La regla era clara.
Prohibido enamorarse.
Y aun así… ahí estaban.
Otra vez.
Dos días después
—Necesito que vengas conmigo a Monterrey —dijo Valeria, revisando su agenda sin mirarlo.
Mateo, recargado en la puerta, sonrió.
—¿Trabajo o excusa para escaparte conmigo?
—Evento empresarial.
—Ajá… ¿y el hotel de lujo también es por negocios?
Valeria levantó la vista.
—No te pago para hacer preguntas.
Mateo dio un paso al frente.
—No me pagas por preocuparme… pero lo hago de todos modos.
Silencio.
Otra grieta.
Camino a Monterrey
La lluvia golpeaba el parabrisas.
El mundo afuera era gris… pero dentro del auto todo se sentía demasiado cerca.
—¿Te arrepientes? —preguntó Mateo de repente.
Valeria no entendió.
—¿De qué?
—De haber firmado ese primer contrato conmigo.
Ella miró hacia la carretera.
—No.
—¿Nunca?
Valeria dudó.
Un segundo.
Dos.
—No… hasta ahora.
Mateo tragó saliva.
—¿Por qué ahora?
Ella no respondió.
Porque si hablaba… todo se iba a romper.
Hotel — una sola habitación
—Hubo un error con la reservación —dijo la recepcionista.
Mateo soltó una risa suave.
—Claro… un “error”.
Valeria cerró los ojos un segundo.
—No pasa nada. Solo será una noche.
Pero sí pasaba.
Y mucho.
Noche
La tormenta no paraba.
El cuarto estaba en silencio… excepto por la lluvia.
Mateo estaba junto a la ventana.
Valeria, sentada en la cama, fingiendo leer algo que no estaba leyendo.
—Esto ya no es normal —dijo él sin voltearla a ver.
—Nunca lo fue.
—No, Valeria… esto —se giró hacia ella— esto no es actuación.
Ella levantó la mirada.
—Entonces deja de hacerlo complicado.
Mateo caminó hacia ella.
Lento.
Peligroso.
—No puedo.
—Sí puedes.
—No… porque cada vez que te acercas… —su voz bajó— se me olvida que esto es un contrato.
Silencio.
El aire se volvió pesado.
El momento
Mateo quedó frente a ella.
Muy cerca.
Demasiado.
—Dime que no sientes nada —susurró.
Valeria lo miró.
Sus ojos.
Su voz.
Su forma de decir su nombre sin decirlo.
—No siento nada.
Mentira.
Mateo no se movió.
—Dímelo otra vez.
Valeria tragó saliva.
—No siento—
No terminó.
Porque él se acercó más.
Y ella no se alejó.
Sus respiraciones se mezclaron.
Sus manos…
Casi.
Sus labios…
A un suspiro.
Interrupción
El teléfono sonó.
Fuerte.
Brutal.
Real.
Valeria reaccionó primero, alejándose como si hubiera tocado fuego.
—Es… es trabajo —dijo, tomando el celular.
Mateo retrocedió.
Como si nada hubiera pasado.
Pero pasó todo.
Más tarde
Valeria, sola en el baño, se miró al espejo.
—No siento nada —repitió.
Pero su reflejo no le creyó.
Final del capítulo
Mateo, desde el otro lado de la habitación, habló sin verla:
—Si seguimos así… vamos a romper algo.
Valeria cerró los ojos.
—Entonces no sigamos.
Silencio.
Mateo respondió:
—Sabes que no vamos a parar.
Y lo peor… es que ambos tenían razón.