aliviado.
Pero empezó a darle vueltas a lo que Isabel había dicho; él se consideraba demasiado complaciente porque siempre aceptaba lo que los demás querían, pero no hasta el punto de no preocuparse por sus seres queridos. Se sintió un poco despreciable, pero sobre todo, incomprendido.
Fran consideró la tarde relativamente ajetreada. Cuando ya terminaba la jornada, se acercó a Ramiro, que estaba recogiendo su maletín.
—¿Hoy has quedado?
—No, ya te lo dije.
—Pues ya tenemos cita. Ambos.
—¿Qué? —Ramiro se mostró reticente—. ¿Con quién?
—Con Isabel, no pienses mal, Ramiro.
—¡Joder, Fran! —Le palmeó en el hombro a su amigo—. ¡No me asustes!
—Me dijo que estaría en la puerta a la hora de salir.
—Oye, una preguntita, sin importancia. ¿Si hubiera quedado con alguien?
—Pues desquedas, ¡Ya ves tú qué problema!
Ramiro entrecerró los ojos con un poco de ironía mientras salían a la calle:
—Tú, tomando la iniciativa, ¿Estás enfermo?
—¡Otro igual! —Fran se mosqueó un poquito—. ¡No soy un pusilánime!
—A mí siempre me pareciste un conformista. —comentó Isabel cuando la alcanzaron.
—¡Gracias! —Saludó Fran a su mejor amiga y sin cambiar de tema—. ¿Ves? ¡No es lo mismo! —Acabó recriminándoselo a Ramiro.
—Vale que ese adjetivo no está muy acertado, —Ramiro levantó las manos en rendición—, pero eres tú quien lo ha dicho, no yo.
—¿Nos tomamos un café? —Sugirió Isabel, con el brazo extendido hacia una cafetería que había en la esquina contraria del cruce.
Diez minutos llevaban cada uno ante su café. Entre anécdotas y chascarrillos, y con el conocimiento de conocer a la persona; Isabel lanzó el primer dardo.
—¿Cómo has dicho que se llamaba la última chica?
Fran casi escupe el café cuando miró a Ramiro.
—Yo no he nombrado a nadie, Isa. —Ramiro empezó a dibujar media sonrisa.
—¿Con quién habías quedado hoy?
—Con nadie —Ramiro se corrigió—, bueno, con vosotros dos.
Mientras Fran se tapaba la cara con su taza de café, Ramiro terminó su sonrisa, cerró los ojos y suspiró.
—¿Me estás diciendo que no hay ninguna mujer que te ocupe, ahora mismo, ese corazoncito rebosante de amor, que tienes en el pecho?
Ramiro echó una fugaz mirada de suspicacia a Fran; que se encogió un poco tras su taza, aun en las manos, y entendió la encerrona de su amigo.
—Ahora lo entiendo, estoy en una emboscada, ¿Cierto?
—¿Qué dices? ¡No! —Isabel se mostró falsamente ofendida.
—De verdad, no sé cuántas veces lo he de decir. —Miró a Fran, directamente—. Estoy enamorado de Nerea.
Fran dejó la taza, ya vacía, sobre la mesa.
—¡Eso es estupendo, Ramiro, hacéis una pareja increíble! —Isabel mostró ilusión, incluso le dió la mano sobre la mesa, en señal de aprobación.
—Yo no he dicho que esté saliendo con ella, Isabel.
—Pero...
—Ese tren llegó tarde para mí. —Ramiro sonrió con conformidad.
—¿Me estáis diciendo que los roles se han invertido? —Isabel se mordió un poco el labio—. ¿Ahora que Fran tiene novia, eres tú el que se resigna con los sentimientos? ¿Ya no los buscas?
—Buscaba, cierto, pero ya lo encontré. Solo qué ya no soy correspondido. —Ramiro se encogió de hombros.
—¡Ramiro, coño, no te conformes! —Isabel le palmeó el hombro con fuerza—. ¡Díselo!
—Lo pienso hacer; pero el hecho de haberme dado cuenta de que en realidad, a quien buscaba era a Nerea, por ahora ya es bastante abrumador.
Fran relajó los hombros, mientras Ramiro se rascaba el suyo donde Isabel le había golpeado.
—¿Quieres que se lo digamos los demás? —Se ofreció Nerea.
—¡No, debo hacerlo yo! —Ramiro se ofendió.
—Mi mujer diría algo referente a que estabais destinados a estar juntos, o algo por el estilo. —Isabel sonrió cómplice—. Yo opino que siempre mostraste devoción por Nerea, esa admiración que cuida y protege, aunque siempre os estéis metiendo el uno con el otro. Eso era amor, Ramiro. Aunque tú no lo vieras, aunque ella creyera que no la correspondías.
—No espero que me corresponda, ya no. Solamente quiero que lo sepa, nada más. Pero he de hacerlo yo.
Isabel abrazó a Ramiro, en señal de aprobación. Fran rodó los ojos, pues no logró lo que quería.
Poco tiempo más duró la quedada y cada uno se fue a su casa.




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