Contrato de Amor prohibido enamorarse

Micro-Análisis de un Beso

¿Podrá un amor ser lo suficientemente fuerte para sobrepasar el interés económico? ¿Qué puede más, el amor o el dinero a la hora de decidir? ¿Qué escogerías tú si tuvieras una personalidad como la de Frank? No es un mal hombre, pero sí bastante avaricioso; tampoco es un santo, pero es egocentrista. Y, obviamente, al saberse talentoso y competente en lo que hace, no se va a conformar con cualquier cantidad.
Pero aquí se le presenta una encrucijada monumental: este libro no solo trata de dinero, tecnología y de un aparato único que revolucionará el mercado; también busca averiguar si el sentimiento podrá sobrepasar un contrato de amor.
Nos habíamos quedado en el momento en que Frank le dice firmemente a Ethel que él no va a dejar que le tumben la empresa mientras viva, decidido a darlo todo por el negocio... o quizás lo esté dando todo por ella. ¿Será que Cupido fichó a primera vista? Lo que todos dicen sobre que el amor a primera vista no existe tal vez cobre sentido aquí, o tal vez descubramos si fue real o simplemente un frío engaño por parte de alguno de los dos.
—Yo solamente tengo una duda —dice Frank—. Ya conocemos toda la parte interna y externa del teléfono, pero también nos estamos olvidando, bombón, de algo de lo que no hemos hablado. Aquí me estás poniendo dos cámaras y dos linternas. Necesito que me digas la capacidad o el uso exacto que tienen. Me llama la atención que las lámparas tengan una forma cuadrada, cuando lo más común es que sean redondas. Eso es lo que verdaderamente hace único al celular. ¿Qué función cumple cada una?
Ethel lo mira fijamente antes de responder:
—Son dos cámaras, como dices, y dos linternas. Una linterna proyecta una poderosa luz ultravioleta. La otra tiene dos opciones, eliminando la necesidad de agregar un aditamento extra al diseño: la primera modalidad funciona como la linterna común que todos los teléfonos tienen; pero la segunda opción te permite cambiarla, desde la pantalla, a un modo de visión infrarroja. Al activarse, emite una frecuencia que te otorga visibilidad nocturna y la capacidad de detectar huellas dactilares latentes.
—La primera cámara toma fotografías perfectas en ultra alta definición 4K HD —continúa Ethel—. La segunda no captura luz normal; está sincronizada directamente con las lámparas del teléfono. Cuando el usuario activa la lámpara UV o el filtro infrarrojo, esta segunda cámara traduce esas frecuencias invisibles para el ojo humano y las superpone en tiempo real sobre la imagen 4K HD.
—Antes de que sigas, bombón —la interrumpe Frank con una sonrisa socarrona—, me gustaría decirte que este teléfono, por todo lo que me estás describiendo, no es para una persona común. Todas las capacidades que le estás añadiendo son posibles, pero sin duda alguna este aparato debe ser una versión exclusiva para agencias como el FBI, la CIA, policías o detectives. Nos iría increíblemente bien si se los vendemos a ellos, ya que tendrían todo al alcance de su mano sin necesidad de cargar con equipos pesados e independientes.
—Así es, tienes razón —asiente Ethel—. Es un dispositivo perfecto para operativos, investigadores y fuerzas de la ley. Además de la detección de huellas y las luces ultravioleta e infrarroja, la calidad 4K HD permite que el personaje pueda ver material con una nitidez impresionante, pero con el "Modo Escáner" activado, podrá grabar pruebas forenses y rastros térmicos con calidad de evidencia irrefutable.
—Te falta decirme qué hace la segunda cámara, bombón —exige Frank, cruzándose de brazos con una chispa de desafío en la mirada—. De verdad necesito sorprenderme si quieres que trabaje contigo. Esa pieza debe cautivarme e impresionarme si aspiras a que sea la mancuerna que necesitas.
Ethel esboza una sonrisa segura:
—Cámara de Micro-Análisis Molecular.
Al escuchar el nombre pronunciado con tanta soltura, Frank se queda con los ojos muy abiertos. Su expresión refleja la de un niño asombrado ante una película fantástica: la boca ligeramente entreabierta, incapaz de disimular el impacto. Por primera vez, se ve verdaderamente ansioso por conocer el alcance de esa tecnología y, sobre todo, por comenzar el proyecto junto a ella.
Ethel prosigue, saboreando el efecto que ha causado:
—Esta segunda cámara está equipada con un sensor de super-resolución microscópica adaptativa. Funciona como un laboratorio ultraportátil. Al acercar el teléfono a unos centímetros de cualquier superficie, puede analizar la estructura textil de una prenda, detectar microresiduos de pólvora, identificar venenos cristalizados o leer micrograbados de seguridad en documentos que resultan totalmente invisibles al ojo humano.
—Me sorprende, de verdad —admite Frank, exhalando un suspiro de rendición—. Este celular va a ser una bomba, un éxito rotundo. Decir que no habrá ganancias monumentales sería una tontería, porque el dinero lloverá a cántaros. Ahora bien... hay un problema. ¿Qué nombre le vamos a poner?
—La marca es Chopo —responde ella de inmediato, cerrándose por completo—. No veo ninguna razón por la cual debamos cambiarla. Significa demasiado para mí y no pienso discutirlo ni modificarlo. Eso no está a discusión.
Frank la observa con una mezcla de desconcierto y curiosidad:
—No pensaba juzgarte, criticarte ni mucho menos burlarme. Me parece un nombre peculiar, un tanto extraño, la verdad. Pero antes de emitir un juicio definitivo, necesito saber por qué se lo pusiste. Simple curiosidad, y creo que el tiempo apremia.
—Para mí significa todo —explica ella con la voz ligeramente quebrada—. La empresa Chopo fue creada por mis padres en Los Ángeles, California, hace muchos años. Comenzaron junto a un grupo de amigos ideando celulares, inventando funciones desde cero. Fue un éxito rotundo en su época. Empezaron desde abajo, en un tianguis, luego abrieron su primer local y fueron creciendo poco a poco... hasta que...
Las palabras se le atoran en la garganta y, por primera vez, la coraza de Ethel se fractura por completo, dejándola soltar el llanto.
Frank la mira con una mezcla de sorpresa y profunda empatía. Extiende la mano con suavidad, queriendo acortar la distancia.
—No tienes que decirme más... Me imagino por dónde vas. Debe ser sumamente doloroso no tenerlos, y comprendo lo pesado que es cargar sobre tus hombros con un imperio tan grande. Quiero que veas en mí un apoyo, pero también a alguien ambicioso, con carácter y con su propia forma de ver las cosas. Si algo no me gusta, te lo diré en la cara, aunque tengas el mayor poder sobre mí. No me importará dar la vuelta e irme si es necesario, porque sé que soy la pieza exacta que necesitas en este momento. No tienes que contarme toda tu historia ahora; ya tendremos tiempo para platicar. Por lo pronto... ¿dónde tengo que firmar?
Ethel se siente aliviada al notar que ha recuperado el control, evitando mostrarse completamente frágil ante los ojos de un hombre al que apenas está conociendo. Sin embargo, al observar la intensidad en la mirada de Frank, percibe destellos de una profunda soledad y una carencia afectiva evidente; era obvio que el amor familiar nunca había sido su fuerte, y aunque intentaba ocultarlo tras su fachada cínica, la necesidad de afecto era innegable.
En ese instante, la puerta se abre de golpe.
—Señorita, se acabó el tiempo. Vámonos —ordena el guardia de la prisión.
—Oficial José, por favor, necesito un poco más de tiempo con él —suplica Ethel, incorporándose de inmediato.
—Lo siento mucho, señorita, pero tengo que llevármelo. El tiempo reglamentario ha terminado y mi trabajo está en juego. Llevan más de dos horas platicando cuando la visita era de solo una hora. No puedo permitir ni un minuto más. Si requiere otra sesión, tendrá que agendarla para la próxima semana. Sé perfectamente quién es usted, pero eso no significa que le vamos a dar un trato especial aquí adentro.
Ethel se queda con los ojos abiertos de par en par, sintiendo una impotencia terrible. Quería cerrar el trato de una vez por las buenas, pagar la fianza y sacarlo de ese infierno lo antes posible. Pero las cosas en la cárcel se rigen por procesos inflexibles. Tendría que esperar una semana completa, lo cual alteraba sus planes en Alemania, donde ya acumulaba demasiados días lejos de casa.
Sabía que debía volver a Los Ángeles. Su empresa estaba a cargo de su subdirector, Ángel —una persona de su entera confianza y, casualmente, primo de Marcos, quien había entrado recientemente al corporativo demostrando una inteligencia colosal—. Las ganancias iban en aumento y el negocio marchaba sobre ruedas en su ausencia; Ángel era sumamente fiel y jamás haría nada para traicionarla. Aun así, la distancia y la incertidumbre la mantenían intranquila.
Frank se pone de pie con parsimonia, le dedica una sonrisa cómplice y le estrecha la mano. Pero al hacerlo, tira de ella con un movimiento firme y ligeramente brusco. Por un segundo, el tiempo parece detenerse; Frank intenta robarle un beso, aprovechando el desconcierto.
El oficial José reacciona al instante, tirando del reo para apartarlo en un forcejeo rápido.
—¡Hey, tranquilo! ¡Vámonos ya!
El intento de beso queda frustrado, pero Frank sabe que habrá más oportunidades. Ethel, por su parte, se queda inmóvil, sintiendo el rostro arder de vergüenza. Con el corazón latiéndole a mil por hora, voltea lentamente hacia su secretario, Marcos, quien la observa con una ceja alzada y una expresión indescifrable.
—¿Se siente usted bien, señorita? —pregunta Marcos con cautela, rompiendo el incómodo silencio.




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