Contrato de Amor prohibido enamorarse

Suspiros De Amor Y Avaricia.

​Sinopsis
​Vida solo hay una, un momento es un instante, la ves muy corta, nada pasa dos veces por casualidad, la manzana nunca cae lejos del árbol... Todas esas frases son dichos que en algún momento fueron sacados de una verdad, de un evento y de una realidad. Así como la vida misma, que está hecha de momentos y de instantes que no siempre sabemos valorar.
​—Señorita, de verdad me sorprende su reacción —dice la directora Gretel.
​Étel se toma un momento para respirar hondo y pararse derecha. Su reacción previa fue tan impulsiva que ni siquiera tuvo oportunidad de pensarla; simplemente se levantó de golpe, recargando los brazos y golpeando el escritorio de la directora. No se detuvo a analizarlo, le salió del corazón.
​Por eso mismo, Étel responde:
​—Mire, señorita, fue una reacción normal, como usted comprenderá. Mucho estoy perdiendo... Estoy perdiendo mi empresa, en la que sembré todas mis esperanzas, y ahora me da mucho gusto que haya aparecido usted. Dígase qué día puedo verlo.
​Gretel la mira con severidad.
​—Señorita, usted está acostumbrada a que todo se lo manejen rápido, y aquí hay reglas. Así que no va a ser tan fácil. Nosotros vamos a ver la manera de que lo vea lo más pronto posible, pero antes tenemos que revisar cómo llegó y cuál es su estado...
​En ese momento, algo interrumpe en la oficina. En el pasillo de la cárcel se oyen los gritos de un guardia forcejeando con un reo.
​—¡No puedes entrar! —le advierte el guardia de seguridad.
—¡Sí necesito entrar! ¡Necesito verla inmediatamente! —exige el reo.
​El guardia que custodiaba a la directora Gretel y a su invitada sale de inmediato, tanto que hasta se tropieza. Gretel le grita desde el escritorio:
​—¡Vaya inmediatamente a ver qué está pasando!
—¡Sí, enseguida voy para allá! —repite el guardia varias veces, nervioso.
​Por un instante, al querer salir rápido, se vuelve a tropezar con la puerta. Se levanta de inmediato, arreglándose la postura: "Estoy bien, estoy bien", murmura. Se sonroja levemente, pero recupera su expresión firme de siempre y abre por completo.
​No es nada más ni nada menos que Frank, quien irrumpe empujando a los dos guardias de seguridad. Se planta frente a ellas y dice:
​—¡Étel, necesito hablar contigo inmediatamente!
​La directora Gretel estalla. Golpea con sus puños el escritorio, se pone roja de la ira y aprieta la mandíbula con tanta fuerza que hace caer varios lápices y hojas al suelo.
​—¡Qué está pasando aquí! ¿Qué desorden es este? ¿Qué le pasa, por qué entra de esta manera como si fuera su casa? ¡Aquí hay reglas! Usted está haciendo verdaderamente difícil su libertad condicional, joven. ¿Acaso no entiende que no puede hablar con la señorita Étel?
​Frank la encara sin titubear:
​—Necesito hablar con ella inmediatamente, y ustedes no lo van a impedir, que es lo único que han hecho: impedirme hablar con ella. ¡Pero no lo van a lograr! O me dejan hablar con ella, o definitivamente voy a tomar otras medidas.
​La directora Gretel abre los ojos y la boca de par en par, sin poder creer el descaro, y se deja caer pesadamente en su silla. Al lado, Étel se queda paralizada, inmóvil, y también termina sentándose despacio, abrumada por la escena.
​Gretel suspira, intentando recuperar el control, y dice:
​—Siéntate... No hay necesidad de estarnos alterando. Todos somos adultos aquí, no hay necesidad de usar la fuerza bruta. Obviamente estoy dispuesta a escucharte, soy tu amiga y me puedes confiar... A ver, Frank, ¿qué está pasando? ¿Por qué te urge tanto hablar con la señorita Étel?
​—Usted la hizo venir por una razón errónea —responde Frank con frialdad—. Y yo quiero hablar con ella en privado. Es mi derecho; o si usted no me lo quiere dar, tengo derecho a una visita legal, la cual me ha negado a base de mentiras y engaños. ¿Me va a dejar hablar con ella o voy a tener que acudir a mi abogado? Usted dirá de qué manera nos arreglamos.
​Gretel aprieta los labios, tensa.
​—Tranquilo, Frank, no hay necesidad de amenazar. Está bien, está bien... Guardia, llévelos al salón de juntas de arriba. Póngalos en una mesa, espósalo a él y usted vigile afuera en todo momento por si se pone violento, o por si la señorita Étel llega a necesitarlo. ¡Y usted no se mueve de ahí!
​Frank suelta una carcajada cínica.
​—Por favor... ¿Yo ponerme violento? Si lo único que he tratado es de protegerla a ella de usted y de su plan. ¡No sea ridícula!
​Gretel se levanta de un salto, vuelve a golpear el escritorio y grita:
​—¡Basta! ¡No abuse de su buena voluntad! Eso es lo que se va a hacer, y punto.
​Frank se levanta con parsimonia, apoya las manos en el borde, se inclina y mira a la directora Gretel fijamente a los ojos, muy de cerca, con una mirada penetrante:
​—No. Basta usted... O aquí todo se destapa.
​Gretel, con la respiración agitada, le ordena al guardia:
​—¿Qué espera? Acompáñelos a la sala de juntas y haga exactamente lo que le ordené.
—Enseguida, directora —responde el guardia, abriendo la puerta para que avancen—. Y a usted lo estoy vigilando, no se quiera pasar de listo.
​Los encierra en la sala. El guardia se queda afuera, flanqueando la puerta, mientras Frank es encadenado a la mesa, quedando uno frente al otro.
​—A ver, Frank, ¿qué está pasando aquí? —rompe el hielo Étel.
​—Mira, bombón... aquí se están diciendo muchas mentiras, las cuales yo ya estoy destapando. Y necesito que sepas toda la verdad. Para empezar, nunca estuve enfermo. Estoy bien, vivito, coleando y... más sexy que nunca.
​Frank arrastra un poco la "s", sonríe de lado y muerde sutilmente su labio inferior mientras la mira de arriba a abajo. De pronto, se percata de algo: a Étel se le han desabotonado dos botones de la camisa. Sus ojos oscuros se fijan en ese detalle.
​Étel se da cuenta, se sonroja profundamente, sintiendo las mejillas arder, y rápidamente se abotona la camisa.
​—¿Va a continuar diciéndome la verdad, o va a preferir que me siga desabotonando la camisa para que se quede ahí mirando? Le advierto que no hay nada para usted —le dice, intentando recuperar la compostura, aunque su voz delata una sonrisa coqueta.
​Frank suelta un suspiro profundo y una risa suave.
​—Ay, bonita... Como te decía, bombón, todas las preguntas que tengas te las responderé. A mí me tenían en la celda de castigo porque se enteraron de que me iban a sacar bajo libertad condicional. La directora es muy avariciosa; cuando vio el dictamen del juez y supo que yo quedaba bajo tu custodia, le dio un coraje tremendo. ¿Por qué yo y no otro? Ella es así con todos, pero especialmente se ensañó conmigo por algo muy grave.
​Frank hace una pausa, bajando la voz:
​—El día del ataque que sufrí en el patio —ataque del cual todos hablaban y que obviamente orquestaron por mi libertad condicional—, participó un primo hermano de la directora. Ella no sabe que yo lo sé, pero él lamentablemente perdió la vida en medio del tumulto; lo empujaron, se golpeó la cabeza contra unas bancas de cemento y murió. Todos en la cárcel lo sabemos. Gretel sabía que me iba a usar a mí como chivo expiatorio para culparme, castigarme e impedir a toda costa que saliera de aquí. Por eso me mandaron a la celda de castigo sin ninguna explicación, solo me dijeron: "Aquí te vas a pasar un buen rato".
​Étel lo escucha con atención, conteniendo el aliento.
​—¿Y cómo sobreviviste tres meses ahí? —pregunta ella.
—Me llevaban arroz y pan tres veces al día —suspira Frank—. No pasé hambre, pero no me dejaban salir hasta que un guardia de seguridad, un gran amigo mío llamado Juan, vio la oportunidad. Se asomó por la ventanilla al darme la comida y me dijo: "Termina de comer y la puerta va a estar abierta. Tienes cinco minutos para largarte de aquí, nadie te va a vigilar". Obviamente dejé la comida —frase de doble sentido que hace sonreír a Étel—, salí caminando con calma y los de la entrada principal se hicieron los dormidos. Juan les había pagado su parte.
​Frank sacude la cabeza con frustración.
​—Desgraciadamente no pude caminar ni tres cuadras cuando me recapturaron y me regresaron. Sabían perfectamente que la directora no me iba a dejar irse con la tuya porque conoce mi secreto sobre su primo. Ella gana mucho dinero con la corrupción de este lugar y no va a soltar la gallina de los huevos de oro tan fácil. Todo lo que armó hoy en esta sala de juntas fue gracias a Juan: este guardia que está afuera es de confianza, esta es la única sala sin cámaras de seguridad, y él se encargó de bloquear los otros pasillos para que pudiéramos hablar a solas.
​Étel une todas las piezas en su mente.
​—Espera... hay algo que no estoy entendiendo —interrumpe ella—. Todo lo demás lo entiendo perfectamente, pero... ¿lo que ella quiere al final es el dinero de la fianza? ¿Quiere que yo le pague por debajo de la mesa para dejarte salir, o hacer un trato directo con ella?
​Frank sonríe con admiración, con esa chispa de complicidad en los ojos.
​—Exactamente así es, bombón. Eres sexy e inteligente, déjate de tonterías. Eso es lo que quiere. Ya sabe que te lo estoy contando, o al menos lo sospecha, pero sabe que lo único que le queda es exprimirnos. Obviamente vamos a aceptar hacer el trato... pero después sé exactamente qué voy a hacer.
​Étel se pone de pie de golpe, con los ojos destellando de determinación.
​—Pienso quemarle su reputación y lograr que la despidan de este puesto. Pero mientras tanto... se acabó —dice con voz firme—. Tú te vas conmigo hoy. Ya perdí suficiente tiempo, suficiente dinero, y me hicieron descuidar mi empresa por el capricho de esta mujer avariciosa. Como ella bien lo dijo: se van a hacer las cosas a mi manera.
​Frank se queda con la boca abierta, viéndola de pie, imponentemente decidida.
​Sin pensarlo más, Étel camina hacia la puerta de la sala de juntas, golpea la ventanilla con fuerza y grita:
​—¡Guardia!
​La puerta se abre de inmediato.
—¿Qué pasa, señorita? ¿Está todo bien? —pregunta el guardia, nervioso.
—Lléveme con la directora Gretel en este mismo instante —ordena ella, señalándolo con el dedo en la cara con una autoridad implacable—. Y no quiero un "no" como respuesta. ¿Me entendió?




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