Fran miró el reloj de pulsera, sonrió y volvió a besar a Stephanie.
—Hay que prepararse para una presentación oficial. ¿Estás lista?
Stephanie extendió los brazos sobre el pecho de Fran y los cruzó. Se quiso hacer la divertida mordiéndose el labio.
—¿Como en una boda?
—Quieres llegar tarde, ¿A que sí? —Fran la volvió a besar, más intensamente que antes.
Ella se apoyó en su hombro y acarició el brazo de Fran sobre el que estaba para culminar, entrelazando las manos y girar la muñeca de Fran.
—¿Qué hora es? —Preguntó Stephanie mientras buscaba mirar el reloj.
—Ya han pasado las nueve, ¿Sabes dónde está Griñón?
—Patricia y Enric dijeron que al sur.
—Pues hay que recoger a Ramiro por el camino.
Stephanie se sentó en la cama y observó a Fran.
—Yo quiero quedarme, pero hay que hacer las cosas bien, ¿Verdad?
—Sí, Fani, es lo correcto. —Fran también se incorporó, una mano la usó como apoyo y con la otra acarició la cara de Stephanie—. Tú piensa en que vas a ampliar tu familia con mi abuela, padres y tíos; o que formaras parte de otra familia más: la mía.
Stephanie rodeó la habitación con la vista y pensó en el día siguiente.
—Hay que invitar a tu familia a la boda de mañana.
—¡Cierto! —Fran se levantó de un salto, buscó el calzoncillo y se lo puso—. Cuanto antes empecemos, mejor.
—¿Vas a llevar el traje verde? —Stephanie recordó el armario en casa de Fran.
—¡Por supuesto!
—Pues yo me visto verde también, ¿Vale? —Ella giró sobre la cama y se levantó también de un salto. ¡Tengo un traje del color de tu corbata!
Ella se dirigió a la maleta más grande de las que había traído desde la casa de Evan y desplegó el vestido.
Francisco, ya vestido, observó el color.
—¿Y qué vas a ponerte mañana? Porque ese color ya es perfecto. —Señaló el traje que Stephanie llevaba en la mano.
—Tengo un vestido del color de tu camisa de hoy, y tiene flores de este color. Es un vestido largo y muy clarito.
—Estarás bella con lo que te pongas. —Fran le plantó un beso y se puso el abrigo, listo para salir y recoger a su amigo.
Stephanie se cubrió el traje de chaqueta de color verde pistacho con su cazadora de cuero firmada.
—¡Qué contraste! —comentó Fran al verla.
—Me gusta la cazadora.
—Si pasas frío me lo dices y te cubro con mi abrigo.
Stephanie se puso los botines negros y alcanzó el bolso negro que llevaba el día anterior. Se colgó de los hombros de Fran y sonrió.
—El traje es abrigado, la cazadora solo es un recuerdo.
Se volvieron a besar y salieron del apartamento en dirección a la casa que él dejaría atrás, la que compartía con Ramiro.
No tardaron mucho en llegar y ese sábado la calle estaba desierta pese a ser las nueve de la mañana pasadas.
Cuando salieron del ascensor, en la planta que debían, se cruzaron con esa parásita indeseable. Magdalena miró a Fran con asco y a Stephanie igual, para entrar en el ascensor del que ellos salían.
Se encontraron con Ramiro, que quería cerrar la puerta.
—¿Qué ha pasado con la cucaracha? —Fran no evitó sonreír al llamar así a la manipuladora de Magdalena.
—Me ha intentado convencer de que si salgo con ella, callaré los rumores de mi homosexualidad. Me ha llamado desviado, como si fuera malo.
—Es escoria, no le hagas ni caso. —Fran le restó importancia—. A ti, quien te gusta es Nerea; así que sí lo cree, mejor para ti.
—Lo peor es que sus padres son los caseros de la casa, y si me voy, he de dar una dirección y entonces ella se enterará y volvería al círculo vicioso.
—Ya pensaremos una solución; por ahora hay que reunir a los hijos de las hermanas Lara. —Fran sonreía intentando parecer patriarcal, pero su voz sonó más ilusionada que marcial.
Fran se vistió con el conjunto que se había puesto el día anterior, preparó un neceser con cosas de aseo y una pequeña maleta con dos trajes sencillos y ropa de cambio.
—¿Para qué es la maleta? —Ramiro parpadeó.
—¿Pretendes que un matrimonio viva separado? —Respondió Fran con otra pregunta mientras atraía a Stephanie y la abrazaba por detrás para que Ramiro lo entendiera.
—¿Lo que decía Nerea es verdad, la boda será mañana?
—Sí. —Respondió Stephanie con orgullo.
—Pensé que me estaba tomando el pelo, lo juro. —Ramiro no terminaba de creérselo.
—Las bromas son un modo de defensa más, como adelantarse a la ansiedad. —Fran desgranó a su hermana con dos frases y quiso equilibrar—. Como tú hacías con el picoteo de colibrí y tus flirteos con mujeres variadas.
—¿Picoteo de colibrí? —Ramiro se detuvo, desconcertado.
Hasta Stephanie se giró por curiosidad.
—¿Los colibríes no van de flor en flor? —Lo comentó como si esa obviedad fuera suficiente para soltar ese mal chiste.
Stephanie soltó una risa atropellada y Ramiro se echó la mano a la frente con una palmada.
—¡Qué chiste tan malo, tío! —Ramiro se recompuso—. Es casi tan malo como los de tu hermana. —Miró a Stephanie—. Aunque haya gente a la que le gustan.
Ramiro ya estaba preparado y tardaron poco en volver al coche para visitar a la familia.
Cuarenta minutos más tarde y estaban delante de la puerta principal de la casa de los tíos de Fran.
Fran llamó a Nerea, y llegó tres minutos más tarde.
Nerea apareció deslumbrante, con el cabello recogido, por un lado, y una chaqueta de pelo de color yema de huevo. Un mono naranja con escote palabra de honor, y tacones y bolso de color cuero completaban el conjunto. Comparado con el atuendo de Stephanie, el de Nerea brillaba con luz propia.
Celia sujetaba a Águeda para mantenerse en pie y llamó al timbre.
Nerea se puso a gesticular delante de Ramiro, que se había quedado petrificado mirándola; y mirando a Fran, preguntó:
—¿Pero a este qué le pasa?