Contrato con la esposa equivocada

Capítulo 8: Lana

Siento cómo me sube la temperatura corporal, y no ayuda en absoluto tener el pecho firme de Atlas debajo de mis manos.

¿Por qué tiene que ser tan guapo y oler tan bien? Sería mucho más sencillo no sentirme atraída por él si tuviera grasa abdominal, mal aliento o alguna otra imperfección que me permitiera mantener la distancia, pero no, el hombre parece empeñado en hacerme la vida difícil incluso cuando no está haciendo absolutamente nada.

Para empeorar las cosas, me está mirando los labios, y eso me hace preguntarme si acaso quiere besarme o si debería ser yo quien diera el primer paso. Después de todo, somos esposos, aunque nuestro matrimonio tenga más de contrato que de romance y ninguno de los dos haya hecho demasiado por convertirlo en una relación real.

—¡Mamá, papá!

Ambos nos sobresaltamos y nos apartamos de golpe, luchando por salir de esta estúpida tienda que decidió venirse abajo justo en el peor momento posible.

Cuando por fin conseguimos salir, nos encontramos con Oliver observándonos con una expresión de absoluta sorpresa, así que intento recuperar la compostura mientras me acomodo el cabello y procuro que no se note lo mucho que me ha afectado estar tan cerca de Atlas.

—Oli... —digo, fingiendo normalidad.

—¿Qué pasó?

Atlas se aclara la garganta antes de responder y evita mirarme durante un instante.

—Pasó que esta tienda vino fallada, así que no dormiremos en ella.

Oliver la mira, luego a nosotros y finalmente vuelve la vista hacia la casa.

—¿Dormiremos bajo las estrellas o en la cama?

Miro la casa y suspiro, agradecida por tener una solución que nos permita dejar atrás el desastre.

—Supongo que podemos dormir en la cama, por seguridad.

—¡Genial! —exclama, levantando su pequeño brazo—. ¿Podemos jugar?

—Sí, muéstrame cómo has mejorado con la pelota —dice Atlas.

Yo asiento y hago un gesto hacia el jardín.

—Vayan. Tengo que enviar un mensaje y voy enseguida.

Saco el celular y abro el grupo de amigas que tengo con Sunny y Jill. También existe otro grupo donde están Kevin, Zion, Kai y Ryan, aunque en realidad ya no estoy en ese grupo porque morí, pero tengo a mis amigas transmigradoras, y es mejor que un comité de hombres que probablemente convertiría cualquier problema sentimental en una competencia de testosterona con piernas.

Escribo rápidamente.

Lana: Acabo de caer encima de Atlas y mi cuerpo se encendió como hoguera. Necesito ayuda.

Pulso enviar y mis chicas no tardan en responder.

Jill: ¿Con ropa o sin ropa?

Lana: Con ropa, para mi mala suerte.

Sunny: Es tu esposo, déjate llevar. Tienen un hijo en común, así que aprovecha.

Enarco una ceja mientras leo el mensaje. No quiero enamorarme de él. El amor complica las cosas, exige tiempo, atención y demasiadas explicaciones, y yo no tengo ningún interés en añadir semejante problema a mi vida.

Me da igual que mis mejores amigas estén felices y casadas con los amores de su vida; yo prefiero el dinero, la libertad y no tener que darle cuentas a nadie.

Por algo mis relaciones han fracasado una detrás de otra. En cuanto siento que alguien empieza a ocupar demasiado espacio en mi vida, termino alejándome, y si la otra persona intenta acercarse todavía más, salgo corriendo. No me gusta sentirme atrapada y mucho menos depender emocionalmente de alguien, así que mi historial amoroso no es precisamente una colección de decisiones acertadas.

Con Atlas, sin embargo, existe un pequeño inconveniente, que no es un hombre al que pueda dejar y no volver a ver. Oliver está en medio, y yo ya decidí convertirme en su madre, lo que significa que tengo una responsabilidad con él hasta que cumpla al menos dieciocho años y yo esté segura de que va por buen camino. No puedo lanzarme sobre su padre, arrepentirme después y fingir que nunca pasó nada mientras seguimos desayunando juntos todos los días.

Pero Atlas tampoco parece ser de los hombres que se enamoran con facilidad. Seguramente tiene alguna mujer por ahí, aunque no sé quién podría soportar esa personalidad de bloque de hielo. Eso debería facilitarme las cosas.

Lana: Aunque lo considere, es él quien tiene que dar ese paso.

Jill: Toma el control tú. Bésalo y déjate llevar. Eres guapa y él es hombre.

Enarco una ceja.

Lana: Has cambiado mucho, Jill.

Sunny: No. Nosotras tenemos una regla: no perseguimos hombres, ellos nos persiguen.

Lana: La última vez que perseguí a uno, resultó ser gay. No confío en mis instintos.

Sunny: Hazte la ebria. Si él no te sigue el juego, finges no recordar nada.




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