Contradicción

Cuarenta y siete: ¿Qué talla usa?

Stephanie agarraba la unión con Fran como una incrustación de su propia extremidad, su mano continuaba en la de Fran. Él metió ambas manos en los bolsillos, junto con la mano entrelazada de Stephanie.
—La lluvia no me molesta, será porque es muy finita. —Fran elevó la cara y parpadeaba al suspirar.
—En Lon… dres —Stephanie se acomodó la bufanda para poder hablar mejor— la lluvia es muy habitual.
—Lo sé. —Se giró para mirarla y se sorprendió de que ella ya le observaba—. Me estoy dando cuenta de que no tengo un Madrid que enseñarte, no tengo recuerdos que rememorar que pueda mostrarte.
—No pasará nada por crearlos juntos. —Stephanie apoyó la cara en el hombro de Fran y le atusó la bufanda para verle la cara por completo.
—¿Qué? —Rió con confianza.
—Esto —Stephanie elevó la mano libre y miró el anillo que giraba con facilidad en su dedo medio—, es de caballero, me queda grande.
—Es de mi familia y tú también formas parte de ella. —Fran sonreía con complicidad—. Pero tiene una extraña historia detrás, y creo que debo devolverlo.
Stephanie le miró extrañada.
—No entiendo.
—¡Pero el compromiso sigo manteniéndolo! —Sacó su mano suelta del bolsillo y con dos dedos replicó un beso de chef—. ¡Te lo juro!
Stephanie rió relajada, y los cascabeles resurgieron.
Fran le tomó la cara y le dio un pequeño beso espontáneo.
—Huy. —Stephanie parpadeó sorprendida.
—Perdón por besarte, tus cascabeles.
Enseguida lo entendió y siguió con el juego.
—Si quiero besarte por sorpresa, yo también lo hago.
—¡Cuantas veces quieras, morena mía!
Tras darle un beso, esta vez ella a él. Levantó la mano para tocarle el cabello, cada vez más mojado por la aguanieve que caía.
—El anillo me lo has entregado como en un trust hall, ¿verdad?
Fran se paró en seco. Respiró hondo y contuvo el aliento. Miró al suelo y esta vez fue él quien se mordió el labio.
—¿Tú también te has dado cuenta? —Pedía perdón con la mirada.
—¿Crees que yo soy tu salto al vacío? —Le soltó la mano entrelazada dentro del bolsillo para sujetarle la cara con ambas manos—. TÚ eres mi salto al vacío.
—Es abrumador lo mucho que ya late mi vida por tí.
—Mi opinión es igual. Pero nunca he creído en las buenas sorpresas y tú eres mío ahora. —Stephanie entregaba una sonrisa de felicidad sincera.
—Por completo.
Miraron alrededor y la acera se acababa.
—¿Dónde está la farmacia? —Stephanie intentó abrazarle por la cintura mientras Fran oteaba en pos de una luz verde.
—Según el mapa del móvil debía estar aquí. —Fran volvió a sacar el móvil del bolsillo y reparó en su posición. —Debemos cruzar y a la vuelta estará la farmacia.
Stephanie quiso reír, pero se tapó la boca y sonó atropellada.
—Incluso así, tu risa, me sigue pareciendo como cascabeles.
Ella se intentó imaginar unos cascabeles y el desconcierto apareció en su rostro.
Prosiguieron la ruta restante y llegaron a la farmacia. Una mujer mayor, delgada y bajita les atendió.
—¡Buenas noches, pareja!
Ambos afirmaron y sonrieron, pero no contestaron nada.
—¿Qué queréis? —La mujer alternó la mirada entre Fran y Stephanie—. Supongo que no habréis entrado a saludar a una desconocida.
—Queremos una caja de precavidos. —Stephanie se adelantó con nerviosismo.
—Ya, ja, vale. —La mirada de la farmacéutica se desvió hacia Fran, haciéndole un repaso de arriba a abajo—. Una caja de condones.
—Sí, eso. —Fran también estaba muy nervioso.
—¿Y cómo los quieres? —Le miró a él directamente.
—No sé, ¿Normales?
—Los hay con lubricante o sin él. Hay grandes, medianos y pequeños. —La mujer resopló—. Los hay con distintos sabores.
La pareja se miró entre ellos atónitos. Se negaron con la mirada.
—Yo nunca escogí. —A Stephanie no le hizo falta decir más al respecto.
—Siempre escogieron por mí. —Fran se encogió de hombros con una sonrisa pidiendo perdón.
La farmacéutica se echó la mano a la frente y replicó la palmada de hastío.
—¿Sabes tu talla, al menos, joven?
Una vergüenza inundó su gesto, se llevó las manos a la cara, incluso con la mano de Stephanie.
—No, no lo sé.
—¡Eso tienes que saberlo, es tu cuerpo!
Stephanie le miraba con diversión lastimosa, mordiéndose los labios a la vez. Se le escapó un ruido de risa atropellada que provocó que Fran le diera un beso en los nudillos a su chica. Y ella le respondió golpeando con su hombro el de él.
—Una talla lo más estándar posible y de alta capacidad elástica. Es lo único que se me ocurre. —La farmacéutica usaba un tono ofendido, pero su cara de desconcierto era superlativa.
Pagaron y salieron del establecimiento. Stephanie notó que Fran andaba más despacio y cuando alcanzaron estar fuera de la visión de la mujer, él se derrumbó, llevando a Stephanie consigo al suelo.
—¡Qué nervioso me he puesto!
Stephanie, aún sobre él, no se movía, pero le miraba expectante.
—¿Por qué será?
Fran cambió su cara hacia la condescendencia, y levantó una ceja.
—¿Tú no lo estabas?
Sonrió con inocencia.
—Mucho.
Un rugido leve provino del vientre de Stephanie. Fran, inmediatamente, se enderezó y se puso en pie, señalando una gasolinera abierta, en la esquina contraria a la farmacia y señaló.
—Allí.
—La casa es de Evan, seguro que tiene comida en la nevera. —Stephanie tiró de Fran para no demorar más lo que tanto ansiaban.
—Déjame cuidarte, al menos un poco. —Le ayudó a levantarse, le tomó las manos y se las besó—. Algo de picoteo nunca viene mal.
Ella afirmó a regañadientes y le siguió sin soltarle de la mano.
Compraron un par de sandwiches de pollo y atún, y una bolsa pequeña de patatas fritas. Les metieron todo en una bolsa de papel y al salir de la estación de servicio, metieron la caja de profilácticos también.
Llegaron al portal mucho más rápido de lo que se habían alejado.
—No son nervios. —Stephanie soltó los cascabeles.
—Es amor. —Fran le plantó un beso y entraron al portal dados de la mano.




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