Contradicción

Cincuenta y dos: ¿Y qué piensas hacer?

Cada abogado se sentó en su oficina.
La última clienta de Cayetana se había sentado frente a ella, pero observaba a Ramiro con algo de recelo que Fran advirtió.
—¿Va todo bien, señora? —Fran sonrió con condescendencia—. Porque está observando al abogado laboralista en vez de hacer caso a la abogada de sucesiones, que es la que usted ha contratado.
Cayetana se calló y alzó la vista.
—Señora, mi cuñado es guapo, pero si no me hace caso, su exmarido le acabará quitando esa parcela que su apellido ha tenido durante generaciones.
—¿Es tu cuñado? —La mujer, de repente, puso todo el interés en su abogada.
Fran y Ramiro se miraron cómplices, con los ojos en blanco, por la naturaleza chismosa de la señora.
—No creo que mi familia sea de su interés, ¿Por qué no me pregunta por su propio asunto?
—Es que estoy pensando en darle a mi exmarido otra oportunidad, ¿Sabe usted?
—¿Pretende casarse usted de nuevo con el mismo hombre? —Cayetana temía la respuesta.
—¿Y por qué no?
La abogada se echó la mano a la cabeza, negando. Después levantó la vista y entre sus dedos, mirando seriamente a su clienta, dijo:
—Si lo hace, que sea por separación de bienes.
Fran y Ramiro, cada uno en su escritorio, se taparon la boca para evitar ser irrespetuosos con la señora y reírse de la situación.
El cliente de Tania también se había quedado mirando a Ramiro, pero en este caso, fue él quien se dio cuenta, pero disimuló cuando Fran le comentó eso a la clienta de Cayetana.
Cuando los clientes de las abogadas se fueron de la oficina, Fran y Ramiro se miraron cómplices con una sospecha en la mente, su vecina.
—¿Por qué te miraba la mujer cómo si le dieras asco?
—¿Y el hombre que quería que Tania llevara la denuncia al marido de su hermana, qué? —Continuó Ramiro.
—Me recuerda a esos pueblos donde corre un rumor y acaban apaleando al acusado. Es raro, pero tan obvio a la vez… —Comentó Fran en alto.
—Es que solo me viene a la mente la cucaracha de Magdalena, la verdad.
—Sí, ¿verdad? A mí también. —Fran exteriorizó su preocupación.
—¿Lo decís por esa hortera chiquituca y pechugona que estaba en la puerta del bufete antes de que la recepcionista abriera?
Fran y Ramiro se miraron.
—¿Qué ha dicho Magdalena? —Ramiro mostró reticencia.
—Pues nada bueno. O sea, a ver, no le he creído ni pizca; pero seré buena diciendo que os ha tildado de fanáticos el uno del otro, por no decir algo más ofensivo.
—¡Qué hipócrita de mierda! —Ramiro dio con el puño cerrado sobre la mesa—. Y si nos la encontramos al llegar a casa, seguramente querrá manosearme como si eso sirviera para convencerme.
—Ya te lo dije, cuando pretendía alabarme menospreciándote desde el principio, ya me mosqueaba su comportamiento desde el principio. —Fran se cruzó de brazos con suficiencia.
—¿Me estáis diciendo que una vecina de vuestro edificio intenta enfrentaros? —Tania se incorporó a la conversación—. Eso es algo muy parásito.
—Tal cual. —Cayetana estaba de acuerdo.
Fran se levantó y le puso una mano de manera comprensiva a Ramiro en el hombro.
—Nerea tiene razón en decir que eres un tonto. —Palmeó con los dedos un par de veces sobre su amigo—. Yo era el que se protegía como consecuencia de haberse fiado demasiado, pero eres tú el que se fio de la peor de todas, Ramiro.
Ramiro resopló y sacó un fino portafolio y le entregó a Fran una hoja. Señaló dos nombres y Fran se la llevó a su mesa.
—Mismos apellidos que ella, y dos personas. Llamo para decirles que no aceptamos el caso. —Fran miró a Ramiro—. ¿Tú lo has hecho ya?
Una sonrisa en su rostro contestó por él.
Fran llamó al supuesto cliente y se negó a seguir con el caso. Él sabía que siendo un bufete modesto, no se podían permitir denegar trabajos, así como así. Pero el hecho de que los dos testigos principales fueran posibles hermanos de Magdalena, ya era suficiente alerta para entender que no acabaría bien para ninguno de los dos abogados.
Tras las llamadas al cliente, los testigos y demás implicados, bajo la amenaza de una investigación por posible fraude. Ninguna de las personas tuvo objeción en no volver a contactar con el bufete.
Ya casi era la hora de comer, tanto Fran como Ramiro estaban tranquilos leyendo con orgullo la resolución de casos cerrados a favor de sus clientes.
El rubio miró su mano izquierda, tocando con el pulgar la parte interior del dedo anular.
—Un anillo.
—¿Cómo dices? —Ramiro se interesó.
—Le entregué el anillo que mi abuela le había encargado a mi abuelo por su cumpleaños antes de fallecer y se lo he de devolver a Águeda, joder.
—¿Y por qué se lo das a Stephanie? —Ramiro lo negaba con diversión—. Tú solo te atropellas, Fran.
—No es eso, lo voy a sustituir por uno que sea perfecto para ella. —Fran mostraba una sonrisa de ilusión difícil de opacar—. ¿Me quieres acompañar?
—Estarás de broma, ¿Qué hago yo acompañándote para que le compres un anillo de compromiso a tu novia? Te tendría que acompañar una chica… —Ramiro abrió mucho los ojos y algo de picardía infantil se asomó por su mirada— como tu hermana. ¡Si va ella, a mí no me importa acompañarte!
—¿Ahora quién es el empalagoso? —Se rio Fran.
—Ahora lo veo todo claro, amigo, cristalino como el agua destilada en un vaso de Swarovski.
Fran soltó una carcajada, de una frescura que solo le sabían sacar su amigo, su hermana y ahora también su chica.
—Una respuesta bastante contundente. Pero teniendo en cuenta que Nerea y Fani están juntas trabajando, creo que solo puedo tirar de ti, amigo.
—Chicos —interrumpió Cayetana—, como os vea la viborita entrar juntos a una joyería, le vais a dar de comer a ese rumor que ha soltado sobre vosotros.
Ramiro se levantó y se puso detrás de Fran para abrazarle por detrás.
—¡Qué diga lo que quiera, da igual!




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