Contradicción

Sesenta: ¿Por qué ahora?

Eva miró a Fran, con algo de contrariedad bajo su condescendencia.
—¿A Nerea le gustan los capullos?
Stephanie se rio de la ocurrencia de Eva.
—A Nerea le gusta ese capullo, solo él. —Respondió Fran.
Eva ladeó algo la cabeza y concluyó:
—Al menos es guapo. —Y se fue con su madre.
Fran y Stephanie se acercaron a la zona del porche trasero donde estaban Nerea y Ramiro.
—Tienes el visto bueno de la más exigente de la familia. —Fran intentó bromearle a su amigo con algo que en realidad no lo era tanto.
—Eso es bueno —Ramiro se miró la mano y realizó el gesto de limpiarse las uñas en el pecho y sonrió con inocencia—, creo yo.
Se acercaron un poco donde esperaban los mayores, Patricia se había sentado junto a Águeda y al otro lado estaba Eva.
Enric cargaba en brazos a un niño de unos tres años, de cabello y ojos castaños. Mientras, Pedro y Julio charlaban distendidos sobre los hijos de Patricia.
—¿Dónde están mamá y la tía? —Preguntó Patricia a Enric.
—Creo que se están poniendo al día en la cocina. —Enric se encogió de hombros.
Patricia se levantó y acudió con Celia y Marta. Enric aprovechó para sentarse en el lugar de su mujer.
Aun en la intimidad que les daba el porche, Nerea seguía dándole vueltas.
—¿Fran te ha dicho algo de mi ombligo? —Estaba algo reticente.
—¡A mí que me registren! —Fran se sacudió la acusación de chivato—. ¡Yo no tenía ni idea de que aún lo llevabas!
—Mira, Nerea, entiendo que creas que algo como eso es demasiado personal —Ramiro señalaba la cajita con el piercing dentro—, pero ha sido un regalo, porque quiero que sepas lo mucho que me importas.
Nerea se relajó y pudo expresarse de manera natural.
—Pues te agradezco el gesto, aunque es un regalo raro para darle a la hermana de tu mejor amigo. —Nerea sonreía con inocencia y comprensión, pero sin picardía.
Fran y Stephanie miraban expectantes a Ramiro, y Fran afirmaba muy despacio, como si eso incitara a decir lo correcto, aunque su amigo no le prestara atención.
—En eso discrepo, Nerea.
—¿Disculpa? —Nerea se ofendió.
—Es un regalo que se entrega a la persona que quieres; a esa persona que observas con cariño, y a la que amas sin reservas. Es un obsequio de alguien que simplemente quiere que crezcas desde el amor más absoluto y absurdo que puedas imagi…
Nerea se lanzó a besarle, con el propósito de callarle.
—¿No podías dejar que me desenamorara despacio mientras te veía en el día a día? —Soltó mientras sus pupilas grises, al borde del llanto, no paraban de titubear entre los ojos de Ramiro—. ¿Por qué ahora me dices esto?
—¡Espera! —Ramiro había agarrado las manos de Nerea y contenía el aliento, incrédulo—. Dijiste que ya no; oí de tu propia voz que ya no estabas enamorada de mí. —Ramiro, dubitativo, empezaba a mostrar su voz quebrada—. Si lo hubiera sabido, no me hubiera atrevido a decir na…
Nerea le volvió a callar de la misma manera.
—¡La madre que te parió, Ramiro! ¿Quieres dejar de divagar y responder a mi pregunta?
—¿A cuál de todas? Me has hecho varias. —Ramiro hipó una risa desviando la mirada.
—¡Pero mira que eres capu…!
Esta vez fue Ramiro quien calló a Nerea con un beso largo, profundo e intenso.
—Morena. —Pidió Fran.
—Dime, my blondie. —Contestó Stephanie.
—¿Tú crees que se habrá aclarado todo?
—¿Ellos? —Stephanie soltó sus cascabeles al reír—, of course!
Fran y Stephanie corrieron la poca cortina que les había dejado ver aquel espectáculo y se incorporaron a la conversación de los mayores.
—Rubén, tienes que cantarle al tío de mamá la canción que te enseñó. —Le pidió Enric a su hijo.
—¡No! —El pequeño Rubén se cruzó de brazos.
—A mí no me cuesta nada hacerlo por él, papá. —Respondió Eva con mucha desgana.
—¡Eva, Eva! —Rubén extendía los brazos hacia su hermana para que ella le sentara encima de ella.
La niña cogió a su hermano y le sentó en su regazo, abrazándolo por detrás como en una silla de automóvil.
—A mí no me importa, Julio. —Se disculpó Pedro—. Seguro que es porque no me conocen lo suficiente.
—Eva también canta muy bien, pero tiene una afición por el hard-rock que es difícil de entender para alguien de su edad. —Enric explicó como pudo el curioso gusto musical de su hija.
—¡Rooooock! —Eva levantó una mano con los dedos índice y meñique extendidos.
Eva y Rubén empezaron a mover la cabeza como si siguieran el ritmo de algo inexistente.
—Cool! —Stephanie se acercó a Eva y le acarició el hombro en compañerismo—. A mí me gusta Queen, Freddie Mercury.
—Prefiero Mägo de Oz, pero gracias, prima. ¿Te puedo llamar prima ya? —Eva miraba con curiosidad a Stephanie.
—Sí. —Stephanie se agachó a besar a la niña en el pelo.
Marta y Celia entraron en el salón con una bandeja de jamón serrano y queso curado en lonchas.
—Ya sé que es la una del mediodía, pero la lasaña va a tardar en salir. —Se excusó Marta.
—Tu lasaña siempre triunfa, mamá, por eso no te preocupes. —Comentó Patricia al entrar tras ella con una botella de mosto blanco y otra de agua.
Celia y Marta tomaron una silla de la mesa y se unieron al corrillo, mientras Patricia se colocaba junto Fran para estar cerca de sus hijos.
—Me gustaría ser yo quien te lo ponga, si me dejas. —Se oyó a Ramiro decirle a Nerea mientras entraban al salón.
—Tendrá que ser en tu casa, entonces. —Reía Nerea con un tono meloso, demasiado nuevo en ella.
Entraron abrazados, con el brazo de Ramiro sobre los hombros de Nerea, y ella agarraba la cintura de él.
—¿Ya estamos todos juntos? —Desvió Fran la atención hacia él, tomó de la mano a Stephanie y rodeó el grupo hasta un hueco entre la butaca y una de las sillas.




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