Contradicción

Sesenta y dos: ¿Nos casamos?

Se montaron en el coche, de vuelta al apartamento de Stephanie, en la zona oeste del barrio Salamanca, en Madrid.
—¿Por qué habrá dicho la abuela dieciocho? Nerea estaba a punto de cumplir los quince cuando empecé la universidad.
—Quizás antes solo era cadama… —Stephanie frunció los labios, intentando buscar la palabra exacta y decirla también correctamente— ¡camaradería!
—Amigos, puede, y eso explicaría por qué no se ha dado cuenta Ramiro en todos estos años de lo que sentía por Nerea, porque su sentimiento mutó.
—Y ninguno lo vio. —Se lamentó Stephanie por empatía.
—Yo tampoco. —Fran torció la boca, encogiéndose de hombros.
—¿Has hablado con Evan lo del color manzana? —Curioseó Fran.
—Sé qué color escogería Avery, el verde turquesa; como sus ojos.
—¿Te basta con los ojos, Fani? —Reía Fran, con la vista puesta en el asfalto de la M405—. ¿Yo sería el azul turquesa? Porque tus ojos son del color de la arcilla.
—El color de los anillos, ¿Por qué escogiste esas piedras?
—Porque es nuestro color favorito. —Fran no se lo pensó mucho.
—Estás seguro, es bueno saberlo. —Afirmó Stephanie.
—Sé que como soy rubio y de ojos azules, vestir de verde claro no es algo que dé buena impresión, pero siempre llevo algo. Me he acostumbrado a llevar las llaves con algo verde.
Sin soltar el volante, Fran estiró el meñique derecho para intentar señalar el contacto.
—¿Una manzana de caucho? —Stephanie sonrió en una gran sorpresa—. It’s so cute!
—Aquí donde me ves, soy más dulce de lo que aparento. —Intentó presumir, pero incluso eso le salió dulcificado.
—Manzana, aguacate, pistachos… —Stephanie soltó una carcajada entre dientes; pretendía gastarle una broma y ella sola se delató— y el Stefran también es verde.
—¡Ejem! —Fran se sonrojó, ¿por qué esa palabra le parecía tan encantadora dicha por ella?— Mañana llevaremos a Frederick al aeropuerto, ¿cierto?
—¡Sí! —Stephanie se mordió el labio al ver que ya estaban llegando a su casa.
Esta vez tardaron un poco más de lo habitual en encontrar aparcamiento, pero les dio igual.
Cogieron los bártulos de Fran del maletero del coche y entraron pletóricos por el portal.
—Ya no saldré con el mismo traje que con el que entré. —Fran estaba feliz—. Adoro dar este paso contigo.
Stephanie, que le daba la mano, tiró de él.
—With me? —Ella sonreía dichosa.
—Everywere. —Respondió al besarla.
Llegaron a casa; se pusieron a cantar lo que podían, y una de las canciones era con la que Stephanie se deshizo en brazos de Fran, la primera vez que unieron sus cuerpos como ya estaban sus almas.
—Dos extraños bailando bajo la luna… —Entonaban ambos, a coro, con la voz de Melendi en el hilo musical de la casa—… Se convierten en amantes al compás…
Fran le tomó la cara con ambas manos y la besó.
—Que algunos llaman destino, y otros prefieren llamar casualidad. —Fran entonó el último verso de la canción según el hilo musical.
El beso se transformó en necesidad física. Llegaron a la habitación y dejaron de lado los pocos miedos que les quedaban.
Amaban a la persona que les amaba y una pequeña alianza de color blanco con piedras verdes lo demostraba ante los demás.
Se despertaron abrazados bajo las sábanas y su ritmo cardíaco ya latía como un solo corazón.
—Hay que ir a por tu hermano, en casa de tu primo.
—No está lejos. —Comentó Stephanie al levantarse.
—Aún no ha dicho nada de que nos casemos, ¿Le molestó o le hizo gracia que yo fuese tan blanco?
—Fran, yo te amo a ti, que digan lo que quieran. —Stephanie se vistió con un chándal verde lima y un suéter de cuello de camisa de color amarillo.
Fran se puso un pantalón negro, su camisa de color mimosa y una chaqueta gris y verde a rayas que guardaba al fondo del armario.
Colocaron con cuidado el resto de la indumentaria para la boda en la mitad de la parte trasera del coche y a las nueve estaban recogiendo a Frederick en casa de Evan.
Llegaron rápido a Barajas y los hermanos salieron antes de que Fran siquiera apagara el motor.
Fran salió tras Stephanie del coche y abrió el maletero para darle a Frederick su maleta.
Ella se acercó a su hermano y no dudó en abrazarle.
I love you, Frederick.
I missed you, Stephy.
Frederick se enderezó y tomó su maleta.
—Gracias por confiar en mí —Fran mostraba seriedad, pero sobre todo transmitía calma—, está en buenas manos.
Frederick afirmó con la cabeza y se dirigió a la puerta de embarque para regresar a América. Pero a los dos metros dejó de caminar y extrañó a la pareja.
Se volteó, sin más, y les miró con comprensión. Mostró una sonrisa pequeña, pero llena de amor.
Frederick se puso una mano en el pecho y se inclinó, haciendo una reverencia hacia su hermana y su prometido.
—Yo os bendigo. —Dijo.
Al enderezarse, su sonrisa era más amplia, y su mirada, más amable, también estaba llena de amor.
Se dio la vuelta y prosiguió su camino; alejándose de ellos para montar en el avión de vuelta a Nueva Orleans.
Fran y Stephanie se miraron con un sentimiento de paz como colofón a su amor.
—I love you. —Se admitieron a la vez, fundiéndose en un beso.
Con Frederick en el embarque, ellos tenían un último paso que dar, casarse.
Fran levantó la mano entrelazada y que tenía sobre los hombros de Stephanie para mirar su reloj.
—Ahora solo queda ir a la boda. —Intentó que quedará casual, pero su felicidad era desbordante.
Stephanie reía con esos cascabeles que tanto le gustaban a Fran.
—Sí, nuestra boda.
—Cierto, que nos espera la otra pareja para casarnos juntos. —Fran sonreía al hablar.
—Mi primo Evan y Avery no sé enfadarán, ¿Verdad?
—Si se enfadan, ¡que se casen ellos primero, y punto!
—¡No seas travieso!
—¡Total! Si nosotros ya hicimos los votos, el día que nos conocimos…
Ambos caminaban juntos. Se dirigían hacia su nueva vida, un destino compartido como marido y mujer.
El destino que querían juntos.
El destino que escogieron.
El destino que funciona.




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