Contrato con letra chica

Capítulo 4: La Cláusula tiene nombre y apellido

Maëlys:

1:45 p.m. Sala 3.

El aire acondicionado está a 16°C porque Clarisse insiste en que el frío congela los chismes. Spoiler: no funciona. Aquí seguimos hablando más que en una cena de Navidad.

En la mesa: yo, Maël, Clarisse con su libreta de cuero titulada Incidentes 2024 (seguro que mi nombre ya ocupa dos páginas), y una pantalla gigante donde parpadea: Conectando con Lic. Renata Villalobos…

Maël está sentado lo más lejos posible de mí sin caerse de la silla. Si se mueve 10 cm más, activamos la Cláusula 8.2 por telepatía.

—Buenas tardes —dice una voz antes de que aparezca la imagen.

Firme. Sin eco. Sin dudas. Voz de mujer que gana juicios y discusiones domésticas.

La imagen carga. Ahí está ella. Renata Villalobos. 58 años, traje sastre azul marino impecable, labial rojo que no se corre ni en terremoto, y unos lentes que parece que usan para ver a través de contratos y mentiras. Detrás de ella, libreros llenos hasta el techo. Seguro ordenados por código civil y orden alfabético.

—Hijo —dice, mirando directo a Maël—. Octavio me comentó que hay un… tema pendiente.

—Mamá —contesta él.

Solo eso. Una palabra. Le sale como si le estuvieran sacando una muela sin anestesia.

Clarisse carraspea para salvar la situación.

—Licenciada, gracias por conectarse. La citamos para la capacitación oficial: Límites Profesionales y aplicación de la Cláusula 8.2.

—Correcto —dice Renata—. Veo a dos asistentes. Maël Garnier, mi hijo, Director de Estrategia. Y… —me mira por primera vez y siento que me hace un scanner ocular— Maëlys Donzel, 24 años, Estratega Senior.

¿Cómo sabe mi edad? No está en mi CV. Clarisse es una soplona profesional, o ella tiene espías en RRHH.

—Empecemos —ordena—. Artículo 1: La 8.2 no es una sugerencia. La redacté yo en 2012, después de que un gerente se liara con su becaria y luego demandara a la empresa por “ambiente laboral propicio a la distracción”.

Tomé agua justo en ese momento. Casi me atraganto y muero ahogada frente a la suegra legal. Maël me pasa una caja de kleenex sin mirarme. Calcula la trayectoria perfecta para que no se toquen nuestras manos. Profesionalismo nivel: paranormal.

—Artículo 2 —sigue imparable—. El nepotismo no es ilegal, pero es estéticamente feo y administrativamente peligroso. Por eso la cláusula 11.4 dice que ser hijo del dueño no exime de despido. Esa se la escribí a Maël el día que entró.

Maël no parpadea. Debe tener eso enmarcado en su habitación desde los 23 años.

—Preguntas —dice—. Donzel, empiece usted. Se le nota en la cara que tiene dudas existenciales.

Tengo 300, pero elijo la diplomática.

—¿Si dos empleados se gustan pero no hay jerarquía directa, aplica igual?

—No —responde rápida—. Pero si uno firma la evaluación del otro, aprueba vacaciones y decide su sueldo… sí. Maël es tu jefe directo. Fin del debate.

—Yo no… —intento defenderme.

—¿No qué? —me corta, pero con un tono más suave—. ¿No le gusta mi hijo? Perfecto, manténgase así. ¿Le gusta? Entonces o renuncia usted o consigo que despidan a él. La cláusula es binaria, señorita Donzel. 0 o 1. Sin grises.

Silencio sepulcral. Clarisse escribe tan rápido que la libreta va a echar humo.

—Siguiente pregunta —dice—. Maël, usted.

Maël se endereza. Odia esto. Se le nota en cómo aprieta su reloj Casio como si fuera un arma.

—¿Qué pasa si los rumores escalan al Consejo y Octavio decide reasignar a alguien solo para “acabar con el ruido” sin pruebas?

Renata se quita los lentes. Mala señal. Los abogados solo se quitan los lentes para sentenciar muerte civil.

—Si Octavio mueve a alguien por chismes y no por hechos —dice lentamente—, yo lo demando. Y le gano. Y con la indemnización te compro otra empresa, hijo, donde contrates personal que no se llamé igual que tú.

Maël parpadea una vez. Es su versión de llorar y gritar.

—Consejos prácticos —remata Renata—. Uno: puertas abiertas siempre. Dos: Clarisse presente en reuniones importantes. Tres: cero mensajes después de las 7 PM. Cuatro: si Diego vuelve a hacer un Excel con colores fluorescentes, se le levanta acta. Yo la redacto gratis.

Se pone los lentes de nuevo.

—Y una última cosa, Donzel. Leí su expediente. No conoce a su padre biológico. Tiene un padrastro, Esteban París, que la crió.

El café se me enfría en la mano..

—Sí… así es —digo.

—Bien —dice ella con seriedad—. Entonces sabrá que familia no es sangre. Es quien se queda. Octavio se quedó con el negocio. Yo me quedé con mi independencia. Maël se quedó con la presión de los dos. No le sume usted más peso.

Clic. Se desconecta.

2:30 p.m.

La sala huele a juicio perdido y a miedo.

Clarisse cierra su libreta: Capacitación concluida. Firmar asistencia.

Firmo. Maël firma. Ni los bolígrafos se rozan.

Salimos. Diego está afuera con una taza blanca que dice: #TeamRenata...Se la quito. No por la taza, sino porque mi cabeza va a explotar.

Vuelvo a mi oficina. Tengo 3 mensajes de Octavio:

1. ¿Cómo estuvo tu mamá?

2. No la provoques.

3. Diego hizo un organigrama nuevo: Árbol_Garnier_Donzel_V2. Te incluye a Renata como “Suegra”. Dice que es humor corporativo.

Cierro los ojos.

Mi madre acaba de decirle a Maëlys que no me sume presión.

Mi padre acaba de confirmar que el chisme ya es oficial.

Y yo acabo de darme cuenta de que la Cláusula 8.2 no la escribió Recursos Humanos. La escribió mi familia disfuncional para protegerme de mí mismo.

Estado del día 1, 2:40 p.m.

•Estado de la empresa: En terapia intensiva.

•Estado de Maëlys Donzel: 24 años, con una familia que la quiere y ahora con mi madre sabiendo su historia completa.

•Estado mío: Hijo de Octavio, hijo de Renata, jefe de Maëlys… y el único que no puede renunciar sin perder el apellido.



#5106 en Novela romántica

En el texto hay: romance de oficina

Editado: 11.04.2026

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