Señorita, pienso sinceramente que no sabemos en lo que nos estamos metiendo y que simplemente nos estamos dejando llevar por la emoción del proyecto y por las futuras ganancias. La realidad es que no tenemos absolutamente nada más que puras posibilidades; por el momento no son más que un plan que anda vagando en el aire. No sabemos si el juez vaya a otorgarle la fianza y, aun así, tampoco sabemos si la directora lo va a dejar salir. La situación está todavía bastante complicada —dice Marcos—.
—Sí, así es. Sinceramente tienes toda la razón, no es nada fácil —respondió Ethel—. Supongo que todos nos dejamos llevar por el calor del momento, por la emoción y por el proyecto. Perdimos un poco el enfoque, y sí, la cosa está mucho muy difícil. Tenemos que enfocarnos en dejar todo claro y, sobre todo, en plantearle al juez que lo deje salir; no va a ser nada fácil. Creo yo que, siendo ahorita las cuatro de la tarde, tenemos que salirnos. ¿Qué tal si nos vamos a tomar un café al restaurante del hotel y tú y yo platicamos y planteamos lo que le vamos a decir a la directora para que lo pase al juez?
—Sí, señorita. Me parece verdaderamente perfecto, pero le debo de corregir algo: en realidad, con el que nos debemos de dirigir no es con la directora de la cárcel; la persona a la que nos debemos dirigir es con el juez. A él es al que le debemos exponer la situación, y tengo entendido que usted debe de buscar a un abogado para que nos guíe.
—Entonces, ¿qué es lo que debemos hacer, Marcos? —preguntó ella.
—Mire, lo que debemos hacer es lo siguiente, señorita...
Nota de la autora: Ellos estaban todo el tiempo pensando en lo económico, en las ganancias, en el futuro y en lo bien que les iba a ir con su producto; pero se dejaron llevar por el calor del momento, por la excitación y por el flechazo erróneo de Cupido entre Frank y Etel, lo cual les impidió ver la realidad y poner los pies sobre la tierra. Porque la verdad era que, si la directora de la cárcel no lo dejaba salir o si el juez no lo permitía, no había proyecto, no había teléfono, no había Frank, e incluso su flechazo erróneo de Cupido se acababa. Se acababa todo.
—Mira, Marcos, la verdad es que yo no mucho tiempo para estar aquí —continuó Ethel—. Comprende mi entusiasmo, verdaderamente comprendo a dónde ibas y a dónde quieres llegar, pero no podemos estarnos aquí en Alemania eternamente esperando a que les dé la gana al juez o a quien sea dejarlo salir. Yo mañana a primera hora me voy a presentar con el juez —o jueza, o quien sea— y voy a exigir que me atiendan.
Al día siguiente, Ethel se presentó en el juzgado para hablar con el juez sin tener que esperar, sumamente desesperada y ansiosa.
—¡Detente, por favor! ¿A dónde crees que vas con tanta prisa? —preguntó Marcos, tomándola suavemente del brazo justo antes de que ella cruzara las puertas giratorias del palacio de justicia.
—A ver al juez, Marcos —respondió ella, zafándose con una mezcla de ansiedad y furia—. Cada minuto que Frank pasa en esa celda es un minuto que pierdo para el proyecto. No voy a perder tres semanas rellenando formularios absurdos ni esperando a que un burócrata examine una solicitud. Voy a entrar a su oficina, le voy a plantear el proyecto y voy a pagar la fianza ahora mismo.
Marcos soltó una carcajada seca, conteniendo el aliento por los nervios. Sabía perfectamente que cuando su jefa se obsesionaba con una idea, era un tren sin frenos, pero esto ya era un intento desesperado que rozaba la locura.
—Claro, y de paso le pides que te sirva un café, ¿no? Entiende una cosa: esto no funciona así —le dijo Marcos, poniéndose firmemente frente a ella para bloquearle el paso—. Esto no es una ventanilla de banco. Los jueces federales no dan citas ni atienden a la gente solo porque va desesperada. Si intentas colarte a su despacho saltándote el papeleo, los alguaciles te van a arrestar y terminarás en la celda contigua a la de Frank por desacato.
Ella apretó los dientes, sintiendo el peso del tiempo encima. Su respiración era agitada; la presión por sacar al genio del fraude la estaba carcomiendo.
—Entonces, ¿qué se supone que haga, Marcos? ¡No tengo tiempo para su maldita burocracia! Tiene que haber una forma directa.
—La hay, pero dentro de la ley —respondió Marcos, suavizando el tono y mostrando por qué era su mano derecha—. Ya me encargué de contratar al mejor abogado penalista de la ciudad. Mientras tú intentabas idear cómo entrar a la fuerza, él ya estaba registrando una moción de urgencia ante el secretario del tribunal. Alegamos que Frank tiene una propuesta de reinserción laboral inmediata bajo tu custodia corporativa. No tuvimos que llenar los formularios estándar; usamos un canal prioritario. El juez ya tiene el expediente en su escritorio.
Ella clavó una mirada fría y exigente en su secretario, aunque por dentro sintió un ligero alivio.
—¿Y para cuándo es la audiencia? Lo quiero afuera ya.
—Moví cielo y tierra, jefa —sonrió Marcos de lado, ajustándose el saco—. La audiencia es mañana a primera hora. Así que guarda tu chequera por hoy, descansa, y mañana convencemos a ese juez juntos.
Al día siguiente, en la audiencia, Ethel tenía que convencer al juez con sus argumentos.
Las enormes puertas de madera de la Sala 4 del Tribunal Federal se cerraron a sus espaldas. El silencio adentro era imponente, roto únicamente por el crujido de los papeles que el juez hojeaba con extrema lentitud desde su estrado.
—Señora Calette —dijo el juez, bajándose los anteojos y clavándole una mirada severa—. He revisado la moción de urgencia que presentó su abogado. Me piden que modifique la condena de Frank y le otorgue una fianza bajo su custodia corporativa. Debo decir que es una solicitud... sumamente inusual. El señor Frank está tras las rejas por un fraude masivo y plagio de tecnología. No es un ciudadano ejemplar.
Marcos, de pie un paso detrás de ella, le dio un sutil toque en la espalda: la señal acordada para que ella tomara la palabra y mostrara su seguridad.
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Editado: 07.08.2026