Contradicción

Treinta y ocho: ¿Lo quieres?

De vuelta a casa, Fran había estado muy callado. Ramiro apenas le preguntó si cenaría y Fran negó con la cabeza.
Apenas pasaban las siete de la tarde y Fran se encerró en su habitación.
—¡Mierda, Isabel, eso no se hace! —Chilló con la almohada ahogando el grito.
Una jornada caótica, una quedada maltrecha y ni siquiera sabía si podía llamar a Stephanie para consolarse un poco.
Una pregunta por mensaje y fue ella quien le llamó.
—¡Hey, handsome! Hemos progresado mucho.
Poco hacía falta para sonrojarle, y él no se iba a quejar.
—¡Fani! Tenía muchas ganas de oír tu voz, morena mía.
—¿Me comentó Nerea que te gustan las canciones de Miguel Bosé?
—Tiene muy buenas canciones. —Se excusó.
—¿Por eso me llamas "morena mía"? —A Stephanie se le oía reírse al otro lado—. Patricia me enseñó la canción.
Fran rió por primera vez en todo el día.
—Pues no puedo admitirlo, principalmente porque me salió de forma espontánea, pero tampoco lo puedo negar porque esa canción me encanta.
Stephanie volvió a reír pareciéndole cascabeles.
—Yo no sé hacer café, no sé preparar cafeteras. Stephanie lo comentó con toda la inocencia de alguien que solo sabe el vocabulario, como una niña pequeña.
—Creo que Miguel Bosé no habla precisamente de cafés con leche, Stephanie. —La vergüenza del rubor que le subió a la cara le bajó dos tonos la voz—. Un café más... —tragó saliva— ...excitante.
Cinco segundos que se hicieron eternos, el teléfono le temblaba a Fran en la mano y la silueta de Stephanie le vino a la mente y notó como le subía levemente la temperatura. ¡Qué inoportuna era aquella situación!
—¿Qué palabra era, metáfora? —Stephanie marcaba determinación en sus palabras; no eran ligeras, pero tampoco eran en tono marcial— Si yo hago el café, ¿Tú tendrías la leche?
—Exacto. —La voz de Fran parecía tenebrosa.
—Exacto. —El tono de Stephanie, con más seriedad de la que podía mostrar con su voz, dijo más que cualquiera excusa para verse.
—Fani, no me hagas esto, por favor. —Fran roncaba desde su nueva tesitura—. ¿Acaso sabes lo que significa para mí que tú sugieras eso, precisamente ahora?
—Sí.
—No lo sabes porque no me estás viendo, joder, guapa. —La gravedad en su voz no le impidió soltar el reproche.
—Sé que quería estar contigo desde la primera vez que te vi el sábado. ¿Por qué no podemos desear ambos lo mismo? —Stephanie fue más obvia que el nacer.
—Si me guiara por impulsos, iría ahora mismo a tu casa para hacerte mía. —Fran consiguió sincerarse.
—Tengo una oferta mejor, Fran. —Ella intentó volver a su tono despreocupado, pero no le salió del todo.
—Soy todo oídos, Fani.
—Evan tiene otra casa y me la ofreció.
—¿Cuándo? —Fran empezaba a planificar otra cita.
—Cuando vuelva del viaje le pregunto.
—No me importa esperar. Pero no quiero esperar. —Soltó, al fin, una risa, aunque ahogada—. ¿Me entiendes?
—Contradicción, ¿Verdad?
—Pura y dura, morena.
—Te quiero conmigo, rubio. —Intentó sonar juguetona, pero sonó incluso suplicante.
—¿Lo quieres?
—Lo quiero.
Fran estaba realmente excitado. Él mismo se había dado cuenta de que cruzó las piernas sobre la cama para permitirse soltura en la entrepierna.
Resopló.
—Quiero hacer las cosas bien, cuando podamos hacerlo sin nadie molestando. —Fran se contuvo de decir más cosas.
—Eso no se hace, handsome, ahora yo estoy mal, shit!
—"Que nadie como tú me sabe hacer, uf, café". —Y con ese verso de Bosé, Fran colgó.
No quiso darle tiempo a Stephanie a replicar, pues se había sentido muy atraído por correr a por las llaves del coche y acudir a su encuentro.
—No te precipites, Francisco. —Se dijo a sí mismo cuando llegó a clavarse las uñas en uno de los tobillos—. Lo que te hace falta es una ducha fría, muy fría.
Fran estaba realmente alterado. Su imaginación, tan habitualmente ausente, había creado en su mente una imagen vívida del cuerpo de Stephanie y su entrepierna había crecido demasiado rápido.
Él mismo se había boicoteado, y eso le frustraba.
Pero el hombre enamorado que había en su interior tenía razón al hacerle comprender que el instinto primario nunca debía ser la única regla que debía guiar sus pasos.
Tras escoger un pijama y ropa interior, se dirigió al baño, pero se topó con Ramiro apoyado en la pared del pasillo, frente a su puerta.
—Yo hubiera salido corriendo.
—Salido. —Fran le agredió verbalmente con una ira que no debía.
—¡Eres correspondido, Fran! ¿Sabes cuántos tipos pueden presumir de ello?
—No me compares contigo, "picha brava", yo hago bien las cosas. —Fran estaba realmente enfadado.
—No creo que dejar a tu chica con un calentón de los gordos, sea hacer las cosas bien. —Ramiro no perdía la compostura—. Y tú tampoco estás muy entero.
—¿Quién te ha dicho que te metas?
—Velo por la felicidad de un amigo que se está poniendo él mismo la zancadilla.
—¡Déjame en paz, Ramiro!
—¡Ojalá me pasara a mí lo mismo, joder!
—¡Deja de creerte el ombligo del mundo, que tu vida solo te incumbe a tí mismo! —Fran fue cruel y despiadado.
Se arrepintió inmediatamente de gritarle esas palabras; pero lejos de hacerlo, abrió el cuarto de baño, abrió la puerta irritado, pasó y cerró dando un portazo.
—No hacía falta recordarme lo estúpido que fui al no darme cuenta antes de lo que sentía por tu hermana, pero yo siempre estuve a tu sombra —Ramiro hablaba algo compungido—, pese a que ella nunca fue ese tipo de opción errónea.
—¡Hay más cosas en el mundo aparte de mi hermana, cansino! —Le gritó Fran desde el baño.
—¿Sabes qué te digo? —Ramiro repiqueteó ligeramente la puerta del baño—. No deberías pensar nada más que en Stephanie.
Fran le oyó irse y cerrar una puerta. Se desnudó y entró en la ducha, sin esperar para templar el agua, abrió el grifo. El agua estaba fría, muy fría.
—No pienso en otra cosa. —Admitió con un fino hilo de voz.




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