Contrato de Amor prohibido enamorarse

Código Rojo

Nunca debemos dar nada por hecho, así como nunca debemos confiarnos ni tener la plena seguridad de que equis situación va a salir bien.

Marcos y Etel, rumbo al hotel, miraban el pavimento a través de la ventanilla del taxi sin poder procesar la resolución del Juez; el volante había dado un giro violento e inesperado. Las maletas volvían a pesar en el maletero con destino a Los Ángeles, cargando el peor de los saldos. Frank seguía monitoreado en el área de cuidados intensivos y la estancia se había desmoronado. ¿Qué sentido tenía permanecer ahí si el calendario y el reloj del hospital se habían vuelto abstractos?

Marcos ajustó el retrovisor y miró de reojo a su compañera: —Señorita, pienso yo que deberíamos relajarnos. Yo sé que esto es un cambio repentino de situaciones, de eventos...

Etel lo cortó seco, con la voz temblorosa: —Mira, Marcos, te agradezco que estés tratando de calmarme, pero es una situación que verdaderamente se sale de mis manos. Todo se vino abajo, los tiempos no coinciden, siento que el cielo se me cae...

Los hombros se le contrajeron. Llevaba la mano invisible al bolsillo de un saco inexistente, apretando un segundero imaginario mientras corría en círculos por una habitación vacía. —Ya no hay más, tenemos que volver a Los Ángeles, no queda de otra. ¿A qué nos vamos a quedar aquí? ¿A qué me quedo? No hay más. Frank está mal y no sabemos... ¡Puede morir, con un demonio! Puede fallecer, lo sé. —Lo sé, señorita. Alístate para irnos, salimos en el primer vuelo. Compra los boletos y mándame mensaje cuando tengas la hora del vuelo para salir, que sea lo más pronto posible. No tenemos nada que hacer aquí.

Marcos exhaló un silbido largo y se recluyó en su habitación; Etel hizo lo propio en la suya. Se dejó caer bocarriba sobre el edredón, con la mirada fija en las molduras del techo, mientras los nudillos se le ponían blancos de tanto apretar las sábanas: —Siento que el tiempo se está acabando... Siento que mis padres están decepcionados de mí, donde quiera que estén. Siento que soy una decepción, siento que no pude hacer lo que ellos esperaban. Soy la oveja negra, la mancha negra, el intento fallido de un logro que no va a poder ser.

El timbre seco del aparato sobre la mesita de noche interrumpió el silencio. Presumió que era el reporte del itinerario. Con un movimiento brusco y ciego, lanzó el celular con toda su fuerza contra el muro de yeso. El impacto resonó seco; la carcasa estalló en esquirlas plásticas y los circuitos saltaron por la alfombra. Hundió la cara contra la almohada, cerró los párpados con violencia y masculló contra la tela: —No quiero saber de nada ni de nadie en este momento. Déjenme tranquila, déjenme en paz.

Sesenta minutos después, los nudillos de Marcos golpearon la madera con insistencia: —Señorita, ¿está usted bien? Llevo una hora marcándole y no me responde.

Etel se incorporó de golpe, con el cabello revuelto y el ceño fruncido: —¿Qué pasa, Marcos? ¿Qué está pasando? —Perdón, señorita, pero pensé que ya estaba usted lista. Nuestro avión sale en media hora. —¡Con un demonio, Marcos! ¿Por qué no me marcaste? ¿Por qué no me avisaste? —Señorita, llevo una hora intentando marcarle y no me responde.

Ella contuvo el aliento, con las manos apretadas contra las sienes: —Sí, en un intento desesperado de toda esta situación que se me está viniendo encima, que se me está viniendo este monstruo de problemas encima... Bien pesada encima, aventé mi celular contra la pared. —Señorita, me atrevo a decir de que está usted reaccionando así acaso porque no va a volver a ver por el momento a Frank. —¡Deja de decir pendejadas, por favor, Marcos! Mejor apurémonos para llegar al aeropuerto a tiempo y comprar un teléfono, por favor, lo necesito. ¿Crees poder hacer eso? —Sí, señorita, enseguida le compro un teléfono y este... no se preocupe, enseguida lo adquirimos. Alístese y nos vamos. —En realidad, Marcos, no tengo mucho que alistar. Yo no soy una mujer que saque toda la ropa y saque todo; en realidad, todo lo tengo perfectamente ordenado en mi maleta y no saqué nada, iba yo sacando lo que me iba poniendo. Así que dame 5 minutos y nos vamos.

El segundero marcó diez giros más. Ambos cruzaron el vestíbulo con las maletas ligeras y tomaron el primer vehículo disponible en la acera. —Al aeropuerto, por favor —indicó Marcos.

Al descender frente a las puertas automáticas de cristal, Marcos sacó una caja pequeña del bolsillo interior de su saco y se la tendió: —Mire, señorita, aquí está su teléfono. Me tomé el atrevimiento de comprarnos el último modelo de nuestra compañía, y pienso yo que sería una buena idea que lo tenga para que se vaya usted dando cuenta de las características que tiene nuestros equipos. Ya que me he dejado ver —y perdón que se lo mencione— de que usted nunca lleva un teléfono, nunca ha llevado un teléfono de nuestra empresa, lo cual, perdóneme que se lo diga, es una contradicción. Es como si usted trabajara para Iphonix o fuera dueña de Iphonix y no llevara un celular de la propia marca. Pienso yo que usted, siendo la dueña de su propia empresa, pues era para que tuviera los últimos modelos, pero para presumirlos y que la gente le pregunte, traerlo muy llamativo, este, muy adornado como ustedes las mujeres les gusta traer su teléfono para que la gente le pregunte dónde lo compró y usted ahí empiece a promocionar su propio teléfono sin querer. ¡Puede ser una muy buena publicidad!

Ella exhaló el aire lentamente, sosteniendo la caja cuadrada entre los dedos: —Sí, sí, tienes razón, nunca he tenido un teléfono de mi misma empresa, pero tampoco he tenido uno de Iphonix. Obviamente sería como querer comer algo de un restaurante en el cual hay rivalidad y hay competencia de marcas, ¿no? Sería una verdaderamente incongruencia e insensatez. Pero sí, tienes toda la razón, es una muy buena táctica de publicidad.

Los pasos se detuvieron en seco. Etel inclinó el torso hacia adelante, con la vista clavada en las baldosas pulidas del pasillo. —¿Se siente bien? ¿Está usted preocupada por Frank? —¡Deja de decir tonterías! Simplemente tengo hambre, vámonos para que nos sirvan de comer en el avión. Por favor, dime que compraste los boletos de primera clase, por favor. —Sí, por supuesto, señorita. Tengo los boletos en primera clase para que ambos estemos cómodos, usted pueda recostarse, podamos ver televisión y usted pueda relajarse y pedir sus alimentos, y desconectarse un poco de todo esto que pasó. Yo sé que no va a ser fácil la llegada a su empresa, yo sé que va a ser una situación verdaderamente difícil, créame que lo sé. Por mientras relájese, estas horas de vuelo son bastantes horas, se va a poder usted relajar bastante bien. —Muchas gracias, Marcos.




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