Contradicción

Cincuenta y cuatro: ¿Tú también vas a comprar algo?

Cuando llegó la hora de comer, Fran y Ramiro salieron con algo de prisa.
—¿Ramiro? —la recepcionista se levantó.
—Dime, Nuria.
—¿Dónde vas?
—Vamos a comer por ahí, que vamos a buscar un anillo de pedida.
—¿Entonces es cierto que estáis liados?
Ambos se miraron y entendieron el rumor del que había intentado advertirles Cayetana.
—Magdalena. —Se dijeron entre ellos al unísono.
—Eres mi prima y me conoces, Nuria. —Ramiro miró a Fran y le pasó el brazo por los hombros, con diversión—. Aunque he de admitir que nada me haría más feliz que mezclar mis apellidos con los suyos.
Fran, con sorpresa y diversión, pretendió replicar, pero Ramiro le chistó para que lo dejara estar. Yéndose por la puerta y dejando a la chica con la cara descompuesta y la palabra en la boca.
No muy lejos del bufete, al pie de las cuatro torres rascacielos, Fran y Ramiro entraron en un pequeño local oriental para comer.
Un cuenco de sopa de ramen y una tabla de sushi después, Ramiro le daba el último sorbo a su refresco de lichi y Fran pinzaba el último rollito de primavera con los palillos.
—Si es tu prima, deberías haberle aclarado que quien te gusta es Nerea y no yo. —Comentó Fran antes de morder.
—Si ha preferido creer a Magdalena, será porque tampoco me conoce tanto como yo pensaba, pese a ser familia. ¿No crees?
Fran se encogió de hombros y afirmó con la cabeza.
—Es pensar que le voy a comprar un anillo de compromiso y me acelero, ¿Te importa si hoy te invito yo? —Fran mostraba nerviosismo y se bajó del asiento.
—Por mí puedes hacer lo que quieras, que yo tengo que ir un momento al baño; ya sabes que los gases de los refrescos me sientan fatal.
Fran hizo un ademán para que su amigo no se entretuviera y se fue a pagar la cuenta. Cuando Ramiro volvió y vio que Fran le había invitado, le sugirió algo distinto.
—Hacéis una pareja genial y os compenetráis como si fuerais uno solo —Ramiro empezó a dar rodeos—; pero he pensado que, ya que vais tan deprisa, podrías regalarle un anillo que luego te sirva de alianza.
Fran se extrañó ante la idea.
—¿De qué hablas?
—Piénsalo. —Ramiro se palmeó el dorso de la mano—. Los anillos de compromiso se colocan en la mano izquierda, ¿Verdad? —Ramiro se señaló el anular izquierdo al decirlo y gesticuló que lo cambiaba de mano para ponerlo en el anular derecho—. Igual que las alianzas de boda se ponen en la mano derecha, ¿Cierto?, pues cambiáis el anillo de mano.
Fran torció un poco la boca, iba a replicar y al final, sonrió.
—No me parece mala idea, pero entonces tendría que comprar los dos anillos, no solo el suyo. ¿No parecerá algo egoísta?
—No tengo ni idea, nunca me he casado. —Ramiro también esbozó una sonrisa.
—¿Y qué, te gustaría ser mi cuñado?
—¡Francisco, Joder! —Ramiro se había parado en seco, más rojo que un tomate y tragó saliva—. ¡Con eso no se bromea!
—Es que para algo en lo que me puedo meter contigo en vez de lo contrario…
—¡La madre que te trajo, Fran, que lo tengo muy fresco! —Ramiro dio un zapatazo en el suelo y alcanzó a su amigo.
—Al menos sé que Nerea no pasará hambre —Fran le miró con ternura mientras caminaban—, porque cocinas muy bien. —Se atusó un poco las manos—. Aunque seas un vago para ponerte en serio.
—Caramelitos envenenados, muy bonito todo, sí.
Llegaron a la joyería justo en el momento en el que Fran se reía de la réplica de Ramiro y entraron.
Una mujer rubia un poco más mayor que ellos, que vestía un traje azul violáceo con un pañuelo al cuello rosa y malva, les atendió.
—Buenas tardes, ¿Buscáis algo en especial?
—Mi amigo busca una pareja de anillos. —Se adelantó Ramiro.
—¿Para los dos?
Era la tercera vez que alguien lo insinuaba en el mismo día, Fran pensó que eso no le iba a gustar mucho, ni a Stephanie por su parte, ni a Nerea por la parte de Ramiro.
—Quiero pedirle matrimonio a mi chica —corrigió Fran —, pero quiero que ese anillo nos sirva después como alianza.
—Tendré que buscar anillos a juego. —la vendedora retorció un poco su pañuelo mientras ojeaba las vitrinas debajo de los mostradores.
Ramiro se quedó mirando la vitrina de la bisutería de marca de relojes mientras la joyera iba enseñando anillos masculinos a Fran.
—No me convence ningún anillo de oro. —Se disculpó Fran.
—Te puedo mostrar oro blanco o acero de diseñador. Al parecer, es una clase de producto que está en alza. —La mujer encogió los hombros.
Fran se giró hacia Ramiro, que estaba inmerso en la vitrina que tenía ante él. Decidió ignorarle y buscó.
Entre todas las bandejas que le mostró la mujer, había un anillo en una esquina que le llamó la atención; mostraba parte de una estructura de escalera pero con varios pequeños periodos ovalados en cada agujero. Y otro muy parecido al lado pero completamente recto y con los peridotos con forma de lingote.
—¿Qué tamaño tienen esos dos anillos verdes?
La mujer tomó un tubo cónico y midió los anillos.
—El de óvalos es de talla 19 y el de lingotes es de talla 22.
Fran mostró una sonrisa enorme.
—Podría probármelos, pero no le haré perder el tiempo. Me los llevo porque son nuestra talla.
La joyera mostró algo de reticencia y le ofreció el anillo de lingotes mientras Ramiro se acercó a ellos.
—Cuando termine, me gustaría un artículo de aquella vitrina. —Ramiro señaló la zona de piercing.
—¿Tú también vas a comprar algo? —Fran se asomó un poco y se extrañó—. ¿Un piercing de ombligo? ¿Para qué?
—Mañana lo verás. —Ramiro sonrió con picardía.
La mujer preparó las cajas de Fran y se las cobró. Con Ramiro hizo lo mismo.
Cuando salieron, Fran intentó sonsacarle, pero Ramiro siempre eludía el tema.
—Mañana lo entenderás. —dijo una y otra vez.




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