Contrato de Amor prohibido enamorarse

"El genio tras las rejas"

​Ella es la mente detrás de «Chopo», el imperio tecnológico que ha revolucionado el mercado con los celulares más avanzados de la era; él, un genio del software condenado a seis años de prisión por un fraude que marcó su caída.
​Cuando el destino los cruza, las reglas del juego cambian. La empresaria no necesita dinero ni fama; necesita lo imposible: una tecnología que rompa todas las barreras del almacenamiento y la energía, y solo un hombre es capaz de crearla. A cambio de su libertad, le ofrece un contrato ineludible. Él no tiene opción más que aceptar el trato de la mujer que sostiene su futuro entre las manos. Sin embargo, en el mundo de los negocios y los circuitos de Chopo, hay una cláusula que ninguno de los dos podrá ignorar: está estrictamente prohibido enamorarse.
​Entre códigos secretos, alta tecnología y una libertad que pende de un hilo, descubrirán que, a veces, los errores más grandes son los que nos llevan a la única verdad que no puede ser programada: el amor. Pero un amor que no llega de la manera más natural a la que uno está acostumbrado. Aquí, el amor no nace de un encuentro fortuito, sino de una firma en un contrato vinculante. Es un sentimiento que florece entre cláusulas legales y circuitos de alta tecnología, transformando una obligación profesional en la única verdad que ni siquiera un genio como él podría haber programado. Un amor perfecto, un amor natural en el cual, a diferencia de los «clics» casuales del destino, aquí el vínculo inicia a través de un documento frío que sella sus destinos. Ella lo saca de la cárcel; él, renuente a aceptar el trato de una mujer tan extraña, tan empoderada y reconocida, se pregunta: ¿Por qué venir a buscarlo a él? ¿Por qué querer sacarlo de la cárcel? ¿Qué quería obtener de él? Sabía cuál era su propósito, pero se le hacía extraño el interés hacia su persona.
​Entonces surge la necesidad de ella por tener a alguien que le ayude a sacar su imperio adelante, ya que su marca de celulares, si bien no está en quiebra, se está quedando desactualizada y pasando de moda por la llegada de tantos dispositivos nuevos. La famosa marca se estancó, y ella necesita avanzar, continuar. Necesita seguir siendo la número uno, seguir ganando dinero, mantenerse como la más popular para que su empresa no quiebre. Es ahí cuando Frank entra en su vida.
​Un día, simplemente Ethel dice:
—Estoy cansada, agotada, fastidiada. No sé qué hacer. Tengo la presión de esta marca y «Ifonix» me está rebasando.
​—Lo siento que se lo diga, directora, pero nos está rebasando la marca Ifonix —responde su empleado, Marcos—. Nos está ganando en ventas y en popularidad. Nuestras ganancias están decayendo porque no nos hemos actualizado.
​—Necesito hacer algo ya —dice Ethel—. Necesito actualizarme, necesitamos volver a la cima, necesitamos tumbar a Ifonix. Necesitamos que nuestra marca, Chopo, sea la número uno otra vez. ¿Tienes algo que decirme, Marcos?
​—Sí, directora. Mire, le quería comentar lo siguiente: en mi universidad, hace dos años, estuvo un muchacho vendiendo celulares clones de la marca Ifonix. Es muy bueno; es un ingeniero en tecnología. Él se las sabe todas: los creó, los armó y, en los celulares que nosotros desechamos, él actualizaba y regeneraba la parte interna del software. Les creó un nuevo sistema operativo igual al original, pero con más actualizaciones, mucho mejor capacidad de memoria y funciones más nuevas.
​—¡Eso necesitamos! —exclama Ethel—. Se me ocurrió algo nuevo. Quiero que mis celulares tengan la capacidad de que su memoria expandible crezca, que se actualice y se regenere sola, y que cuando la batería esté a punto de morir, se regenere también. Al igual que las actualizaciones: con el simple hecho de tener acceso a internet, que todo se regenere, haciendo que el celular sea invencible por su capacidad de actualización y de almacenamiento interno. Pero no sé si esto sea posible; no sé si me estoy metiendo en algo imposible.
​—Sí es posible, señorita —responde Marcos—, y creo que él lo puede hacer posible.
​—¿Cuál es el nombre de este personaje?
​—Su nombre es Frank Colette. Es descendiente de franceses; su familia es de allá. Su papá tiene un historial terrible en la compraventa y robo de aparatos electrónicos, y su mamá fue encarcelada por asesinato. No tiene hermanos y se separó de su familia a los 18 años, quedándose solo. Vio su capacidad para crear celulares igual que el padre e intentó hacer su propia marca, pero lo único que logró fue esto. Él lo ve como poca cosa, pero creó celulares clones de nuestra mayor competencia, Ifonix, lo cual lo hace nuestro candidato ideal para lo que usted quiere, señorita.
​—Así es —dice Ethel—, él es nuestro candidato ideal. Lo necesitamos aquí en Los Ángeles lo más rápido posible.
​—¿Qué pasa, Marcos? Perdón que la moleste, señorita, pero hay un detalle que no le he dicho.
​—Dime.
​—Este joven, Frank, tiene ya dos años en la cárcel. Lo descubrieron por obvias razones, al estar creando celulares clones de nuestra mayor competencia, Ifonix.
​—Ya sé, ya sé —responde Ethel—. Tendremos que ir a visitarlo a la cárcel. ¿En cuál cárcel está?
​—Ese es otro detalle, señorita. Él se encuentra en Alemania, ya que se trasladó de Francia a Alemania para seguir vendiendo los celulares clones, pero lo descubrieron y lo encarcelaron ahí. Es donde está cumpliendo su sentencia.
​Ethel se levanta, golpea el escritorio con mucha fuerza y, muy decidida, dice:
—Pues bien, iremos a Alemania. Compra dos boletos. Salimos mañana a primera hora en el primer vuelo disponible rumbo a Alemania. Le daremos una visita a Frank y lo sacaremos de la cárcel.
​—Disculpe, ¿quién más la acompaña?
​—Tú me vas a acompañar, Marcos.
​—Lo siento, señorita, pero yo no puedo. Tengo una familia y…
​—Tú me vas a acompañar. Compra dos boletos. Salimos mañana a primera hora. Vamos a sacar a Frank de la cárcel. Muy bien, señorita. Enseguida.
​Y este capítulo continuará.




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