Yo pensaba pasar un rato para cumplir con mi papel de padre y luego regresar a la oficina, pero no imaginaba que terminaría defendiendo a mi esposa y mucho menos que ella me besaría para poner en su lugar a otra mujer. Aquí estoy, fingiendo ser el padre y el esposo del año, mientras intento procesar lo que acaba de ocurrir.
Lana no ha dicho nada desde que me besó hace quince minutos, aunque con Oliver aquí es complicado hablar de lo sucedido. Nuestro hijo no hizo preguntas después de vernos besarnos, pero sí nos ha mirado varias veces, intentando disimular su curiosidad sin conseguirlo.
La maestra busca a Oliver para unos juegos y él se acerca a ella con una sonrisa, aunque antes de irse se vuelve hacia nosotros.
—No se vayan.
—Tranquilo, me quedaré hasta el final —responde Lana.
Oliver sonríe satisfecho y se va con la maestra. En cuanto deja de escucharse su voz, vuelvo mi atención hacia Lana.
—¿Quién era esa mujer con la que peleabas?
Lana me mira y sonríe.
—Según pude entender, era una compañera de la universidad con quien tenía algún tipo de rivalidad y ella no lo ha superado. No sé más porque no tengo recuerdos, así que tampoco sé si yo lo superé o no. Lo único que tengo claro es que me molestó que opinara sobre mí como si tuviera derecho a juzgarme—niega con la cabeza y se acomoda un mechón de cabello detrás de la oreja—. No sé cómo era yo antes, pero la Lana de ahora detesta eso. Esa pelirroja seguro es una amargada a la que le falta atención masculina.
—¿Tú crees?
—Sí, te miró como si fueras un filete a punto de degustar.
Niego con la cabeza, aunque una sonrisa amenaza con aparecer.
—¿Me besaste para dejar claro que solo tú puedes degustar este filete?
Lana baja la mirada por un instante antes de volver a mirarme.
—Eso fue... Bueno, no te creas mucho. Solo quería dejarle claro que las cosas no son como ella cree. Sería tonto decir que solo yo puedo degustarte cuando está claro que muchas otras mujeres lo han hecho más que yo.
Desvía la mirada y empieza a ordenar algunas cosas del puesto, aunque noto que sus movimientos son un poco más rápidos de lo necesario.
—¿Eso te molesta?
—Sé que nuestro matrimonio es complicado y que podemos estar con otras personas, pero espero que tengas mejor gusto que esa pelirroja arrastrada.
Nos detenemos en un puesto y busco su mirada.
—No me interesa ese tipo de mujer.
—Bien.
—Lana, yo...
Antes de poder decir algo, aparece una mujer preguntando por las galletas que vende Lana.
Mientras la observo atenderla, llevo una mano a mis labios y recuerdo el beso. Todavía puedo sentir la presión de los suyos y, peor aún, no puedo ignorar la reacción de mi propio cuerpo. Anoche estuve a punto de besarla. Quería hacerlo, pero pensé que eso complicaría todavía más las cosas. Ahora ella lo hizo primero y no sé qué hacer con todo lo que ese beso despertó en mí.
Mis emociones son un caos porque no sé qué es real y qué no lo es. Me siento atraído por mi esposa, una mujer a la que no consideraba realmente mi esposa hasta hace unas semanas, y esos sentimientos son nuevos para mí. No sé si estoy empezando a verla de una manera diferente o si simplemente me estoy dejando llevar por todos los cambios que han ocurrido desde su accidente, pero cada vez me resulta más difícil separar lo que pensaba de Lana de lo que estoy descubriendo ahora.
¿Y si hablo con ella para intentar estar juntos o conocernos de verdad? Es algo que nunca nos planteamos en cinco años y que yo tampoco quería plantear, pero ahora todo es diferente. Lana es diferente y ya es mi esposa.
Antes de la pérdida de memoria, había considerado hablar con Lana sobre el divorcio, no porque tuviera a otra mujer, sino porque ambos podríamos hacer nuestras vidas sin estar pendientes de hacer algo que pudiera dañar nuestra imagen. Nuestro matrimonio había sido una especie de acuerdo silencioso que funcionaba mientras ninguno exigiera demasiado del otro. Luego Lana sufrió el infarto y ahora parece otra persona.
No sé si deseo el divorcio o si quiero darnos una oportunidad. Tampoco sé si estoy preparado para aceptar que quizá la mujer que tengo delante es la esposa que nunca llegué a conocer, pero no tengo ninguna necesidad de tomar una decisión ahora. Puedo esperar, pasar más tiempo con ella y ver qué ocurre cuando esto deje de sentirse como una situación extraordinaria y empiece a convertirse en nuestra rutina.
La verdad es que me gusta esta Lana, mucho más de lo que esperaba, y empieza a costarme fingir que no me afecta.
Hoy vi cómo defendió a Oliver y también noté cómo él protegió a su madre. Sin dudas, el vínculo entre ellos se ha hecho fuerte en poco tiempo. No quiero arrebatarles eso ni tomar una decisión apresurada, así que puedo darle una oportunidad y descubrir qué ocurre si los dos dejamos de tratar nuestro matrimonio como una obligación y empezamos a conocernos de verdad.
—Nunca más acepto vender galletas. Mi fuerte es el marketing. Puedo ser buena vendedora, pero mis galletas compradas no pueden competir con las caseras llenas de cosas.