Contradicción

Cincuenta y uno: ¿Ya no piensas volver?

Stephanie y Nerea bajaron del coche y miraron la hora, faltaban cinco minutos para las ocho y media de la mañana.
—Mi hermano Frederick quiere saber si mi trabajo es seguro.
—A ver, te puedes pillar los dedos con la tapa del piano o cortarte con las cuerdas de algún instrumento, pero no te va a caer una maceta encima. —Nerea intentó gastar una broma.
—Quiere trabajo estable, es sencillo. —Stephanie sonrió a su amiga.
—Ah, vale, esa seguridad. Está bien saberlo. —Nerea la miró con suspicacia.
—¿Qué estás pensando?
—Las posibles rutas de conversación, nada que no suela hacer habitualmente. —Nerea lo dijo como si fuera obvio.
Stephanie abrazó a Nerea y la chica se sorprendió.
—Sin Fran y Nerea, Estefanía estaría perdida.
—No entiendo por qué hablas de ti misma en tercera persona, pero eso que has dicho es muy bonito. —Nerea respondió el abrazo—. Pero perdida no, al fin y al cabo, tienes a Evan y a su mujer.
—Pero yo no calculo opciones, tú y Fran sí.
—No todos somos iguales, ahí está la gracia. Aunque, Fran, no es que calcule opciones; él las medita, las analiza y cuando las quiere llevar a cabo, ya se fue la oportunidad.
Stephanie miró a Nerea con acusación, y la joven se rectificó.
—Es mi querido hermano mayor, pero medita tanto las cosas que se las pierde. —Nerea se detuvo un momento y miró a Stephanie—. Hasta que llegaste tú y ahora parece estar más vivo, más alegre, más ocioso y más fraternal.
—¿Crees que eso lo he hecho yo?
—¡Por supuesto!
—Él me ha dado un hogar cuando yo había perdido lo más parecido que he tenido; que eran mis compañeras en París.
—¿Y Evan, y tu hermano?
—Christopher Evan es mi primo, pero no lo sabía hasta que vino a mi trabajo con su familia hace dos semanas.
—¡Caray, Stephanie! —Nerea se echó la mano a la boca de la sorpresa—. ¿Y te vas a vivir a Madrid desde París con alguien que acababas de conocer?
—No voy a volver a Nueva Orleans. —Su convicción era férrea.
—Oh, ya lo pillo. Ante un familiar perdido, mejor con él que volver al infierno.
Stephanie ladeó levemente la cabeza, apretó los labios y entrecerró los ojos.
—El tío Hugh no quería seguir las normas del abuelo y se fue a Londres, mi padre sí lo hacía. —Stephanie fue informando a su amiga.
—Vale, te sentiste identificada con lo que sabías de tu tío y al conocer a tu primo has entendido que Evan es más familia tuya que la directa, pero… ¿Freddy no es tu hermano?
—Freddy me ayudó a salir porque cuando él esté, todo podrá cambiar, eso es lo que él quiere.
—¿He entendido que mientras allí mande tu padre, tú no volverás a América?
—Así quería, pero ya no.
—Ya no. —Nerea aguantó la respiración.
—No.
—¿No, qué? —Oyeron decir a una voz por detrás.
Patricia y Enric se aproximaban.
—No voy a volver a Nueva Orleans porque estoy con Fran.
—A ver, quiero mucho a mi primo, pero creo recordar que dijiste que os conocisteis el sábado.
—¿Qué tendrá eso que ver? —Defendió Nerea.
—¡Es que no puedes definir tu vida por un flechazo! —Acusó Patricia.
—¿Perdona? —Intervino Enric, ofendido.
—Nuestro caso es distinto, cariño, no compares.
—Ya van a empezar otra vez. —Comentó en voz baja Nerea a Stephanie, riendo.
—¿No fue un flechazo nuestro encuentro en la inmobiliaria? —Cuestionó Enric.
—¡Pero si tú ya me conocías! —Replicó Patricia.
—Yo ya sabía de tu existencia, que es distinto. —Puntualizó su marido—. Pude conocerte ese día, y para mí fue un flechazo.
Antes de que empezaran a ponerse cariñosos, Nerea intervino.
—Está muy bien que recordéis como os conocisteis y el paralelismo con los reyes; a ti, que tanto te gusta la familia real, Patricia, pero os habéis desviado del tema.
Stephanie se sintió aliviada y chafada al mismo tiempo. Antes de conocer a Fran, ver a parejas en complicidad le daba hastío, y si estaban cariñosas, incluso vergüenza ajena. Pero con él, con Fran, su propio comportamiento la inclinaba a hacer eso que le molestaba antes en los demás.
Mirando a Patricia y Enric, su sentimiento era envidia, esa envidia sana de la que solo aspiras a replicar y no a sustraer. ¡Ojalá pueda demostrar su amor por Fran como lo están haciendo ahora Patricia y Enric!
Nerea miraba a Stephanie como observaba a sus primos.
—¿Qué piensas, Stephanie?
—Yo quiero eso, igual. —les miraba con ternura más que con envidia.
—Pues yo no creo que estés rezagada, Stephanie. —Nerea alzó las cejas, como alguien que quiere mostrar obviedades—. No vi solo amor esta mañana, vi complicidad y comprensión. Vi simbiosis entre mi hermano y tú; y eso, querida cuñada, que se consigue con años de relación, vosotros lo tenéis desde el primer momento.
—Bienvenida a la familia, entonces. —Patricia abrazó a Stephanie por detrás y le dio un achuchón.
Ya eran más de las nueve y media, y justo en ese preciso momento, llegaron Frederick y Evan.
—¡Freddy, Evan! —Se acercó Stephanie a su familia.
—Me alegra saber que has salido a recibirnos para no tener que buscarte nosotros, Stephanie. —Evan intentó forzar una respuesta que implicaba mentir.
Nerea cogió el testigo al vuelo y se colocó al pie de Stephanie, estiró la mano hacia Frederick con la intención de estrecharla.
—Soy Nerea, la cuñada universitaria de tu hermana.
Frederick le estrechó la mano, con algo de reticencia, pero detectó la buena voluntad de la joven.
—Os voy a presentar a más compañeros… —se unieron a Patricia y Enric— ellos son Patricia y Enric, primos de Fran.
—Eso apenas es coincidencia —corrigió Patricia—, yo soy cantante profesional y la discográfica contactó conmigo para colaborar, que sea prima de Francisco, es pura coincidencia. —Les tendió la mano mientras les mentía.
—Enric Lloret Coll, guionista. —Extendió la mano para estrecharla.
Stephanie se sorprendió del cargo de Enric y comprendió el afán por apuntar todo.
—Yo soy Christopher Evan Osborne, empresario; y él es Frederick Osborne, párroco en una iglesia anglicana de Nueva Orleans.
—Encantado. —Y les estrechó la mano.




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