Pensé que este evento escolar sería más divertido, pero llevo demasiado tiempo sentada detrás de esta mesa esperando que alguien se digne a comprar mis simples galletas. Claro que todos prefieren los muffins elaborados y los pasteles decorados con caras divertidas, porque aparentemente una galleta de chocolate no tiene suficiente personalidad para competir en una escuela llena de niños.
Acepté venir para involucrarme en las cosas de Oliver, aunque ahora empiezo a pensar que debí negarme. No sé qué se supone que debo hacer aquí, además de sonreírle a desconocidos y fingir que me interesa cuánto azúcar lleva cada pastel.
Tampoco ayuda que esté frustrada por lo ocurrido anoche con Atlas. Parecía querer besarme y, justo cuando pensé que finalmente iba a hacerlo, se apartó y huyó como si nada hubiera pasado. Si se hubiera acercado un poco más, nuestros labios se habrían encontrado, pero decidió detenerse.
Pensé que al acercarme un poco le daría el margen perfecto para entender que quería que me besara, porque estaba claro que él quería hacerlo. Entonces, ¿por qué se arrepintió? Tal vez se asustó. Tal vez recordó que, para él, yo sigo siendo su esposa después de cinco años viviendo vidas separadas y todo aquello le resultó demasiado; o quizás yo tenía mal aliento y yo no lo había notado.
Creo que prefiero pensar que fue lo último. Es mucho menos humillante.
Jill me aconsejó tener paciencia, porque Atlas todavía no sabe que la mujer que conoció como Lana se fue al infierno, al más allá o a donde sea que se haya ido.
Lo entiendo. De verdad que lo entiendo. El problema es que nadie parece entenderme a mí.
Yo también tengo que acostumbrarme a esta vida, a este esposo, al hijo y a todas las personas que parecen conocerme mejor de lo que yo misma me conozco. Tengo que sonreír mientras descubro que aparentemente fui una mujer bastante desagradable y, al mismo tiempo, fingir que no me molesta descubrir que mi esposo tiene una amante… Bueno, eso último sí me molesta mucho.
Está esa Karen, esa amante que me cae mal por una razón bastante sencilla, que puede tener a mi esposo y yo no. Anoche incluso percibí perfume de mujer cuando Atlas llegó a casa. Estuvo con ella y después tuvo el descaro de decirme que había estado ocupado con el trabajo.
Si me hubiera besado y hecho olvidar por un rato que tiene una amante, probablemente no estaría tan molesta con Karen, aunque sé perfectamente que ese razonamiento no tiene ningún sentido; en mi cabeza, sin embargo, parece bastante lógico, así que tengo todo el derecho a estar molesta.
—¡Lana Hayde! ¡Cuánto tiempo!
Levanto la mirada y encuentro a una pelirroja de pie frente a mi mesa, sonriéndome con demasiada confianza para alguien que claramente espera que yo sepa quién es.
Genial. Yo que estaba feliz porque apenas había hablado con alguien durante el evento. La otra Lana nunca venía a la escuela de Oliver y, por lo que he podido descubrir, Mimi es mucho más conocida que los padres.
—¿Nos conocemos?
La mujer suelta una risa y ladea la cabeza.
—¿Vas a fingir que no me conoces o todavía no me perdonas por haberte ganado en la clase de debate de la universidad?
Enarco una ceja mientras intento encontrar en mi memoria algún rostro que encaje con ella. No aparece absolutamente nada.
—No, lo siento. No te recuerdo. He participado en tantos debates que sería imposible recordar a todos.
Ella vuelve a reír.
—Está bien, te seguiré el juego.
—No sé de qué juego hablas, pero no estoy de humor para acertijos ni para lidiar con pelirrojas carentes de atención. ¿Quieres una galleta o ya puedes irte con tu hijo?
La sonrisa de la mujer desaparece durante unos segundos.
—¿Hijo? Yo no tengo hijos. Vine porque mi hermana tuvo que traer a su hija y me pidió que la ayudara—mira alrededor y después vuelve a mirarme—. ¿Tu hijo está aquí? —se tapa la boca con una mano—. Qué tonta. Había olvidado que por beber de más terminaste en la cama con alguien, te embarazaste y encima tuviste que casarte por las apariencias.
Siento que se me tensa la mandíbula. No tengo idea de quién es esta mujer, pero definitivamente necesito saber quién es y, sobre todo, qué demonios le hizo la antigua Lana para que me odie tanto.
Me pongo de pie, apoyo ambas manos sobre la mesa y la miro directamente.
—Pues salí ganando. Mi esposo es guapo, tiene unos abdominales de acero y me trata bien. Mi hijo es encantador, es el mejor de su clase y me adora. Eso me parece bastante mejor que ser una solterona resentida que necesita buscar una pelea de hace años con una antigua competidora para sentirse superior y justificar sus decisiones de vida—hago una pausa para tomar aire y mantengo la mirada sobre ella—. Así que puedes decirme lo que quieras. No me afecta porque soy feliz.
No sé cuánto conoce aquella mujer de la vida de la otra Lana y tampoco me importa. Si pretende atacarme utilizando su vida en mi contra, tendrá que hacerlo con información que yo ni siquiera tengo.
Su rostro se llena de ira.
—¿Ah, sí? Escuché por ahí que tu esposo no te ama y que tu hijo no te hace caso porque te la pasas trabajando. Aunque creo que ya ni siquiera tienes trabajo porque te despidieron.