Contrato con la esposa equivocada

Capítulo 7: Atlas

Oliver y yo estamos de pie uno al lado del otro observando a Lana.

¿Qué está haciendo en el jardín?

—¿Qué hace mamá, papá?

Niego con la cabeza.

—No lo sé.

—¿Por qué viste como si fuera a ir a la guerra?

—No tengo idea.

Tal vez su problema mental empeoró y ahora piensa que se viene el fin del mundo o se cree que es un soldado.

Doy un paso al frente, dispuesto a preguntar qué sucede, pero ella se da cuenta de nuestra presencia y se acerca con una sonrisa.

—Ya están los dos aquí.

Cruzo los brazos.

—¿Qué estás planeando?

Ella alza las manos.

—Un campamento. ¿No es obvio?

—¿Y la tienda? —pregunta Oliver.

Ella señala una tela esparcida en un costado del jardín.

—Por allá… Bueno, será una cuando esté armada. Intenté hacerlo, pero no me funcionó, así que decidí que podíamos hacerlo juntos.

Oliver y yo nos miramos.

—¿Sabes cómo armar una tienda, papá?

—No. Nunca fui de campamento.

Miramos a Lana, que tiene el ceño fruncido.

—¿Nunca han ido de campamento?

Los dos negamos con la cabeza.

—Bueno, yo los ayudo con eso. No armé tiendas antes, pero me gusta acampar.

Frunzo el ceño.

—¿Acampabas? ¿Ya recordaste algo?

Ella se queda callada un momento y me mira como si le hubiera dicho algo que no debía.

Aunque no me interioricé mucho en la vida de ella, dudo que haya ido de campamento alguna vez. Su madre solía decir que desde pequeña Lana tenía el objetivo de convertirse en una importante empresaria y estudiaba mucho. No socializaba con casi nadie porque su prioridad era ir a la mejor universidad y graduarse con honores. Sin embargo, pudo haber ido.

—¿Qué? No. No he ido a campamentos, pero sí he visto videos. Los he estado viendo estos días para hacer un buen campamento.

Oliver da un paso adelante y toca la pierna de su madre.

—¿Y qué se hace en un campamento, mamá?

—La idea era ir a un bosque o algún lugar lleno de naturaleza, pero luego pensé en los mosquitos, en que todavía no es verano y en que ustedes no están muy adaptados a vivir fuera de la civilización, así que mejor nos quedamos seguros aquí. Jugaremos, exploraremos con linternas, asaremos malvaviscos junto al fuego, cantaremos canciones y observaremos las estrellas. ¿Qué tal?

—¿Tú vas a cantar? —pregunto.

Deja caer las manos.

—¿Bromeas? ¿Acaso quieres que los vecinos nos denuncien por disturbio o hacer sufrir a algún animal cercano con mi voz horrible? Por supuesto que no me importa y cantaré.

Miro el jardín y no me entusiasma mucho la idea de pasar el tiempo al aire libre.

Paso la mano por mi cabello y exhalo con fuerza.

—Mejor podríamos ir a un parque de diversiones o a algún lugar más divertido. ¿Qué piensas, Oli?

Él me mira y luego a Lana.

—Yo escojo lo que mamá quiera.

—¡Ese es mi hijo! —pega un salto, emocionada, luego lo abraza y llena de besos—. Yo sabía que no me abandonarías. Te prometo que nunca más te dejaré solo en ningún lado.

Oliver ríe y ante eso no tengo defensas.

Se supone que el objetivo del fin de semana es pasar tiempo con Oliver, intentar ser padres más presentes, por lo que, si es lo que Oliver quiere, debo aceptarlo.

Tal vez él se aburra en un rato y podamos hacer otra cosa.

—Veamos si podemos armar la tienda —sugiero.

No puede ser tan difícil armar una. Manejo una multinacional. Estoy acostumbrado a resolver problemas mucho más complicados que un montón de varillas y tela.

Al ponernos manos a la obra, descubro que armar una tienda de campaña es bastante más complicado de lo que debería. Las instrucciones de la caja no ayudan demasiado; parecen escritas para alguien que ya sabe cómo se arma la tienda y solo necesita confirmar que está haciendo lo correcto.

Lana sostiene una de las varillas mientras intento encajar otra en la unión correspondiente. Después de varios intentos, conseguimos unirlas, aunque una pieza queda sobresaliendo de un extremo y otra termina colgando de la tela sin que ninguno de los dos consiga determinar para qué sirve.

Oliver nos observa desde unos metros de distancia con la pelota entre las manos, cada vez menos convencido de que vayamos a conseguir que aquella estructura se mantenga en pie por sí sola.

—Practicaré con la pelota hasta que terminen de armar esto —dice mientras la recoge.

—¿Qué? No, debes ayudarnos —protesta Lana.

Oliver ya está retrocediendo, así que vuelvo a concentrarme en la estructura antes de que desaparezca.




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