Contrato con la esposa equivocada

Capítulo 5: Atlas

Reviso los espacios disponibles para comprar y selecciono los que ofrecen mejores perspectivas de rentabilidad. Repaso informes, números y proyecciones hasta quedarme con las opciones que vale la pena evaluar con más detenimiento. Cuando termino, llamo a mi asistente y ella entra casi de inmediato, con la tableta en la mano y la atención puesta en mí.

—Alba, pospone el viaje del fin de semana. Coordínalo para cuando al dueño del hotel le resulte conveniente.

Ella frunce el ceño apenas un instante antes de anotar el cambio en la agenda electrónica.

—¿Qué excusa utilizo?

—Dile que mi esposa tuvo un accidente y necesito quedarme aquí.

Levanta la vista de golpe.

—Muy bien... —se aclara la garganta antes de continuar—. ¿Ella está bien?

—Sí. Solo necesita descanso.

Asiente despacio, aunque la duda permanece en su expresión.

—Ahora mismo me ocupo.

Da un paso hacia la puerta, pero la detengo antes de que salga. Se vuelve con una mezcla de curiosidad y cautela. No suelo prolongar conversaciones que no tengan relación con el trabajo.

—Tú estás casada y tienes un hijo, ¿verdad?

La sorpresa le dura apenas un segundo.

—Sí. Mi hijo ya tiene ocho años.

Hago un leve movimiento de cabeza.

—Trabajas muchas horas por mi culpa e imagino que tu esposo también. ¿Cómo hacen con la crianza?

Durante unos segundos me observa intentando averiguar si hablo en serio. No la culpo. En cinco años trabajando conmigo, jamás le he preguntado nada relacionado con su vida privada.

Finalmente sonríe con discreción.

—Mi esposo y yo creemos que lo importante no es la cantidad de tiempo, sino la calidad. Los dos trabajamos a jornada completa, así que procuramos estar presentes en los momentos que realmente importan. Cenamos juntos siempre que podemos, vamos a los actos del jardín, celebramos cada cumpleaños y, cuando estamos con él, dejamos el trabajo a un lado—hace una pausa breve y la sonrisa se le suaviza—. A veces pasa media hora contándonos que una hormiga llevaba una hoja enorme. Para un adulto puede parecer una tontería, pero para él es el acontecimiento más importante del día. Si nosotros no le prestamos atención, siente que lo que vive tampoco importa.

La escucho sin interrumpirla. Nunca había pensado en algo tan simple.

—Trabajas para mí desde hace cinco años. Recuerdo que estuviste un tiempo sin hacerlo antes de entrar aquí. ¿Fue por tu hijo?

Ella confirma con un movimiento de cabeza.

—Sí. Quise disfrutar del embarazo y de sus primeros años. Sabía que ese tiempo no iba a volver. Cuando empezó el jardín decidí regresar a trabajar. No fue por necesidad económica; también necesitaba recuperar una parte de mí.

—¿Y tu esposo participa?

Su sonrisa se ensancha con evidente orgullo.

—Por supuesto. Yo preparo el desayuno y él se encarga de la cena. Hay días en los que uno llega más cansado que el otro, así que nos cubrimos entre los dos. Nuestro hijo ya descubrió que, si pide un postre distinto, debe preguntárselo primero al menos estricto de la casa.

No puedo evitar preguntarlo.

—¿Y quién es el menos estricto?

—Depende del día. Cuando quiere un helado antes de cenar, soy yo. Cuando quiere llevar una de sus figuras de acción de plástico a la bañera, es su padre. El niño aprendió muy rápido a negociar.

Una risa baja escapa de sus labios y, contra toda lógica, termino esbozando una sonrisa casi imperceptible. Resulta curioso que un niño de ocho años sea capaz de dirigir una negociación doméstica con tanta eficacia.

—Entiendo.

Ella parece notar ese gesto porque su expresión se relaja.

—No es perfecto. Hay días en los que llegamos agotados y todo sale al revés. Nuestro hijo hace un berrinche, nosotros perdemos la paciencia y después terminamos pidiéndole perdón. Solo intentamos hacerlo lo mejor posible.

Sus palabras permanecen dando vueltas en mi cabeza.

Lo mejor posible.

Nunca me había preguntado si yo estaba haciendo siquiera eso.

—Gracias, Alba. Avísame cuando hables con el dueño del hotel.

—Claro.

Sale del despacho con la misma eficiencia de siempre y cierra la puerta con suavidad.

Permanezco sentado unos instantes, con la vista fija en la pantalla del ordenador sin leer una sola cifra. Los informes siguen abiertos frente a mí, pero mi atención ya no está allí. Por primera vez en mucho tiempo, una conversación ajena al trabajo consigue desplazar cualquier asunto relacionado con negocios.

¿Lo mejor posible?

Durante años estuve convencido de que cumplir con mis responsabilidades consistía en asegurar estabilidad, un buen hogar y todas las comodidades que una familia pudiera necesitar. Nunca me detuve a pensar si eso bastaba.

Cuando acepté casarme con Lana, la decisión me pareció la más lógica. Oliver crecería con un padre y una madre bajo el mismo techo, habría respeto entre nosotros y evitaríamos los conflictos que suelen aparecer cuando una relación depende de sentimientos que cambian con el tiempo. Ella obtenía lo que necesitaba, yo también, y ambos conservábamos la independencia suficiente para vivir sin interferir en la vida del otro. Nunca fue un matrimonio basado en el amor y ninguno de los dos esperó que lo fuera.




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