Contrato de Amor prohibido enamorarse

Rayos X, contratos y latidos

El aire de la cárcel pesa distinto cuando el corazón late desbocado. Queda flotando esa distancia invisible, la certeza de tener cerca un amor prohibido, de esos por los que uno querría estar despierto día y noche, preguntándose en silencio por qué no está a su lado, por qué no puede ser la persona con la que él cruza palabra, por qué el cuerpo se congela al intentar mirarlo a los ojos y atreverse a hablarle. Queda la tentación de caminar juntos por las calles de la ciudad al anochecer, bajo el parpadeo de las luces, con el simple impulso de besarlo.

Se siente como tocar la luna con las manos: inalcanzable, inaudible, imposible. Los tabús sobran cuando uno mismo se impone los límites, sintiéndose diminuto, con una voz que no alcanza y unas palabras que se quedan cortas.

Y el patrón se repite: la debilidad no es solo por el hombre ocupado, el que teclea canciones tras una pantalla, el intelectual, el artista, el cantante, el abogado o el ingeniero. El imán atrae también al malo, al que encarna todo lo oscuro pero destila una sensualidad y una belleza física capaces de cegar el juicio, volviendo invisible lo interno. Una venda de carne y hueso. Como en aquella película donde el león se enamora de la oveja; solo que aquí no hay presas débiles. Son dos fieras chocando. ¿Puede un león entregarse a otro león? ¿Puede un carácter de acero doblegarse ante otro igual? ¿Queda espacio para un final feliz? ¿Será capaz un hombre como Frank de arrojarlo todo al abismo —la avaricia, el dinero, el poder— por ella? ¿Llegará a dimensionar lo que Etel está arriesgando por él?

Mientras la mente arde, la voz de Marcos rompe el aire: ​—Mientras tanto, ¿cómo se siente, señorita? ​—A, pues me siento bien, pero sinceramente yo tengo la sensación de que él intentó besarme. Corrígeme si estoy mal, Marcos.

Marcos ajusta la postura, con la incomudidad grabada en el rostro: ​—Mire, señorita, de corregirla no creo que sea lo más adecuado en mi posición, pero de comentarle si lo puedo hacer y disculpe el atrevimiento, pero sí realmente quería besarla. Y pienso yo —perdona mi atrevimiento, pero no puedo evitar decirlo—, no por mi conveniencia, simplemente porque no creo que sea buena idea desviarse de su objetivo, que es salvar la empresa de su padre y suya. Tiene que sacar la flota, señorita, y no es buena idea distraerse con una persona así. No es buena idea involucrar sus sentimientos con un delincuente como él. Recuerde dónde está, que su belleza física no la distraiga de la realidad, por favor, señorita.

Etel aprieta los labios, tragando saliva antes de responder: ​—Tienes razón, Frank... —su voz se quiebra un segundo por la inercia del momento, traicionada por el pensamiento—... y verdaderamente te agradezco muchísimo estas palabras, porque me has abierto los ojos y tienes toda la razón. Mi único objetivo y lo único que importa es rescatar la empresa de mi padre. No creo —y tiene razón— que deba involucrar mis sentimientos con una persona así; verdaderamente no vale la pena.

​—Sí, señorita, la verdad es que es muy tosco que yo lo diga así, pero verdaderamente pienso yo que es la respuesta más adecuada y más correcta. ¿Podemos volver a un tema? Quisiera comentarle una situación si me permite un momento. ​—Quiero ir al tocador. ​—Sí, claro, señorita.

Están a la salida del área de celdas cuando el policía José se cruza en su camino: ​—¿Se siente usted bien? ​—Sí. ​—Como ya se llevó a Frank, creo que ya nos podemos retirar, ¿verdad, Marcos? ​—Sí, pero antes me gustaría que me guiara hacia el tocador de damas, por favor. ​—Sí, claro, pase por aquí, señorita.

Marcos asiente discretamente, sabiendo que el agente la escoltará hasta la puerta del baño mientras él espera en el dintel.

Etel camina con el paso pesado, abstracta, flotando en una tormenta de ideas inconexas. Los pensamientos chocan y se desvanecen; por primera vez, el único sonido real es el golpeteo de su propio corazón, un eco tan acelerado y ensordecedor que le anula el pensamiento. Es inútil buscar palabras. Está atrapada en el centro exacto de la marea.

Al cruzar el umbral del baño, los muros internos se derrumban. La carcasa exterior se quiebra en pedazos. Se desploma contra el suelo en un llanto denso, un desgarrador estallido de enojo, de frustración y rabia contenida.

Las palabras brotan entre dientes, apretados con furia: ​—No lo puedo creer. No puedo creer que un simple intento fallido de un beso me haya hecho temblar el piso por completo. Tengo que enfocarme en la realidad, tengo que enfocarme en lo que verdaderamente es importante: mi empresa, mi carrera, mi legado, mi herencia. Y tengo que dejar de pensar en sus ojos.

El puño cerrado se estrella contra la puerta con un golpe seco, con la fuerza suficiente para dejar una marca profunda en la madera. Reacciona de inmediato, alisándose la ropa antes de que cruce la sospecha.

Del otro lado, la voz del policía resuelve el pasillo: ​—¿Está bien, señorita? ​—Sí, voy enseguida.

Se lava las palmas de las manos con agua fría y sale con la barbilla en alto. El oficial la examina con recelo: —¿Está bien? Es que se escuchó un ruido muy fuerte. —Sí, es que iba a resbalar, pero estoy muy bien y lista para retirarme.

El laberinto de pasillos grises de la prisión queda atrás bajo la guía del guardia, directo a la salida.

Metros más adentro, en su celda, Frank permanece tendido boca arriba, con la mirada fija en el hormigón del techo, mascullando para sus adentros: —Wow. ¿Qué ojos?, ¿qué mujer? Son unos ojos color café tan hermosos, tan bellos, tan grandes. Es hermosa, pero tampoco me puedo desviar de mi atención. Ella tiene un cerebro muy poderoso como el mío y creo que me puede tener varios, muchísimos, demasiado beneficio económico. Entonces verdaderamente sí sé lo que me conviene: voy a hacer a un lado mis sentimientos y me voy a enfocar en lo que realmente debo de hacer y dejar de perder el tiempo en tonterías. El único objetivo, lo único importante aquí es el dinero y hacer las cosas bien para que sea un buen negocio. Eso es lo único que importa y eso es lo que voy a hacer.




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