Contradicción

Treinta y nueve: ¿Y te extraña?

Stephanie se quedó con la palabra en la boca, la intermitencia del sonido solo significaba que Fran, su Fran, le había colgado.
—¡San Francisco, Shit! —Se acordó del primer nombre que se pensó que tenía.
Un cóctel de sentimientos se apoderó de ella. Frustración y Deseo, principalmente.
Aunque pensándolo con detenimiento, por cómo se comportó Fran al otro lado de la llamada, él la deseaba tanto como ella a él. ¿Por qué había cortado la llamada en seco?
Echó la vista atrás y tan solo en el instituto sufrió una decepción, el empollón de la clase prefería seguir con sus ordenadores antes que salir con la chica más popular por el sencillo hecho de que era negra.
Desde entonces, prefirió esperar a que los chicos se acercaran y se lo pidieran, así ella no sería rechazada y podría rechazarlos de una manera más cordial y menos dolorosa.
Pero antes de empezar la preparatoria, su padre y su abuelo ya le habían inculcado que se dedicaría a cantar en el coro parroquial y que no le hacía falta buscarse un porvenir porque la familia proveía.
Se acordó que fue en ese preciso momento, con su futuro guionizado por los hombres de su vida que siempre habían estado ahí, que no quería conformarse y huyó de casa.
Con su voz, probó suerte en varias discográficas, se ofrecía como voz de coro, como una más del elenco; pero los Osborne eran una familia influyente y habían puesto en aviso a todas las empresas del sector.
Tuvo que ir a Europa, donde los Osborne no tenían tanta influencia para poder ganarse la vida de lo único para lo que la habían entrenado: cantar.
Su hermano Frederick tenía otros planes, esperaría a ser el párroco para cambiar las cosas.
En Londres, cantó para los coros de un par de solistas y el tercero nunca llegó. Probó suerte con un casting que requería saber las canciones de los clásicos de Disney y fue escalando hasta quedar seleccionada.
Se sorprendió cuando supo que era para trabajar en París, pero seguiría cantando.
Cuando ya se había instalado en la capital francesa, supo que su familia le había intentado seguir la pista y que cesaron de buscar cuando supieron que ya trabajaba para una empresa tan “tío Sam” como era la casa del ratón.
Allí tuvo algún que otro acosador dentro de la empresa, que se creían que por ser hombres ya tenían la pareja asegurada y pronto se agenció el apodo de “la Sancoeur”.
Años más tarde, ya hace diez días, fue despedida y acogida por un primo que no sabía que tenía hasta tres días antes de salir de la empresa.
Y al proseguir con la ruta de no volver a dejarse dirigir ni manipular, su instinto le indicó que Evan era su siguiente paso a seguir, un primo vilipendiado como ella, al que admiró y quiso desde el primer momento que le vio sin saber que era tan Osborne como ella.
Y al conocer a Avery supo que esa familia era lo que quería tener, cariño y amor, y no despotismo y normas como le esperaban en New Orleans.
Pero fue al ver a Fran en el zaguán de la casa de Evan cuando comprendió que su ruta de huida acababa en Madrid, con él, ese tímido rubio de ojos tristes y brillantes como el océano. Fran era su meta.
Se sintió tan abrumada cuando entendió que era correspondida, que solo quería estar en sus brazos.
Y es exactamente por eso, que ante el rechazo de Fran, rememoró toda su trayectoria sentimental.
Se sentía deseada, querida y correspondida, y buscó una foto en el móvil para tener una imagen a la que gritarle. No tenía ninguna.
Le sobrecogió un bostezo inoportuno y miró la hora del reloj del móvil. Eran las once de la noche pasadas de largo y se dirigió a la nevera, se sirvió un vaso de leche y tras bebérselo, dejó el vaso secándose en el fregadero.
Se metió en la cama y por un momento pensó en ese apartamento que le ofreció Evan el domingo. Quizás era el sitio ideal para que Fran dejara de tener miedo a dar el siguiente paso, y con una sonrisa de satisfacción por haber hallado la solución se durmió.
Unos gritos la despertaron del sueño.
Corrió a trompicones por la casa, el grito de Nina al ver a Evan fue mayúsculo.
—¿Evan, ya? —Acabó soltando.
—Ay, señorita Stephanie, miré que cosa tan bonita ha comprado su primo. —Exclamó Nina al reparar en su presencia.
—Es millonario, tampoco es como si no se lo pudiera permitir. —Stephanie pensó en voz alta mientras se frotaba los ojos con las manos.
—¡Qué frase tan española, Stephanie! —Se sorprendió Evan al verla.
Stephanie se acercó a mirar la caja que ambos observaban; Nina con admiración y Evan con amor. Una pareja de anillos de boda de oro blanco, con tres pequeños brillantes blancos, siendo el brillante central un poco más grande. Pero lo sorprendente es que eran distintos a lo común; el anillo grande formaba unas pequeñas formas angulosas en uno de los cantos, simulando una corona de rey; y el anillo pequeño era una sutil onda en la que las tres mismas piedras estaban ubicadas en la zona más ancha del anillo, simulando una tiara.
Los ojos de Stephanie se abrieron como platos y su sueño se disolvió de golpe al ver los anillos.
Congratulations, cousin. —Apenas pudo entonar por la emoción.
—Bueno, te he traído algo de mi viaje, Stephanie.
—¿Qué es?
Evan silbó a duras penas algo que pareció más una pedorreta de burla, y dado por vencido, pronunció un nombre.
Frederick, come out.
Stephanie mostró todo el repertorio de gestos y ganó el desconcierto con algo de frustración.
What are you doing here?
—Parece que no te ha gustado la sorpresa. —Evan apretó los dientes con una sonrisa de apuro.
—¿Y te extraña?




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