Todos observaban cómo Fran le tomaba a Stephanie de las manos y se las besaba con cariño; y cómo, a continuación, se agachaba para poner una rodilla en el suelo y sacaba una pequeña cajita de su bolsillo.
—¿Te casarías conmigo? —Fran abrió la pequeña caja que contenía dos anillos en vez de uno.
Stephanie sabía que Fran lo iba a hacer; lo que no sabía era cuan bonitos eran esos anillos a juego.
—¡Sí, mañana! —Contestó al ponerse su anillo de peridotos ovalados.
Fran se puso en pie, con la caja aún abierta, y Stephanie cogió el otro anillo, que puso en el anular izquierdo de él.
Se fundieron en un beso y todos aplaudieron.
—¡Ya era hora, Francisco, leche! —Águeda rompió el silencio.
Ahora ella era el centro de atención.
—¿Abuela? —Se sorprendió Fran.
—¡Ya tienes treinta años encima, jolines! —La mujer quería levantarse, pero Enric, sentado al lado suyo, y Patricia, de pie, detrás, la frenaron.
—Pero si me has visto llegar con ella, abuela. —Replicó Fran con diversión.
—¡Yo quiero que mis hijas vean a sus hijos casarse, y antes de que yo me muera! —Águeda soltó un reproche que no sonó como tal.
Fran besó a Stephanie en la mejilla y cruzó una mirada fugaz con Nerea y Ramiro, que imitaban su postura. Sonrió.
—¡Dicho y hecho! —Se separó de Stephanie y la dio una vuelta de baile para volver a la misma postura—. Mañana mismo nos casamos, solo por lo civil, que conste.
Toda la familia estaba muy sorprendida. Nerea sonreía satisfecha y soltaba alguna pequeña carcajada mientras Ramiro hundía la frente en su hombro.
—Es verdad que mañana se casa, pensé que me estaba tomando el pelo. —Sonó levemente, con la voz apagada por el pelo de la chaqueta de Nerea.
—Yo estaba presente cuando Evan Osborne lo propuso, y lo cierto es que tendrá que organizar poco, porque lo celebra todo en su casa y solo con la familia. —Nerea lo dijo para Ramiro, pero con el tono para que todos lo escucharan.
—¿Mañana? —Preguntó Pedro—. ¡No da tiempo a comprar nada, ni atuendos, ni regalos!
—Eso déjalo para cuando se celebre la ceremonia con su parafernalia y en una iglesia, papá. —Puntualizó Fran.
—¿Puedo pedir una cosa? —Interrumpió Stephanie.
Nerea se enderezó, Ramiro sacó la cara del pelo de la chaqueta de su novia, incluso Eva y Rubén, que estaban jugando con sus dedos, cesaron para mirarla.
—Adelante, guapa; y bienvenida a la familia. —Respondió Celia.
Abrumada por la atención repentina, se ruborizó un poco.
—Solo vamos a estar con las familias, con llevar algo como lo de hoy sería suficiente —Se empezó a poner nerviosa, retorciendo un anillo que no era suyo—; pero para la boda en la iglesia, queríamos pedir un detalle verde en todos.
Stephanie mostró la corbata de Fran como ejemplo.
—Será un detalle mínimo, una flor, una horquilla, un pañuelo en la solapa, ¡Algo simbólico! —Prosiguió Fran con la explicación—. Es para separar simbólicamente nuestra boda, de la boda de Evan Osborne, porque siendo un personaje público…
—¿Teme que algún paparazzi se cuele? —Nerea lo entendió a la primera—, ¡Nosotros os guardamos el secreto! ¿Verdad? —Preguntó a la sala en general.
Todos estuvieron de acuerdo.
El grupo se fue acoplando en distintas conversaciones inmediatamente después, aunque Stephanie aún tenía un asunto pendiente y ella y Fran se acercaron a Águeda.
—Disculpe, Águeda, ¿Puedo llamarla abuela?
—¡Es que como no lo hagas, sí que me enfado!
—Creo que esto es suyo —Stephanie se quitó el anillo que llevaba desde el jueves y se lo entregó—; no me corresponde a mí tenerlo.
Las manos aciagas de Águeda arroparon las manos tersas y oscuras de Stephanie.
—Este anillo representaba el amor que yo sentía por mi difunto esposo, nada me complacería más que un amor tan bello como el vuestro lo custodiara.
—Y si así lo deseas, así se hará, abuela; pero nosotros ya tenemos el nuestro, y te corresponde a ti cuidar de ese amor hasta que te vayas. —Le dijo Fran con un inmenso cariño.
—Mejor tarde que pronto, doña Águeda. —Parafraseó Ramiro por detrás de Fran.
La mujer se inclinó para mirar quién le hablaba.
—¡La madre que te parió, muchacho! —Águeda frunció el ceño mirando a Ramiro—. Os habéis hecho de rogar, ¡Cojones!
—¿Abuela? —Nerea se hizo la ofendida.
—¿Te crees que no me di cuenta de que estabas loca por este esmirriado desde los dieciocho?
—¿Dieciocho? —Entonó Fran en un hilo de voz que solo Stephanie oyó mientras la abuela seguía reprochándole a la nueva pareja.
—A ver, abuela, esmirriado, no está, tiene sus musculitos. —Nerea se quejaba con diversión mientras le metía la mano por debajo de la camisa a Ramiro para tocarle los abdominales, provocándole una vergüenza súbita.
—Y tú, Ramiro, ¿Tardas siete años en empezar a salir con mi nieta?, ¿No te da vergüenza ser tan tonto?
—¡Joder, no se calla ni una!
—Tengo noventa y cinco años y no me queda tiempo para andar por las ramas explicando cosas, ¡Lo digo y punto!
Eva acudió a interrumpir la regañina.
—Bisabuela, la comida ya está hecha.
—Siempre me gustó como hace Marta la pasta en el horno, ¡tan sabrosa!
Entre Fran y Ramiro ayudaron a Águeda a levantarse, y luego la mujer pudo caminar con soltura aunque arrastraba los pies.
Todos se sentaron a la mesa y comieron con gusto la lasaña de Marta. Pasaron la tarde entre bromas y chascarrillos, y cuando ya caía el sol, se despidieron.
—¡Mañana os espero a todos en esa dirección! —Gritó Fran desde su coche—. Id guapos, sin más.
—¡Hasta mañana!
Ramiro se montó en el mismo coche que Nerea, junto a Pedro, Celia y Águeda. El coche iba completo. Habían acordado que les llevaba a su casa y luego la nueva pareja dormirían juntos en el apartamento alquilado.
Fran miró alejarse al coche donde sus padres iban, y pensando en su hermana, solo pudo comentar.
—Dormir, precisamente dormir, no creo que lo hagan.