Contrato de Medianoche

Harina, lluvia y un desastre con corbata

Valentina

El timbre de la pastelería sonó por milésimas vez en menos de una hora, y yo ya no sabía si quería llorar o tirarle una bolsa de azúcar glas a la siguiente persona que cruzara la puerta. Eran las siete de la noche, mis tenis tenían una capa de harina tan gruesa que parecían de yeso, y el horno principal acababa de emitir un pitido de muerte súbita.

—Por favor, dime que esto es una pesadilla —susurré apoyando las manos en la barra de acero inoxidable, sintiendo cómo el sudor y el estrés se mezclaban en mi frente.

Para rematar, afuera el cielo de la ciudad se había caído en pedazos. Una tormenta de esas que inundan las esquinas y paralizan el tráfico golpeaba los cristales del local. Mi teléfono vibró sobre la mesa de trabajo; era un mensaje de mi hermana menor preguntándome si ya había juntado para la renta del local. Apreté los labios con tanta fuerza que me dolió. Si no conseguía pagar la próxima semana, Dulce Capricho se convertiría en un recuerdo triste.

Y justo cuando pensé que las cosas no podían empeorar, la puerta se abrió de golpe.

Un golpe de viento helado entró al local, arrastrando gotas de lluvia que salpicaron el piso recién trapeado. Levanté la mirada lista para soltar un grito de «estamos cerrados», pero las palabras se me quedaron atragantadas en la garganta.

El hombre que acababa de entrar parecía sacado de una revista de alta costura, aunque venía empapado hasta los huesos. Llevaba un traje negro impecable —bueno, ahora arruinado por el agua—, la corbata ligeramente floja y una expresión en el rostro que daba la impresión de que quería asesinar a alguien con las manos desnudas. Alto, de hombros anchos, cabello oscuro pegado a la frente por la lluvia y unos ojos tan fríos que hicieron que se me olvidara el calor del horno.

El hombre dio dos pasos hacia el mostrador, apoyando una mano sobre la superficie de acero con una elegancia que me dio rabia. Sus ojos oscuros recorrieron el desastre del local antes de clavarse en mí con una frialdad que helaba la sangre.

—Supongo que tú eres la dueña de este cuchitril —dijo con una voz tan cortante que parecía de hielo—. Valentina Gómez, ¿cierto?

Me quedé helada con el trapo de limpieza a medio doblar en las manos. ¿Cómo sabía mi nombre?

—Depende de quién pregunta —le respondí a la defensiva, arqueando una ceja y dejándome de rodeos educados—. Si eres inspector de sanidad, ya pasamos la revisión. Si eres del banco, la renta se paga el viernes. Y si vienes a comprar, ya está cerrado.

Él sacó un teléfono costoso del bolsillo, deslizó la pantalla con frustración y me la puso enfrente. En el visor había un correo electrónico con el membrete de su empresa y una factura firmada por mi pastelería.

—Vengo porque tu maldito servicio de catering para la gala benéfica de mañana en la noche estaba confirmado, y hace veinte minutos me enteré de que tu cocina sufrió un daño estructural y piensas cancelar —su mandíbula se tensó con tanta fuerza que casi pude escuchar el músculo moverse—. Mil quinientos invitados, la prensa nacional y un contrato de exclusividad firmado. Así que no, señorita Gómez, no está cerrado. Me vas a escuchar.

Abrí los ojos como platos, recordando el desastre del horno principal que había ocurrido apenas una hora antes. Había mandado un correo de cancelación al amanecer pensando que lo leerían a tiempo, pero él se había enterado de la peor manera: presentándose en persona bajo la tormenta.

—Mira, traje elegante —le dije, apoyando las manos en la cintura y plantándole cara a pesar de que por dentro mis piernas temblaban de los nervios—. Mi horno principal murió hace tres horas. No tengo cómo hornear cuatrocientos postres finos para mañana. Puedes ponerte los moños que quieras, pero del agua no sacamos peces.

Él me miró en silencio durante unos segundos interminables. No parpadeó. Sus ojos recorrieron mi delantal sucio, las charolas amontonadas y luego volvieron a mis ojos. Lo que pasó después no me lo esperaba: una sonrisa cínica, peligrosa y desesperada cruzó sus labios perfectos.

—Qué coincidencia, señorita Gómez... porque yo tengo una cocina industrial completa en mi casa, instalada solo porque me gusta cocinar cuando intento escapar del mundo —dijo, dando un paso más hacia el mostrador, tan cerca que pude oler su colonia mezclada con el aroma de la lluvia—. Y tú tienes veinticuatro horas para salvar mi evento, o te aseguro que no vas a volver a abrir las puertas de este lugar en lo que te queda de vida.

Me quedé boquiabierta, sintiendo cómo la sangre me hervía en las venas. ¿Con quién se creía que estaba hablando?

—¿Me estás amenazando en mi propio local? —le espeté, dando un paso al frente y clavándole el dedo índice en el pecho, sin importarme lo costoso de su camisa—. ¡Búscate a otro, "señor millonario"! No voy a ir a la casa de un desconocido arrogante solo porque no sabes planear tus eventos con anticipación. Lárgate de mi pastelería.

Él bajó la mirada hacia mi dedo, luego volvió a levantarla hacia mis ojos. Su expresión no se inmutó ni un ápice; al contrario, una chispa de diversión perversa brilló en el fondo de sus pupilas oscuras.

—No hay nadie más disponible a esta hora, Valentina. O aceptas mi trato, o mañana a primera hora me encargaré de que ninguna marca vuelva a proveerte insumos, y este local que tanto te costó levantar se convierta en un triste estacionamiento.

El silencio cayó en el local, solo roto por el repiqueteo furioso de la lluvia contra los cristales. Sabía que era capaz de hacerlo. Su apellido pesaba en esta ciudad, y yo estaba al borde del abismo financiero. Apreté los dientes con tanta fuerza que sentí la mandíbula crujir.

—Eres un maldito déspota —le solté entre dientes, arrancándome el delantal manchado de chocolate y aventándolo sobre el mostrador con furia.

—Y tú tienes una hora para empacar tus utensilios y subirte a mi auto si quieres salvar tu negocio —respondió él con total calma, dándose la vuelta hacia la salida—. Te espero afuera. No me hagas esperar, Valen.



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En el texto hay: chica buena, pasteles, ceo frío

Editado: 12.09.2026

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