Contrato con la esposa equivocada

Capítulo 9: Atlas

Me despierto sobresaltado y durante unos segundos miro la habitación sin entender qué me ha sacado del sueño. Cuando finalmente recupero la noción del lugar en el que estoy, paso una mano por mi cabello y me quedo sentado en la cama, intentando entender por qué tengo a Lana en la cabeza.

Hacía mucho tiempo que no sentía deseo por una mujer y ahora, de repente, lo siento por ella.

Lo más desconcertante es que Lana no es el tipo de mujer que llamaría mi atención a simple vista. La primera vez que la vi me gustaron su sonrisa y sus ojos, pero aquello nunca pasó de ahí. Cuando empecé a conocer su personalidad, cualquier atracción que pudiera haber sentido desapareció antes de tener oportunidad de convertirse en algo más. Era demasiado arrogante, fría y, sobre todo, demasiado poco interesada en tener a alguien a su lado.

Ni siquiera recuerdo bien cómo terminamos en la cama juntos. Aquella noche fue tan inesperada que, después de que Oliver nació, le hice una prueba de ADN. No porque creyera que Lana me hubiera mentido, pues nunca fue una mujer que necesitara a un hombre para sentirse completa y tampoco tenía motivos para engañarme, sino porque necesitaba asegurarme de que Oliver era mío.

Ahora, después de tantos años, me despierto pensando en ella y sintiendo un deseo que no sé de dónde salió.

Tal vez tenga que ver con que ahora parece una mujer diferente. El problema es que sé que no es realmente otra persona. Ha cambiado porque perdió sus recuerdos, pero esos recuerdos pueden regresar en cualquier momento y, con ellos, también podría regresar la Lana que conocí antes.

No tengo ninguna garantía de que la mujer que está descubriendo ahora su vida vaya a permanecer cuando recupere todo lo que perdió.

Me levanto de la cama y dejo de darle vueltas al asunto. Es domingo y anoche estuve hasta tarde viendo las estrellas con Oliver y Lana, contando historias y cantando. Todavía recuerdo la emoción de Oliver cada vez que conseguía reconocer una constelación y la forma en que Lana se reía cuando alguno de nosotros olvidaba una parte de la canción.

Mientras me ducho, descubro que estoy sonriendo y eso me hace pensar en la última vez que hice algo parecido.

No recuerdo haber pasado una noche así desde que era pequeño y mi abuelo me llevaba a acampar. Después de su muerte, mis padres nunca tuvieron demasiado interés en pasar tiempo al aire libre y, con los años, me acostumbré a hacer esas cosas solo. Dejé de esperar que alguien quisiera compartirlas conmigo y terminé concentrándome en los estudios y después en el trabajo.

No quiero que Oliver siga el mismo camino.

Termino de ducharme decidido a pasar más tiempo con él, no solo porque sea mi hijo y quiera ser un mejor padre, sino porque quiero darle recuerdos que pueda conservar cuando sea adulto. No quiero que se refugie únicamente en los estudios, que aprenda a vivir recluido para evitar llamar la atención y que termine convirtiéndose en un niño retraído que prefiera mantenerse al margen de todo para no convertirse en el blanco de las burlas. Sé demasiado bien lo que ocurre cuando uno aprende a vivir de esa manera.

Me visto y bajo las escaleras en busca de Lana, pero la encuentro en el jardín, sentada con una taza de café entre las manos. La luz del sol ilumina su cabello dorado y resalta su piel clara, y me sorprendo observándola durante más tiempo del necesario antes de apartar la mirada.

Trago saliva y entro en la cocina para servirme café, decidido a mantener la distancia que acordamos cuando nos casamos. Pasar tiempo los tres juntos por Oliver es una cosa, pero estar a solas con Lana es diferente y precisamente eso es lo que quiero evitar.

Ella dejó claro desde el principio que cada uno debía vivir su propia vida y que no estábamos obligados a socializar más allá de lo necesario. Incluso me dijo que podía ignorarla dentro de la casa y que no se ofendería.

Nuestro acuerdo funcionaba porque ninguno esperaba nada del otro, y no veo ninguna razón para cambiarlo solo porque ella ya no recuerde las reglas que establecimos.

El problema es que la mujer que está frente a mí tampoco parece tener intención de seguir esas reglas.

Me sirvo café y permanezco unos segundos en la cocina, intentando convencerme de que es mejor quedarme allí, pero termino saliendo al jardín. Ni siquiera sé qué esperaba encontrar al acercarme. Tal vez quería preguntarle si había dormido bien, aunque no recuerdo haber sentido antes la necesidad de saber algo tan insignificante sobre ella.

Tal vez me llama la atención verla sin el celular en la mano. Durante años, esa pantalla fue una barrera que facilitaba nuestra distancia, porque siempre había algo que revisar, un mensaje que responder o un asunto de trabajo que atender. Ahora está sentada tomando café y parece completamente tranquila.

Antes de decidir qué decirle, noto que no está sola. Oliver está sentado a su lado y conversa con ella con una naturalidad que me hace detenerme un momento antes de acercarme.

Me quedo observándolos hasta que Lana levanta la mirada y me descubre.

—Buenos días —dice, señalando la silla frente a ellos—. Siéntate a disfrutar del sol de la mañana.

—Sí, papá. Es bueno para el alma y el cuerpo. ¿Verdad, mamá?

Lana asiente con una sonrisa.




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