La jornada laboral había transcurrido con una tranquilidad casi sospechosa, una normalidad sedante que permitía que el sonido de las teclas y el murmullo de las llamadas telefónicas fluyeran como un río manso. Elena se sentía en su elemento, tachando pendientes con la precisión de un cirujano. Sin embargo, en el mundo de los Sosa, la calma solía ser solo el prefacio de un torbellino.
Faltaban pocos minutos para la hora del almuerzo cuando una fragancia floral y costosa inundó el pasillo antes de que su dueña hiciera acto de presencia. Una figura esbelta, vestida con un conjunto de diseñador que gritaba juventud y rebeldía elegante, se detuvo frente a su escritorio.
—¡Hola, querida cuñada hermosa! —La voz de Isabella, la hija menor de los Sosa, resonó con una alegría contagiosa que hizo que varias cabezas se giraran.
Elena levantó la mirada de su monitor, sintiendo cómo el cansancio de la mañana se disipaba de inmediato. Desde hacía dos años, Isabella se había empeñado en adjudicarle ese título, un juego constante que ya formaba parte de su dinámica diaria.
—Sabes perfectamente que no soy tu cuñada, Isa —respondió Elena, aunque una sonrisa delataba que no le molestaba en absoluto el apelativo.
Isabella se apoyó en el borde del escritorio con una gracia despreocupada, jugando con uno de sus anillos de oro.
—Bueno, técnicamente no... todavía. Pero siempre tengo la esperanza de que eso cambie en el futuro. Mi hermano mayor es un caso perdido de adicción al trabajo, y tú eres la única que tiene el manual de instrucciones para manejarlo. Serías la adición perfecta al árbol genealógico.
Elena soltó una risita suave y negó con la cabeza, cerrando la carpeta de archivos que tenía abierta. No importaba cuántas veces le explicara que su relación con Ricardo era puramente profesional y de una amistad fraternal, Isabella siempre encontraba la forma de sembrar la duda con su optimismo inquebrantable.
—Como sea, cuñadita, deja de poner excusas. Nos vamos a almorzar, y no acepto un "no" por respuesta. Necesito aire fresco y comida de verdad, no ese café que tomas por galones.
—Está bien, me convenciste. Déjame recoger mis cosas para irme —dijo Elena, comenzando a organizar sus bolígrafos y a apagar la pantalla.
Justo cuando estaba guardando su teléfono en el bolso, la pesada puerta de madera del despacho de Ricardo se abrió de golpe. Él apareció en el umbral, con la chaqueta del traje ya puesta pero la corbata ligeramente aflojada.
—¿Mi hermanita menor vino y no me avisaste que estabas aquí? —preguntó Ricardo, arqueando una ceja pero con un brillo de afecto en los ojos al ver a Isabella.
Isabella se cruzó de brazos, fingiendo una indignación que no sentía.
—Lo siento, hermanito, pero esta fue una visita estratégica. Vine específicamente para almorzar con mi cuñada, no contigo.
Ricardo parpadeó, procesando las palabras de su hermana con una mueca de confusión fingida que lo hacía ver mucho más joven y accesible.
—¿Por qué con mi secretaria sí, pero no con tu hermano mayor? —reclamó, recostándose contra el marco de la puerta.
Isabella dio un paso hacia Elena y la tomó del brazo de forma posesiva, con una sonrisa triunfal en el rostro.
—Simple: porque quiero más a Elena que a ti. Ella escucha mejor y no me da sermones sobre la bolsa de valores mientras como pasta.
Elena no pudo evitar reírse a carcajadas ante la expresión de derrota cómica en el rostro de Ricardo. Era en estos momentos cuando olvidaba las jerarquías; para ellos, ella no era un empleado más, era parte del tejido que los mantenía unidos. Isabella tiró suavemente de su brazo y ambas comenzaron a caminar hacia el ascensor, dejando a Ricardo murmurando algo sobre la "traición familiar".
Caminaron tres calles bajo el sol del mediodía, esquivando a otros ejecutivos apurados, hasta llegar a un restaurante italiano acogedor que era el refugio favorito de ambas. Una vez sentadas y con los pedidos de comida en marcha, el ambiente cambió sutilmente. Isabella se inclinó sobre la mesa, con los ojos brillando de curiosidad.
—Hablando en serio, Elena... ¿Cuándo vas a empezar a salir con mi hermano? Él te adora. Es obvio para todos, menos para ustedes dos.
Elena rodó los ojos y se acomodó en la silla, buscando las palabras para desviar el tema, pero esta vez decidió atacar con la misma moneda.
—¿Y tú? ¿Cuándo vas a decirle a tu hermano que te gusta alguien de la competencia? —La sonrisa de Isabella se borró en un segundo. Su rostro se puso de un rojo intenso, contrastando con su maquillaje impecable.
—Eso... eso es diferente —balbuceó Isabella, mirando nerviosamente hacia los lados como si Marco, el rival de su familia, fuera a aparecer entre las mesas.
—¿Diferente? Isa, estás jugando con fuego. Si Ricardo se entera de que su pequeña hermana está enamorada del hombre que intenta quitarle los contratos de construcción, le daría un infarto —continuó Elena en voz baja, aunque con tono cariñoso—. Y ni hablemos de tu padre.
—Mi hermano me mataría —susurró Isabella, recuperando un poco la compostura pero manteniendo el tono serio—. No entendería que el corazón no sabe de logotipos empresariales ni de cuotas de mercado.
—Solo si tu papá no te mata primero —añadió Elena con una mueca de preocupación real—. El señor Marcus es un hombre increíble, pero su lealtad a la empresa es... legendaria.
Ambas se quedaron en silencio un momento, compartiendo un peso que las unía más que cualquier contrato de trabajo. Elena conocía los secretos de los Sosa mejor que ellos mismos. Durante los últimos cinco años, había tejido una red de afecto con el patriarca, el señor Marcus. Cuando ella empezó, apenas era una joven secretaria buscando una oportunidad; Marcus vio algo en ella, una chispa de integridad, y terminó tratándola como a la hija que siempre podía contarle la verdad. Cuando él se jubiló hace dos años y medio para dejar a Ricardo al mando, la transición fue suave precisamente porque Elena estaba allí para sostener la mano de ambos.