Contradicción

Cincuenta y siete: ¿Estás preparado?

El cruce de la calle se quedó en silencio mientras Fran y Stephanie se miraban de reojo con la expresión de saber el interior de las palabras.
—Aun así, tendrías que llevarte el coche, Ramiro. —Le recordó Fran.
—¡Cierto! —Ramiro respondió con nerviosismo y volvió sobre sus pasos y se giró hacia Nerea—. ¿La humorista querría que este capullo la llevara hasta su casa en su humilde carroza?
—Oye, Ramiro, ¿Estás bien? —Nerea se mostró preocupada— Porque esa pregunta es rara, incluso más que mis chistes.
Ramiro se relajó un poco, aunque no quería preocuparla. Así que fue escueto y contundente.
—Pasar por tu casa no me cuesta nada, ¿Quieres que te lleve?
Esa nueva actitud en Ramiro la sonrojó de nuevo, pero no se amilanó.
—Vale.
Según se alejaba el coche de Ramiro, Fran y Stephanie se echaron a reír.
—¿Qué pasó? ¿Casi se besan? —Stephanie habló primero.
—¡No, pero falta poco! —Fran señaló su coche.
—¿Qué sabes? —curioseó Stephanie.
—Te lo digo si tú mañana te haces la sorprendida. —Ofreció Fran.
—De acuerdo.
—En una vitrina donde hay joyería de acero de alta calidad y de marcas relojeras, había pendientes corporales y él ha comprado uno.
—¿Ramiro tiene piercings más que en la oreja?
—El tema es que él no, pero Nerea sí que tiene uno en el ombligo que mi madre cree que se le cerró.
Stephanie se llevó la mano a la boca por la sorpresa.
—¿Se lo ha comprado a Nerea?
—Eso creo.
—Pero, ¿tú dijiste anillo o anillos? —Stephanie cambió de tema mientras se separaban para montar en el coche de Fran.
—¡Me has pillado, morena! —Fran arrancó el auto—. Ahí está el truco, nos pondremos los anillos en la mano izquierda mañana; para que cuando nos casemos junto a tu prima y su chica, solamente nos cambiemos el anillo de mano el uno al otro. ¿A qué está bien pensado?
—Yo quería comprar tu anillo, Blondie. —Se quejó risueña Stephanie.
—Si no te gusta, siempre podemos cambiarlo, morena. —Fran miraba al asfalto, pero su sonrisa decía todo lo que Stephanie quería de él.
—Antes me has llamado cacao.
—Sí, venus de cacao, ¿No te gusta?
—Es… —Stephanie repiqueteó con sus cuidadas uñas el encerado del interior—… Sexy.
Fran se ruborizó por el comentario y pensó en disculparse. Pero a su mente vino el tacto en sus manos de la piel de Stephanie; la imagen en su retina de la primera vez que la vio; el sabor a gaseosa del primer beso que se dieron; el olor a dama de noche que inhaló de sus manos la primera vez que ella le tomó la cara; y el sonido de cascabeles que le parecía incluso la más leve carcajada suya.
No. Que él sintiera esa primera impresión, y al expresarla, ella la entendiera así, no pedía disculpas. Exigía decir en voz alta lo que significaba.
—Fani —su propia voz le sonó extremadamente grave y sabía lo que eso significaba, pero quería soltar la frase porque le pesaba como una losa—, me invades… me inundas… me llenas.
Stephanie se sintió contrariada por si Fran la comparaba con Napoleón; pero esa voz, casi gutural, al decirlo mientras agarraba el volante, retorciéndolo con obsesión; le indicaba que se estaba conteniendo de parar el coche y besarla con esa pasión que arde desde las entrañas.
Para no provocar más a Fran, Stephanie suspiró y miró por la ventana. Se mordió el labio, evitando que él la viera hacerlo. Amaba su mentón recién afeitado, su intenso olor a petricor, el sabor melocotón de sus labios, su cuidado aspecto de delicado equilibrio entre inocencia y paternidad, pero sobre todo la torpeza de sus palabras, siempre cuidando de todos.
—Tú a mí también. —Dijo casi sin emoción. Evitando provocar algún tipo de accidente.
Al parar en un semáforo, Fran pudo relajar las manos del volante y quiso tocarla levemente para que le mirara, pues le había preocupado a manera de decirlo.
—Estefanía, cariño, ¿Estás bien?
Ella se giró con los ojos llenos de lágrimas y una preocupación desmesurada en su rostro.
—¿Podemos ir en silencio? —Ella tenía la voz quebrada—. No quiero accidentes por distraer tu atención.
Fran miró el semáforo y aún seguía en rojo, por lo que en un rápido movimiento, le tomó a Stephanie de la nuca y tiró de ella a la vez que él se impulsaba, y le dio un corto beso en la boca.
Ella estaba sorprendida, pero no le importó.
—No estoy distraído, estoy expresando lo que tú me provocas, porque como estemos en silencio, mi imaginación saldrá disparada. —Sonrió con complicidad y un poco de picardía.
Stephanie suspiró aliviada.
—Cambio de tema mejor. —Comentó mirando al asfalto que les aproximaba a su apartamento—. Creo que Evan no quiere iglesia, solo hacerlo en casa.
Fran se relajó justo cuando el semáforo cambió a verde.
—Algo tan laborioso como una ceremonia, no se puede organizar en dos días; así que eso ya me lo imaginaba.
—¡Pero ha dicho doble boda!, ¡Boda! —Remarcó Stephanie.
—Supongo que tu primo tendrá contactos en organismos oficiales que puedan oficiar legalmente algo así. —Fran se encogió de hombros.
—Eso dijo.
Llegaron a la zona enseguida. Los aparcamientos parecían estarles esperando, porque hallaron uno al pie del portal.
Cuando llegaron al portal, cogidos de la mano, ya les estorbaban los abrigos. Y al pie de la puerta del apartamento, les sobraba la ropa.
Cerraron la puerta con el pie y sembraron el pasillo de prendas hasta llegar al dormitorio, donde ya dieron rienda suelta a lo que gestaba entre ellos.
Bailaron sobre un lecho sin abrir, fundiéndose como uno solo. Se integraron en la noche hasta que dieron paso al día y los primeros rayos del sol les despertaron.
—Vuelvo a salir de tu casa con la misma ropa con la que entré. —Rio Fran con el dorso de la mano en la frente para que los rayos de luz no le cegaran.
—¿Estás preparado para vivir juntos? —Stephanie apareció tras su brazo como un conejito por la madriguera.
—Desde la primera vez que cruce la mirada contigo.
Fran le dio el beso de buenos días.




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