El sol de la mañana se filtraba con una timidez dorada a través de las cortinas de lino blanco en la habitación de Elena. No era un despertar brusco; no necesitaba el estruendo de una alarma agresiva para abrir los ojos. Su cuerpo, tras cinco años de disciplina inquebrantable, tenía un reloj biológico perfectamente sincronizado con las ambiciones de la familia Sosa. Se estiró entre las sábanas, disfrutando de ese último segundo de paz antes de que la maquinaria de su mente comenzara a girar. Cada día era una oportunidad para devolver un poco de la gratitud que sentía hacia el hombre que no solo era su jefe, sino la figura paterna que la vida le había regalado por destino.
Se levantó con una elegancia natural y comenzó su ritual. Para Elena, arreglarse no era una vanidad, era su armadura. Seleccionó un traje de dos piezas en color gris marengo, una blusa de seda blanca que caía impecable sobre su silueta y unos zapatos de tacón que, aunque altos, le permitían caminar con la agilidad de quien domina cada centímetro de las oficinas de la empresa. Frente al espejo, recogió su cabello en una coleta baja y pulida. Su reflejo le devolvía la imagen de la eficiencia, pero sus ojos castaños conservaban un brillo de calidez que ningún protocolo empresarial lograba apagar.
Al salir de su apartamento, el aire fresco de la ciudad terminó de despejarla. Como cada mañana desde hacía media década, su primera parada fue la pequeña cafetería de especialidad en la esquina del edificio corporativo. El aroma a grano recién molido y pan horneado era el verdadero inicio de su jornada.
—Lo de siempre, Elena —dijo el barista con una sonrisa familiar.
Ella asintió, devolviendo el gesto. No tuvo que decir nada. Momentos después, sostenía dos portavasos y una bolsa de papel kraft que desprendía un calor reconfortante. En uno de los vasos, un latte con un toque de vainilla para ella; en el otro, un café negro, intenso, sin azúcar y a una temperatura exacta de 75 grados para Ricardo Sosa. El desayuno consistía en croissants de mantequilla, crujientes por fuera y aireados por dentro, el combustible necesario para enfrentar los tiburones financieros que habitaban los pisos superiores.
Llegar a la oficina cuando las luces apenas comenzaban a encenderse era su parte favorita del día. El silencio del gran piso de mármol y cristal le pertenecía. Caminó hacia el despacho principal, una estancia imponente con vistas a toda la ciudad, y comenzó su labor de hormiga. Colocó el café de Ricardo en el posavasos de cuero, dispuso el desayuno sobre una servilleta de lino y revisó que la agenda del día estuviera abierta en la página correcta. Cada bolígrafo estaba alineado, cada informe en su carpeta correspondiente. Elena no solo preparaba una oficina; preparaba el camino para que su jefe brillara.
Una vez que todo estuvo en su lugar, se retiró a su propio escritorio, justo fuera del despacho. Se sentó con un suspiro de satisfacción, quitándose por un momento los tacones bajo la mesa. El primer sorbo de su latte fue como un abrazo. Disfrutaba de esos veinte minutos de soledad, viendo cómo la ciudad despertaba tras el ventanal, hasta que el sonido metálico del ascensor anunció que el día laboral había comenzado oficialmente.
El flujo de personas empezó a llenar los cubículos, el murmullo de las computadoras encendiéndose y los saludos cordiales crearon la banda sonora habitual. Fue entonces cuando una figura vibrante se apoyó en el borde de su escritorio.
—Buenos días, Elena. Temprano como siempre, ¿no te cansas de ser la perfección encarnada? —Sofía, su mejor amiga y cómplice en aquel laberinto de cemento, la miraba con una mezcla de admiración y burla cariñosa.
Elena levantó la vista y sonrió, dejando de lado su tableta.
—Sabes que me gusta llegar temprano para cualquier cosa, Sofía. El caos me pone nerviosa y prefiero tener diez minutos de ventaja sobre cualquier imprevisto.
Sofía soltó una risita y se cruzó de brazos, mirando de reojo la puerta cerrada del despacho de Ricardo.
—Por eso el jefe te ama a ti —soltó Sofía, haciendo un pequeño puchero cómico.
No era un secreto para Elena que Sofía sentía una fascinación profunda por Ricardo Sosa. Y no la culpaba; Ricardo era la definición de un hombre exitoso, pero con una bondad que rara vez se encontraba en las altas esferas. Elena, sin embargo, solo pudo sacudir la cabeza con suavidad.
—Solo le gusta cómo trabajo, Sofía. No confundas la eficiencia con el romance.
—¡Por favor! —exclamó la otra chica dramáticamente—. Le gustas porque eres hermosa y, honestamente, eres la única mujer en todo este departamento, y probablemente en todo el edificio, que no se muere por él. Eres un desafío andante, Elena.
Elena soltó una carcajada limpia, que resonó por el pasillo.
—Es mi jefe, Sofía. Además, después de todo lo que la familia Sosa ha hecho por mí, lo último que haría sería complicar las cosas con sentimientos. No puedo evitar verlo solo como mi jefe, casi como un hermano mayor o un mentor.
En ese preciso instante, el sonido de las puertas del ascensor privado se abrió con un "ding" rotundo. El aire pareció cargarse de una energía distinta. Ricardo Sosa entró en la oficina. Vestía un traje de tres piezas en color azul noche que parecía esculpido sobre su cuerpo, resaltando su porte atlético y su mandíbula firme. Su presencia era imponente, pero su sonrisa al ver a las chicas era genuina.
—Buenos días, chicas. ¿Cómo están hoy? —preguntó mientras se ajustaba los puños de la camisa, desprendiendo un aroma a madera y cítricos.
—Buenos días, jefe —respondieron ambas al unísono, aunque el tono de Sofía fue notablemente más agudo de lo normal.
Elena se levantó de inmediato, recuperando su postura profesional.
—Tu desayuno está en el escritorio, Ricardo. El café está a la temperatura que te gusta. Puedes comer tranquilo, entraré en veinte minutos para la revisión de la agenda.