Contradicción

Cuarenta y tres: ¿Y la bendición?

Stephanie estaba sentada al pie de la isla, agarrándose el tobillo derecho con las dos manos.
—¿Qué ha sido eso? —Frederick se preocupó.
—Se golpeó con la parte baja de la mesa, no se torció el tobillo, tranquilo. —Respondió Evan, que se agachó a recoger a Stephanie del suelo.
—No me sale ni sangre, no os preocupéis. Sólo me sorprendí. —Leyó lo escrito en su móvil y acusó a Evan con la mirada—. Yo no hablo así, Fran se asustará. ¿Por qué hablaste por mí?
—Solo respondí, no es culpa mía que tu teléfono me haya oído mejor a mí.
—Ahora tendré que explicarlo, Evan. —Agarró su teléfono y se fue a la habitación; enfadada como una niña pequeña.
—¿Qué ha pasado, Evan? —Preguntó Frederick seriamente a su primo y se echó la mano al vientre—. El jet-lag me destroza el estómago. —Eso se soluciona con una semana aquí o volviendo al origen en tres días, Fred. —Miraba la espalda de Stephanie al alejarse—. Creo que se ha preocupado en exceso por algo banal como hablar diferente, pero hasta ahí.
Stephanie cerró la habitación y se sentó en la cama con el móvil en la mano.
—No te preocupes tanto, Fran, mis palabras no habrían sido así. —Se puso el móvil en el pecho, como si así pudiera transmitir ese pensamiento a su chico desde la conversación.
Observó la habitación, y se fijó en que aún tenía la maleta más grande sin desmontar, llevaba seis días en España y ya tenía novio, trabajo y casa, aunque fuera arrendada por un primo que conocía desde hace veinte días.
Respecto a las maletas, le tocaría volver a guardar las cosas para instalarse en el apartamento de Evan, pero no lo importaba tanto como el hecho que le comentó su primo el lunes, cuando le comentó que así podría tener intimidad junto a Fran.
El calor se apoderó de su cara, bajó a su cuello y continuó bajando.
Separó el teléfono y miró la pantalla. Su vista reparó en el botón de micrófono.
—¡Mensaje de voz!
Se dispuso a grabar un mensaje para corregir el error que cometió el móvil con Evan.
—Estoy muy feliz por que vengas, pero pedir mi mano... ¿Significa un anillo? No sé cómo se hace en España, ¿Tú tienes algún anillo para poner en mi mano? —Stephanie hablaba atropellada y con esa efervescencia que Fran buscaba en ella.
Levantó el dedo del botón del micrófono y el mensaje se envió. Suspiró, levemente aliviada.
Miró en su coqueta las llaves de apartamento y se imaginó cómo podría ser, si tendría dos o más habitaciones, si tendría su propia Nina, si sería un apartamento grande simple o si sería un ático.
Se asomó por la ventana y se dió cuenta de que tenía vista plena de la puerta principal del jardín con el exterior.
—Veré a Fran cuando llame al llegar. —Un hilo de voz pletórica salió de ella sin pretenderlo y se echó las manos a la cara—. Debería estar abrumada con esta velocidad, pero no dudo de nada de lo que hago, ¿Estoy enamorada? —Su sonrisa se iluminó como el encendido de un árbol de Navidad—. Absolutely.
En menos de cinco minutos de reloj, Fran se acercó a la valla.
Stephanie, que lo vio, salió de su habitación para abrirle ella misma la puerta.
El portero automático sonó, y Stephanie abrió la puerta; la de casa que daba al jardín también.
Corrió hacia Fran y se echó a sus brazos. Algo que él respondió con agrado, estrechándola entre sus brazos, pese a cargar con el maletín.
—Te amo.
Las voces sonaron a la vez, compenetradas, uniformes y seguras.
Un beso, a continuación, sin freno. Intenso y con sabor a piruleta. Tenían la sensación que ese sabor sabor que añoraban no tenía nada que ver con un caramelo, pero les dió igual.
—¡Ejem! —Se oyó a Evan desde el zaguán de la casa, con la puerta abierta.
El beso cesó, y se dieron cuenta de que Fran había elevado a Stephanie del suelo cuando se giraron ante la llamada de atención.
Stephanie tomó de la mano a Fran y tiró de él para entrar en la casa.
—¿Te asustaste? —le preguntó Stephanie al oído de Fran.
—¿Cuándo? —Él tampoco alzó la voz.
—Con la orden —se mordió el labio, Fran lo vio—, yo no hablo así.
—Lo sé. —Fran se lanzó a besarla de nuevo—. Tú eres efervescente, la frase parecía marcial.
—¿Vas a pedir mi mano de verdad? —Stephanie apoyó la cabeza en el hombro de Fran como pudo, parpadeando con coquetería—. No sé cómo se hace aquí.
—La verdad es que no lo sé. —La volvió a besar, mientras seguían caminando—. Pero si tengo que comprar dos cerdos y una vaca para aportarlos como dote, como se hace en China, yo por tí lo hago.
Ella rió como un cascabel, Él la besó de nuevo.
Llegaron al salón, donde Frederick les esperaba sentado en un butacón similar al sofá.
—¿No es en ese asiento donde le contaste anécdotas de EuroDisney a David y la hija de Evan? —Recordó Fran en voz baja para que solo le oyera Stephanie.
Ella volvió a sonar como cascabeles y Fran alzó la mano que tenía entrelazada para rodear a la chica sin soltarla. Fue un movimiento distinto, pero se pareció al baile improvisado del primer día.
Ella, arropada por los brazos de Fran, volvió a apoyar la cabeza en su hombro.
Frederick parecía sorprendido.
—¿Eres blanco?
El tono no era ofensivo y Fran tampoco lo entendió así, por eso respondió con lógica.
—Porque soy español, es lo lógico.
—¿No eres Gipsy?
Fran tragó saliva y soltó lo primero que le vino a la mente.
—No todos los flamencos son gitanos, Don Frederick. —Fran sonrió por compromiso—. Evan es más inglés que el fish and chips y es negro, como usted.
—Mi madre era mestiza, pero no viene al caso. —Destensó Evan.
—Cuando regrese a New Orleans deberé ignorar tu color de piel para que la familia os bendiga, muchacho.
El tono de Frederick indicaba que aunque a él mismo le daba igual la piel de Fran, a su padre y su abuelo no.
Fran se detuvo un momento:
—¿La bendición?




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