Stephanie metió la mano en la bolsa y se dispuso a morder cuando se acordó del motivo de la visita.
—¿Vas a trabajar con la misma ropa que ayer?
Pillado, Fran le plantó un beso a Stephanie, le dio las gracias y se fue a la habitación.
—Ve tras él, boba. —Le animó Nerea con cariño.
Stephanie sonrió y se acercó a la puerta, pero no se atrevía a pasar.
Se recreó visualmente en el cuerpo de Fran. Es alto, delgado y sus músculos se marcaban más bien poco, pero instintivamente se mordió el labio al verle y acordarse de la noche que han pasado juntos.
Él se sintió observado y la miró, se fijó en ese gesto que tanto le gusta y se quedó quieto, o al menos lo intentaba.
—¿Qué haces ahí parada? —Le llamó la atención—. No hay nada que no hayas visto ya.
Stephanie se acercó paso a paso como si se fuera a romper el suelo.
—¿Llegarás tarde?
Fran rio.
—You drive me crazy, Fani. —Le tomó la cara y la besó.
Ella, que le tenía tomadas las manos también, giró la vista hacia el armario.
—Trajes y camisas. —Le miró con diversión—. ¿Quieres variedad en el armario por Navidad?
Él se apartó.
—¿Navidad? —Un jarro de agua fría al pensar en la fecha—. Queda más de un mes.
—¿No quieres?
—¡Claro que sí! Pero es pronto, ¿no?
—Lo pienso bien y te doy la sorpresa.
Fran bajó las manos, sin soltar las de Stephanie, y miró el armario abierto, lleno de trajes que ya no le definían tanto como antes; pensó en la Navidad y a su mente vino una canción que le hizo reír sin motivo y cuando pudo entonar algo fue cantando esa canción.
—All I want for Christmas... —Se sorprendió de su propia idea.
—... is you. —Se unió Stephanie, cantando juntos.
—¡Qué asco dais! —Comentó jocoso Ramiro desde la puerta.
—¡Sois empalagosos como la mermelada de higos! —Se unió Nerea desde detrás.
Stephanie, sorprendida, le plantó un beso y le soltó. Se aproximó al armario y escogió una camisa de color amarillo mimosa, una corbata del color del kiwi y un traje de color verde militar.
—Eres rubio, pero el verde te queda bien, es raro.
—La camisa no la he llegado a estrenar —dijo según la tomaba de manos de Stephanie—, y el traje me parece demasiado elegante. No me lo pongo muy a menudo.
—¿Probamos? —Preguntó Stephanie a Nerea y Ramiro, según caminaba hacia ellos.
Los que observaban afirmaron y Fran obedeció.
Se cambió con soltura y en cinco minutos ya llevaba la camisa y el traje puestos con la corbata sin anudar.
Los tres espectadores se miraron, y al verlo dijeron al unísono:
—¡Mañana!
—Ya dije que era un traje muy formal. —Comentó al quitarse el traje verde.
Entonces Fran tuvo una idea y echó a los tres de la habitación.
Rebuscó entre sus cajones y halló una camisa burdeos bien planchada que solo se puso una vez que ni recordaba y un traje de chaqueta y pantalón marengo. Se puso las deportivas clásicas negras que se había comprado esa misma semana y salió sin corbata.
—No pareces tú, tío. —Empezó Ramiro.
—Te queda genial, pero pareces un bad boy, Bro. —Comentó Nerea.
—No sé si eso es algo bueno o malo, joder, os explicáis fatal los dos. —Miró a Stephanie, pidiendo su opinión al respecto—. ¿Y bien?
—Eso es para llevar por la noche. El color rojo te hace sexy.
—¿Con cambiarme la camisa valdría? —Preguntó Fran.
—¿Y si te presto un polo, Fran? —Sugirió Ramiro.
—Por favor, hazlo. —Pidió Nerea con urgencia.
El hombre se fue a su habitación mientras las chicas observaban las perchas.
—Tiene muchas camisas blancas, sería tu mejor baza. —Narró Nerea.
—Sis —le llamó su hermano—, ¿Por qué has venido hoy? —Temió ofenderla y se corrigió—. ¿Por mí, por Fani o por Ramiro?
El último nombre le provocó una sonrisa de sarcasmo, algo impuesta.
—A tí, siempre te querré ver, Bro. Pero tu chica y yo tenemos un asunto gordo entre manos.
—Ya me ha dicho que la usarás como eje de tu tesis.
—Al menos no solo habláis de cuánto os queréis y os ponéis cariñosos desde la incomodidad. —Comentó Nerea con ironía.
Fran se despojó de la chaqueta y la camisa, se puso una de color blanco roto y se volvió a poner la chaqueta. La soltura de sus movimientos parecía de prestidigitador. Ramiro apareció por la puerta con un polo blanco de manga larga y al ver a Fran ya vestido, se lo tomó con humor.
—Si lo sé, no lo muestro y me lo pongo.
—¿Pretendes cambiarte otra vez de ropa? —Preguntó Fran con sarcasmo.
—Me lo voy a llevar en el maletín, por si acaso.
Poco más tardaron en salir. Todos juntos en unidad. Acompañaron a las chicas hasta la misma puerta de la discográfica y prosiguieron hasta el bufete.
Al aparcar y bajar del coche, Ramiro observó a su amigo.
—Pensé que eras un hombre admirable y modesto que solamente creía poco en sí mismo.
—Y no te equivocas. —Fran habló desde la sinceridad.
—Pero Stephanie te ha transformado y eres incluso más admirable ahora, con ella a tu lado.
—No creo que me haya transformado, la verdad. —Fran sonrió con la mirada perdida—. Pienso que solamente consiguió aflorar algo latente en mí que me mejoró como persona.
Llegaron al edificio del bufete, la puerta ya estaba abierta, aunque aún no fuera el inicio de jornada.
—Ojalá yo encuentre a esa mujer que me mejore como persona y me haga alguien admirable como te ha hecho Stephanie a tí. —Ramiro hablaba desde la admiración y el respeto de un amigo auténtico.
—Gracias a conocer a Fred Osborne me he dado cuenta de tu posición, amigo —Fran le palmeó la espalda a Ramiro con cariño—, y tú te transformaste el domingo, en casa de mis padres. Al oír una confesión que pretendía ser liberadora, pero que a tí te encadenó de la manera más tierna y dura posible, abriéndote los ojos.
Ramiro siguió a Fran a la oficina, pero su contrariedad interior solo le llevaba a pensar en Nerea.