Miro por la ventana mientras espero que mi suegra llegue del hospital con Lana después de recibir el alta, sin saber qué voy a encontrar cuando cruce esa puerta. No recuerda su vida, nuestra relación ni a nuestro hijo, pero habla de ciertos momentos con la naturalidad de quien los escuchó de otra persona. Hasta mencionó a una tal Sunny, una mujer que conoció en una tienda de ropa y con la que conversó durante un buen rato. La Lana que conozco apenas dirigía la palabra a alguien si no existía un motivo de por medio.
Desde que despertó tras el paro cardíaco, todo en ella resulta distinto. No solo olvidó quién era, también parece haber dejado atrás la manera en que enfrentaba el mundo.
El médico fue prudente al hablar del diagnóstico. Dijo que es posible que recupere la memoria, aunque también existe la posibilidad de que nunca lo haga. Además, recomendó que continúe el tratamiento con un psicólogo porque no descarta que el trauma haya provocado algo más complejo que una simple amnesia. Mencionó un posible trastorno disociativo y, desde entonces, no he dejado de leer sobre el tema.
Encontré teorías que explican que, después de un trauma extremo, la mente puede protegerse de distintas maneras. No sé si eso es lo que le ocurre a Lana ni si algún día lo sabremos con certeza, pero la mujer que viene en camino tiene la voz y el rostro de mi esposa. La Lana que conocí durante todos estos años, en cambio, podría no volver jamás.
No sé qué debería sentir ante esa idea. Nuestro matrimonio nunca fue malo, aunque tampoco feliz. Aprendimos a convivir respetando el espacio del otro. Desde afuera parecíamos una pareja estable, dedicada al trabajo y comprometida con la familia. Dentro de esta casa solo éramos dos personas que compartían un apellido, un hijo y una rutina perfectamente organizada.
El médico insistió en que no debemos presionarla. Necesita tiempo para adaptarse, familiarizarse con su entorno y reconstruir, poco a poco, aquello que pueda recuperar.
—Señor, ¿traigo al niño Oliver?
Me doy la vuelta al escuchar la voz de Mimi, la niñera, y niego con la cabeza.
—No. Déjalo en su habitación. Ya le expliqué lo que le ocurrió a su madre, pero prefiero que Lana tenga unos minutos para recorrer la casa antes de verlo. Todo le resultará extraño.
Ella asiente sin hacer preguntas.
Aunque Lana nunca fue una madre demostrativa y rara vez buscó pasar tiempo con Oliver, él siempre encontró alguna excusa para acercarse a ella. Un dibujo, una buena nota en la escuela o cualquier logro servía para intentar captar su atención.
Yo tampoco puedo decir que haya sido el padre que merece. Trabajo demasiado y muchas veces llego cuando ya está dormido. Al menos intento preguntarle cómo le fue en la escuela o hablo con Mimi para mantenerme al tanto de lo que sucede en su vida. No es suficiente y soy consciente de ello.
Oliver no es un mal niño. Tiene carácter, es inquieto y caprichoso cuando algo no sale como espera, pero nunca ha dejado de buscar el cariño de sus padres, aunque pocas veces lo encuentre.
—No se preocupe, señor Grey. Comprendo la situación.
El sonido de la puerta principal, seguido de la voz de mi suegra, llega desde el recibidor. Camino hasta la entrada y las encuentro quitándose los abrigos.
Saludo a Filomena con un leve movimiento de cabeza antes de fijarme en Lana. Permanece inmóvil unos segundos mientras recorre el vestíbulo con la mirada. Observa la escalera, los cuadros, el ventanal y la lámpara del techo con una curiosidad tranquila, sin rastro de reconocimiento.
—Hija, voy a prepararte un té que te hará bien. —Filomena gira hacia mí—. Paso a la cocina, Atlas.
—No hace falta. Puedo pedirle al ama de llaves que lo prepare.
Ella niega con suavidad.
—Prefiero hacerlo yo. Sabes que soy muy delicada con el té.
Asiento y la dejo marcharse.
Lana vuelve la vista hacia mí.
—¿Tenemos que vivir juntos?
La pregunta sale con tanta naturalidad que tardo un instante en responder.
—Sí. Ven. Te mostraré tu habitación y, cuando te instales un poco, podrás ver a Oliver.
Frunce apenas el ceño.
—¿Oliver? Cierto... mi hijo. ¿Le dijiste que tengo amnesia o que creen que tengo un trastorno de personalidad?
—Le expliqué que sufriste un accidente y que no recuerdas muchas cosas. No necesita más información por ahora.
—Buena decisión. Bastante tiene con descubrir que su madre volvió sin manual de instrucciones.
La observo un segundo. No esperaba que hiciera una broma sobre su propia situación.
Ella continúa caminando por el pasillo hasta entrar en el dormitorio. Recorre el lugar con la mirada, da una vuelta despacio y termina soltando el aire.
—¿Me castigaron o esta era mi habitación antes del accidente?
—Es tu habitación.
Hace una mueca.
—Entonces voy a tener que pedirle disculpas a mi yo anterior por decir esto, pero tenía un gusto espantoso.
No puedo evitar mirar alrededor. Nunca me había detenido a pensar en la decoración. Todo era funcional, ordenado y sin un solo objeto fuera de lugar.