Contrato con la esposa equivocada

Capítulo 4: Lana

Al abrir los ojos, durante un segundo creo que todo fue una pesadilla interminable y que desperté en mi propio cuerpo, en mi querido departamento, lista para preparar café antes de ir al trabajo. Sin embargo, apenas recorro la habitación con la mirada, la ilusión desaparece.

Suelto el aire con resignación mientras aparto las sábanas y me obligo a levantarme.

Está bien. Ya que no puedo despertar en mi antigua vida, al menos intentaré no convertirme en una amargada. Después de todo, mi esposo no es igual que Zion al principio, cuando trataba a Sunny con una frialdad capaz de congelar una habitación entera.

Atlas es un hombre serio y de pocas palabras. Desde que desperté en este cuerpo apenas lo he visto porque siempre está trabajando, pero las pocas veces que coincidimos siempre me preguntó si estaba bien, si necesitaba algo y hasta le pidió al ama de llaves que se encargara de atenderme en todo. Debo admitir que tener a alguien que limpie, cocine y hasta tienda la cama tiene bastantes ventajas, mucho más cuando esa persona es tan amable como la señora Hart.

El verdadero desafío de esta nueva vida no son las comodidades, sino aprender a convivir con Oliver.

Es un buen niño. Cada vez que me mira, da la impresión de querer acercarse, aunque todavía conserva cierta cautela. No sería justo culparlo. La Lana de este cuerpo nunca le prestó demasiada atención. Lo tuvo porque una empresaria con una familia perfecta proyectaba una imagen mucho más conveniente que una mujer soltera. Atlas, en cambio, sí lo quería y, cuando apareció el embarazo, ambos llegaron al acuerdo de casarse.

Nunca voy a entender a las personas que se casan por conveniencia o únicamente por un hijo.

Atlas y Lana apenas se conocían. Coincidían de vez en cuando en eventos de trabajo y seguían cada uno con su vida hasta que una noche bebieron más de la cuenta, dejaron que el momento decidiera por ellos y acordaron olvidar lo ocurrido. El problema fue que, unos meses después, apareció un embarazo imposible de ignorar.

Yo tampoco tuve completamente claro si quería ser madre. No porque no me gustaran los niños, sino porque siempre existió una parte de mí que temía terminar junto a alguien parecido a mi padre y obligar a un hijo a crecer con el mismo dolor que yo conocí.

Oliver no recibe golpes ni malos tratos, pero tampoco recibe el cariño que necesita. La niñera prácticamente lo ha criado desde que nació y eso también deja heridas.

Si el destino decidió ponerme en este cuerpo, aprovecharé la oportunidad para darle a Oliver la madre que nunca tuvo. Solo espero no cometer ninguna catástrofe durante el proceso.

Nunca cuidé de un niño y existe una posibilidad bastante alta de olvidar su mochila, ponerle la camiseta al revés o descubrir demasiado tarde que los pequeños tienen una habilidad extraordinaria para desaparecer en el preciso instante en que un adulto aparta la vista. Tampoco quiero terminar olvidándolo en alguna parte.

Con ese pensamiento salgo de la habitación y camino hasta el comedor.

Atlas sostiene una taza de café mientras habla por teléfono sobre algún asunto del trabajo, y apenas levanta la vista cuando entro. Frente a él, Oliver remueve la avena de su tazón con una expresión de absoluto descontento.

—No quiero avena, señora Hart.

—Pero, joven Oliver, es lo que suele desayunar y siempre le gusta.

El niño cruza los brazos y aparta el tazón unos centímetros.

—Pues hoy no quiero. Hazme otra cosa.

Frunzo ligeramente el ceño.

Qué raro. Ayer parecía un niño tranquilo y dulce, pero hoy está tratando a la señora Hart con una soberbia que no corresponde a su edad.

Busco la reacción de Atlas, aunque resulta inútil. Sigue completamente concentrado en la llamada. Hace un gesto con la mano mientras habla con alguien al otro lado del teléfono y, unos segundos después, incluso se pone de pie y se va sin dejar de conversar.

—Está bien —responde la señora Hart con la paciencia de quien ya vivió esa escena más de una vez—. ¿Qué le gustaría desayunar?

—Pancakes.

—Pero no puede durante la semana…

—No me importa. Tú no puedes decirme qué hacer porque yo soy el amo de esta casa y tú trabajas para mí. Mis padres te pagan el sueldo y ya viste que papá no dijo nada.

Aprieto los dedos alrededor del respaldo de una silla. Empiezo a entender qué ocurre.

Doy un paso al frente.

—Señora Hart, no prepare los pancakes. Si Oliver no quiere comer la avena, no hace falta que cocine otra cosa.

La mujer gira hacia mí con evidente sorpresa.

—Señora...

—Tal como dijo Oliver, él no es quien paga su sueldo.

Ella duda un instante antes de asentir.

—Muy bien.

Tomo asiento frente a Oliver. Él no aparta los ojos de mí, desconcertado, y tarda unos segundos en hablar.

—Mamá.

Me sirvo café mientras me doy cuenta de que se está refiriendo a mí. Todavía no me acostumbro a que alguien me llame así.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.