Contradicción

Cuarenta y nueve: ¿qué llevas puesto?

Desayunaron un café que pudieron hacer y dejaron las tazas enjuagadas boca abajo en el fregadero. Fran se volvió a vestir con el traje del día anterior y salieron de la casa cogidos de la mano.
—Debería pasar por mi casa para cambiarme al menos de ropa. —Fran miró el reloj mientras Stephanie echaba la llave.
—¿Quieres que te acompañe?
—¿A qué hora tienes que estar en la discográfica?
—Tenemos que trabajar en la canción todavía. —Stephanie se volteó la bufanda.
—Pero no habéis quedado a una hora en concreto…
—No, aún no. Tiene que estar Nerea también.
—¿Lo de hacer la tesis sobre tí, va en serio? —Fran parecía algo escéptico.
—Creación de una canción. Eso dijo Nerea.
—Pues seguro que le sale bien. —La abrazó por detrás y ella rio—. Mis dos chicas favoritas, trabajando juntas, me gustaría verlo.
—También está tu prima Patricia. —Se quejó Stephanie con cariño.
—¿Tres de mis chicas favoritas? —Bromeó—. ¿Prefieres que diga eso?
—No pasa nada. No hay orden si me aceptas.
—Oye, no me gusta que te menosprecies, seguramente como a ti no te gusta que lo haga yo, ¿Verdad?
—Es algo feo que digas que eres inseguro, o cruel, o mala persona. Eso no me gusta.
—Si no te gusta que yo lo diga de mí mismo, no lo digas tú tampoco, ¿Vale, morena?
Ella giró la cabeza y le besó.
—Te amo, rubio.
I love you, brunette.
—¡Francés, cool! —Stephanie movió ligeramente la cabeza como si marcara el ritmo.
Salieron del portal y llegaron al coche. Se montaron y se dirigieron al barrio del ensanche de Vallecas, donde Fran y Ramiro vivían.
Por el camino, Stephanie avisó a Nerea por mensaje de que se verían en la casa de Fran y la chica contestó con el emoticono del pulgar hacia arriba.
Al aparcar y bajarse del coche se dirigieron al edificio, donde Magdalena les acogió con una hipocresía fingida sin esfuerzo por ocultarlo.
—Muñeco ¿Qué llevas puesto?
—Lo que me da la gana, Magdalena. —Fran se hartó de ser indulgente.
—¡A saber dónde te habrás revolcado!
—Donde me ha dado la gana, no te metas.
Stephanie, detrás de Fran, estaba escuchando las intenciones detrás de las palabras de Magdalena y le pareció repugnante.
—Y seguramente con alguien indeseable, por supuesto.
Aquella escena grotesca que pretendía emular a Caperucita Roja, iba a acabar muy mal. Fran se abalanzó sobre Magdalena, dispuesto a darle un empujón para apartarla de la puerta, pero Stephanie se interpuso y reclamó.
Someone who aspires to get what they want by stepping on others does not deserve to be called a person, a man, or a woman. —Stephanie se acercó a Magdalena, y la altura la acobardó—. Dégage, cafard!
—Creo que mi chica se basta sola para defenderse de trepas como tú, Magdalena. —Sonrió Fran con orgullo.
Magdalena tomó aire y aguantó un momento la respiración, como una niña enfurruñada; se apartó.
Según abría Fran el portal, Nerea les alcanzó.
—¡Bro, Stephanie, genial!
Magdalena resopló al verla.
Fran se giró hacia su vecina y señaló a Nerea.
—¿Tienes algún problema?
—¡En absoluto! —Magdalena elevó las manos, pero no era rendición. Y cuando Nerea estuvo a su altura, prefirió susurrarle—. ¿No te cansas de ser una mosca cojonera en la vida de tu hermano y de Ramiro?
Nerea se volteó para abofetear a la impertinente.
Ramiro desde la acera de enfrente gritó:
—¡Nerea, no merece la pena!
El chico cruzó la calle.
—¡Mosca lo serás tú, trepa! —Acabó soltando la rubia.
Cafard! —Respondió Stephanie desde dentro y se corrigió—. Cockroache!
—Cucaracha me cuadra, le pega. —Nerea sonrió y entró al portal junto con Ramiro.
La puerta cerró con Magdalena en la calle. Fran y Ramiro se miraron; él se acercó a mirar el buzón de Magdalena y leyó:
—Magdalena Ibarra Fortuna. ¡Qué cabrona, es cierto!
—Pues no aceptamos el caso y que se fastidie. —Comentó Fran con una sonrisa de triunfo en su cara.
—Eso ya lo pensaba hacer de todas formas, y no me equivocaba. —Ramiro lo corroboró.
—¿De qué habláis? —Preguntó Nerea mirando a Stephanie en complicidad.
—Pues que esa que está ahí, quiere seguir jugando y no la vamos a dejar. —Comentó Ramiro mientras esperaba el ascensor.
—Es un poco estúpida. —Opinó Nerea.
—¡No, no, cucaracha, cucaracha! —Insistió Stephanie.
Todos rieron al entrar al ascensor.
—Desde luego que se comporta como una alimaña, arrastrándose por los rincones y metiendo mierda en la conciencia de la gente. —Lo dijo Fran, pero mirando a Ramiro directamente al expresarse.
Ramiro resopló y Nerea se giró hacia él.
—¿Es ella la que te metió en esa cabeza tuya que eres inferior a Fran? —Nerea dio en el clavo y Ramiro no lo negó—. Cada uno es diferente a su manera y no eres peor ni mejor, ni que Fran, ni que cualquier otro, ¿Entiendes? —Intentaba ser severa, pero el cariño rebosaba por cada palabra, aunque siempre tenía que soltar su pulla habitual—. A ver si vas a ser un capullo de los tontos…
—Ay… —Suspiró Ramiro—. Creo que lo soy más de lo que se puede admitir.
Salieron del ascensor y antes de entrar en el piso, Nerea estiró la mano y acarició a Ramiro con energía, despeinándolo.
Fran y Stephanie se miraron cómplices, con ese gesto de estirar la cara sin abrir la boca.
—Señales contradictorias. —Pensó Fran en voz alta al que Stephanie lo corroboró asintiendo.
—¿Decías algo, Bro?
—Bueno, he bajado a comprar churros. —Ramiro enseñó la bolsa—. ¿Queréis desayunar?
—Nosotros ya nos hemos tomado el café en casa de Fani. —Informó Fran—. Pero yo, un churrito sí que te cojo.
El rubio cogió un churro, le pegó un mordisco y se lo ofreció a Stephanie a probar.
—¡No es dulce! —Se sorprendió Stephanie.
Nerea cogió un churro de la bolsa y sonrió. Tanto ella como los chicos chocaron su pieza como si brindaran.
Typical Madrid breakfast! —Respondió Nerea con una sonrisa y mordió el suyo.




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