—¿Qué te tiene tan pensativo? —pregunta Karen.
La miro antes de responder, consciente de que llevo varios minutos observando el mismo punto de la mesa sin prestarle verdadera atención.
—Mi esposa.
Karen enarca una ceja y se inclina hacia atrás con una sonrisa que conozco demasiado bien. Hay algo en su expresión que me hace sospechar que acaba de encontrar una grieta en una conversación que hasta ahora había logrado mantener bajo control.
—Es la primera vez que te refieres a ella como tu esposa cuando hablamos en privado. Nunca tocamos ese tema.
—Desde que perdió la memoria ha cambiado mucho y no sé cómo lidiar con ella. Antes era fácil porque no había nada entre nosotros; cada uno hacía su vida y eso nos funcionaba. Ahora quiere que me involucre en la vida familiar y no tengo claro qué se supone que debo hacer con eso.
Karen cruza una pierna sobre la otra y me observa durante unos segundos, probablemente intentando decidir cuánto puede provocarme antes de que pierda la paciencia.
—Si ya no es esa arpía obsesionada con el trabajo, debería ser algo bueno, ¿no? Tú soñabas con formar una familia y terminaste enterrándote en el trabajo después de casarte con ella por puro sentido de responsabilidad.
—¿Acaso pretendes que convierta mi matrimonio de conveniencia en uno real?
Se encoge de hombros con una tranquilidad que me resulta irritante.
—Si ella te gusta y está dispuesta, ¿por qué no?
Sonrío porque, viniendo de Karen, esa respuesta era exactamente la que esperaba.
—No sé si me gusta ni si está dispuesta. Tampoco sé si su nueva personalidad es algo permanente o pasajero.
—Pues toma una decisión. Te divorcias y buscas a otra mujer o intentas darle una oportunidad a tu matrimonio.
—No lo sé.
Karen deja escapar un suspiro y se lleva una mano al cabello antes de tomar su teléfono de la mesa.
—Entonces déjame ir contigo a tu casa y yo misma la evalúo.
—No se va a acordar de ti.
—¿No se acuerda de nada?
—No, nada de nada.
—Eso sí que debe ser extraño —murmura, más para ella que para mí, antes de guardar el teléfono en el bolso—. Bueno, primo, vas a tener que tomar una decisión aunque no tengas certeza de cómo irá su memoria. Me voy porque tengo una cita.
—¿Con un hombre o una mujer?
Se ríe mientras se acomoda el bolso sobre el hombro.
—Esta vez con una mujer.
—¿Cuándo vas a sentar cabeza, Karen?
Levanta la mirada y me dedica una sonrisa descarada.
—Cuando conozca a alguien con quien quiera hacerlo. Estaré unos días más, así que invítame a comer a tu casa para evaluar a esta nueva Lana. Quiero verla.
Asiento, aunque todavía no estoy convencido de que llevar a Karen a mi casa sea una buena idea. Mi prima tiene una habilidad particular para involucrarse en asuntos que nadie le ha pedido que analice y, una vez que decide que algo merece su atención, conseguir que deje de opinar requiere una paciencia que pocas personas poseen.
Hace un saludo militar antes de darse la vuelta y marcharse.
Muchos no entienden cómo es que Karen y yo somos tan unidos siendo tan diferentes, y no solo en género. Para mí nunca ha sido complicado. Ella es sincera, dice lo que piensa y no se deja intimidar por nadie, ni siquiera cuando sabe que está metiéndose en terreno peligroso. Crecimos casi como hermanos y, aunque ella se fue a viajar por el mundo durante varios años, nunca perdimos el contacto. Puede pasar meses sin verme y, cuando volvemos a hablar, retoma la conversación exactamente donde la dejamos.
Me conoce demasiado bien, probablemente mejor de lo que me conviene, pero eso no significa que pueda seguir su consejo respecto a Lana.
No sé qué hacer.
Admito que este cambio de actitud ha despertado cierta atracción y bastante curiosidad en mí, pero eso no significa que quiera hacer algo al respecto. Al menos eso intento convencerme cada vez que me descubro prestándole atención a detalles que antes no me interesaban, desde la manera en que Lana se ríe hasta la facilidad con la que ahora busca mi compañía.
No he estado con una mujer desde hace bastante tiempo y mucho menos con Lana. Siempre he creído que la mente controla los impulsos y que quienes aseguran no poder pasar mucho tiempo sin intimidad suelen dedicar demasiada atención al asunto. Yo perdí el control una sola vez y fue la única noche que estuve con Lana, aunque todavía no recuerdo exactamente cómo ocurrió. Después de eso decidí que lo mejor era evitar que volviera a pasar, así que me mantuve tan ocupado que mi interés por las mujeres quedó relegado al último lugar de mi lista de prioridades.
Lana y yo acordamos que podíamos tener amantes mientras mantuviéramos las cosas en secreto, pero nunca sentí la necesidad de hacerlo. A la larga, una amante puede convertirse en un problema y a mí me gusta anticiparme a los problemas antes de que aparezcan.
No tengo energía para lidiar con una mujer despechada ni con alguien que no tenga claras sus intenciones. Y todos sabemos que las mujeres tienden a confundir las emociones. Los hombres también lo hacemos, pero, según mi experiencia, con bastante menos frecuencia.