Tres días.
72 horas.
4,320 minutos.
Y Mateo Ibarra Cruz no aparecía.
Vacío
Valeria seguía trabajando.
Firmando.
Sonriendo.
Siendo perfecta.
Pero ya nadie decía su nombre como él.
Y eso… se notaba.
Oficina
—No puedes seguir así —dijo Adrián, dejando un café frente a ella.
Valeria ni lo miró.
—Estoy bien.
—Claro. Por eso llevas tres días revisando el mismo documento.
Silencio.
—¿Sabes dónde está? —preguntó ella, finalmente.
Adrián suspiró.
—No.
Mentía.
Pero no por maldad.
Sino porque sabía… que Valeria tenía que dar el siguiente paso sola.
Intervención
Renata no fue sutil.
Nunca lo era.
—Eres una idiota.
Valeria levantó la mirada.
—Gracias.
—No, en serio. Felicidades.
Arruinaste la única relación real que has tenido.
Golpe directo.
—Era complicado.
—No. Era sencillo. Te gustaba. Le gustabas. Fin.
Valeria apretó la mandíbula.
—No entiendes—
—Sí entiendo —la interrumpió—. Te dio miedo.
Silencio.
—Y cuando algo te da miedo… lo destruyes antes de que te destruya a ti.
Eso…
dolió.
Porque era verdad.
La pista
Bruno apareció esa tarde.
Con su cámara.
Y algo más.
—Creo que deberías ver esto —dijo, entregándole una foto.
Valeria la tomó.
Y el mundo se detuvo.
Era Mateo.
Sentado solo.
En una cafetería sencilla.
Mirando su celular.
Con una expresión que ella nunca había visto.
Triste.
Real.
Roto.
—¿Dónde es esto? —preguntó ella, casi sin voz.
Bruno dudó.
—Si te lo digo… ¿vas a ir?
Valeria no respondió.
Solo tomó su bolso.
Reencuentro
El lugar era pequeño.
Tranquilo.
Nada como su mundo.
Mateo estaba ahí.
Exactamente como en la foto.
Cuando la vio…
no sonrió.
—Sabía que alguien te diría dónde estaba —dijo.
Valeria se acercó.
—Necesitaba verte.
—¿Para qué?
Directo.
Frío.
—Para hablar.
Mateo soltó una risa sin humor.
—Ya hablamos. Dijiste que fue estrategia.
Silencio.
Valeria sintió el peso de sus propias palabras.
—Mentí.
Mateo levantó la mirada.
Por primera vez…
había algo de esperanza.
Pero también miedo.
La verdad
—No fue estrategia —continuó ella—. No fue el contrato. No fue la empresa.
Respiró hondo.
Como si le costara decirlo.
—Fuiste tú.
El aire cambió.
—Me gustas, Mateo —dijo, sin rodeos—. Desde hace más tiempo del que quiero admitir.
Silencio.
—Y eso me asustó.
Mateo no se movió.
—Así que hice lo único que sé hacer… lo arruiné.
La respuesta
Mateo bajó la mirada.
Sonrió apenas.
Triste.
—Llegaste tarde.
Golpe.
Valeria sintió que el suelo desaparecía.
—¿Qué?
—Llegaste tarde, Valeria —repitió—. Yo ya estaba ahí… hace meses.
El silencio fue brutal.
—Y me quedé —añadió—. Esperando a que lo admitieras.
Ella no podía respirar.
Decisión
—Pero ya no sé si puedo hacerlo otra vez —dijo él.
Honesto.
Doloroso.
Real.
Valeria dio un paso al frente.
—No te estoy pidiendo que vuelvas al contrato.
—¿Entonces qué quieres?
La pregunta final.
La que importaba.
Valeria lo miró.
Sin miedo.
Por primera vez.
—Quiero intentarlo… sin reglas.
Mateo la observó.
Largo.
Silencioso.
Evaluando.
Sintiendo.
Recordando.
Y finalmente…
—Entonces empieza de verdad.
Valeria frunció el ceño.
—¿Cómo?
Mateo dejó dinero sobre la mesa.
Se levantó.
Y al pasar junto a ella, susurró:
—Gánatelo.
Porque esta vez… no había contrato que los obligara a quedarse.