Contrato con la esposa equivocada

Capítulo 1: Lana

Muevo la cabeza mientras las náuseas amenazan con dominarme, pero consigo controlarlas. Definitivamente no volveré a aceptar un "último chupito". Ese último siempre termina teniendo varios hermanos.

¿Cuánto bebí anoche? No lo recuerdo. Debió de ser bastante, porque rara vez tengo resaca. Aunque, pensándolo bien, estaba celebrando mi cumpleaños número treinta, así que cualquier exceso tiene una explicación razonable. Solo espero que Ryan haya despertado igual o peor que yo. Sería muy injusto que él estuviera desayunando tranquilo mientras yo siento que me atropelló un camión.

Abro los ojos por completo, forzándolos para conseguir enfocar la vista. El techo blanco tarda unos segundos en dejar de verse borroso y, cuando giro apenas la cabeza, descubro que las paredes, las cortinas y los muebles comparten el mismo tono estéril.

Frunzo el ceño al encontrarme con una mujer rubia vestida de enfermera que me observa con evidente preocupación.

—Señora, ha despertado.

—¿Señora? Apenas cumplí treinta y ya me llaman señora. Qué horror.

Me llevo una mano a la frente, esperando encontrar el dolor habitual de una resaca monumental.

—Iré por el médico.

¿Médico?

Me incorporo despacio y confirmo lo que mi cerebro empieza a aceptar. Estoy en una habitación de hospital.

¿Acaso terminé en coma alcohólico o tuvieron que hacerme un lavado de estómago? Porque, si la fiesta acabó conmigo en un hospital, más vale que alguien haya tomado fotografías. Necesito pruebas de que al menos fue una buena celebración. No bebí tanto como para que eso pasara... Bueno, eso creo.

Lo último que recuerdo es brindar con Ryan y vaciar un chupito de un trago.

La puerta se abre y entra un hombre con bata blanca, seguido por otro de traje elegante. Mi atención se desvía hacia él de inmediato. Tiene el rostro extrañamente familiar y la sensación de haberlo visto antes me provoca una ligera incomodidad. Intento ubicarlo en algún recuerdo, pero no encuentro nada.

El médico se acerca hasta la cama mientras revisa los monitores.

—¿Cómo se encuentra?

—¿Me hicieron un lavado de estómago? —pregunto.

El doctor niega con la cabeza.

—¿Por qué haríamos eso?

—Entonces, ¿por qué estoy aquí?

—Sufriste un paro cardíaco en el trabajo. Tu asistente te trajo de urgencia y lograron reanimarte —responde el hombre de traje con absoluta tranquilidad.

Lo miro unos segundos y termino soltando una risa incrédula.

—¿Un paro cardíaco? Eso es imposible. Tengo buena salud. Mi corazón todavía debería estar en garantía. ¿De qué asistente hablas? Yo no tengo una asistente. Ojalá la tuviera.

El hombre dirige la vista al médico.

—Doctor, ¿ya revisó la cabeza de mi esposa?

Abro los ojos de golpe.

—Doctor, estoy perfectamente bien. Mejor revise la cabeza de este hombre, porque si entró en esta habitación debe de estar desesperado por encontrar a su esposa.

Aparto la sábana con intención de levantarme, pero el médico me detiene apoyando una mano sobre mi brazo. El hombre de traje da un paso hacia la cama.

—Lana, quédate quieta.

Levanto la cabeza para observarlo otra vez.

—¿Cómo sabes mi nombre? ¿De dónde me conoces? —Lo señalo con un dedo mientras intento encontrar una respuesta en su rostro—. Estoy segura de haberte visto antes, pero no logro recordarlo.

—¿Tiene amnesia? —pregunta él, volviéndose hacia el médico.

—Es posible. La resonancia salió bien y no presenta lesiones cerebrales. Puede tratarse de una amnesia provocada por un trauma o por un nivel de estrés extremo. Todo apunta a un origen psicológico.

—Ha estado muy estresada durante los últimos meses.

Paso la mirada de uno al otro.

—Ya basta los dos. No tengo amnesia. Sé perfectamente quién soy, dónde vivo y a qué me dedico. Tú ve a buscar a tu esposa y usted, doctor, deje de mirarme de esa manera porque no me inspira ninguna confianza.

El hombre suspira antes de responder.

—Tú eres mi esposa. —dice el hombre de traje.

Parpadeo varias veces.

—¿Qué?

—Eres mi esposa. —repite.

—Eso es imposible. No tengo esposo, tampoco novio y ni siquiera un pretendiente medio decente—me llevo una mano al pecho al sentir que una idea absurda atraviesa mi cabeza—. Espera... ¿Nos casamos sin conocernos por culpa del alcohol? Podemos anular el matrimonio... aunque antes necesito saber una cosa. ¿Lo consumamos? Porque, si además de casarme borracha tuve luna de miel y ni siquiera la recuerdo, necesito replantearme seriamente mi relación con el alcohol.

El hombre cierra los ojos durante un instante.

—Doctor...

El médico termina de revisar mi pulso y asiente.

—Me comunicaré con el psicólogo del hospital y repetiremos algunas pruebas. Mientras tanto, su esposa no puede recibir el alta.




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