Contrato de Rebeldia

3

El reloj de pared de la oficina marcó las seis de la tarde con un eco metálico que parecía poner fin a la tregua del día. Tras la salida de los últimos empleados, el silencio volvió a reinar en el piso de presidencia, pero para Elena, el trabajo mental apenas comenzaba. Guardó su computadora con movimientos mecánicos, sintiendo el peso del cansancio en sus hombros, pero también esa chispa de anticipación que siempre le provocaba visitar la mansión de los Sosa.

Manejó hacia su casa con la radio en un volumen bajo, dejando que el tráfico de la ciudad fluyera a su alrededor como un río de luces rojas. Una vez en su apartamento, se permitió un respiro. Se dio una ducha larga, dejando que el agua caliente relajara cada músculo tenso. Sabía que la cena en la mansión no era una "reunión de trabajo", pero aun así, la etiqueta y el cariño que les profesaba exigían que luciera impecable.

Se decidió por un vestido de seda en un tono verde bosque; era suelto, con una caída elegante que bailaba con sus movimientos, pero que se ajustaba con sutileza en la cintura, acentuando su figura sin perder la sobriedad que la caracterizaba. Se aplicó un maquillaje natural, resaltando sus ojos con tonos tierra, y dejó su cabello suelto en ondas suaves que caían sobre sus hombros. Al verse en el espejo, no vio solo a una secretaria; vio a la mujer que había aprendido a caminar entre gigantes sin dejarse pisotear. Tomó las llaves de su auto y condujo hacia la zona más exclusiva de la ciudad.

Al llegar a la mansión de los Sosa, los portones de hierro forjado se abrieron como si la estuvieran esperando. El mayordomo, un hombre que la conocía desde su primer día de prácticas, la recibió con una inclinación de cabeza y una sonrisa genuina que rara vez mostraba a los invitados extraños.

—Bienvenida de nuevo, señorita Elena. La familia la espera en la sala principal —dijo mientras la guiaba por los pasillos decorados con obras de arte y fotografías familiares.

Cuando entró en la sala, el ambiente era de una calidez abrumadora. Allí estaban todos: el señor Marcus, con su presencia imponente pero ahora más suave tras su jubilación; su esposa, la señora Beatriz, que siempre la miraba con ojos maternales; Ricardo, que ya se había despojado de la chaqueta del traje; e Isabella, que sostenía una copa de vino mientras reía de algo que su hermano decía.

En cuanto pusieron los ojos en ella, la conversación se detuvo. Todos se acercaron a recibirla como si fuera la octava maravilla del mundo, rodeándola con abrazos y palabras de afecto que siempre lograban que Elena olvidara su origen humilde. Conversaron alegremente durante los aperitivos, saltando de anécdotas de la oficina a planes para las vacaciones, hasta que pasaron al comedor formal.

La cena fue exquisita, pero lo que Elena más disfrutaba era la dinámica. A pesar de los millones en el banco, en esa mesa eran simplemente una familia. Sin embargo, a mitad de la cena, el señor Marcus dejó su cubierto sobre el plato y clavó su mirada azul y perspicaz en Elena.

—Entonces, Elena... —empezó el patriarca con esa voz profunda que aún ordenaba respeto sin necesidad de gritar—. ¿Cuándo te casarás con mi hijo de una vez por todas?

Isabella soltó una carcajada ruidosa que casi hace que se atragantara con su bebida. Elena, acostumbrada a las salidas de Marcus, simplemente lo miró fijamente con una ceja arqueada, mientras sentía cómo el calor subía por sus mejillas.

—¡Papá! —exclamó Isabella entre risas—. ¡Yo prometí no mencionarlo, pero tú no tienes filtro!

Elena rodó los ojos con cariño, buscando la mirada de su amiga.

—Isabella, dijiste que no lo mencionarías, pero se te olvidó decir que tu padre tampoco podía —replicó Elena, provocando más risas en la mesa.

—Vamos, Elena, no me digas que no lo has pensado —insistió Marcus con una sonrisa traviesa—. Te metería en el testamento ahora mismo como una de mis hijas. Sería la forma más fácil de asegurar que este imperio se quede en buenas manos.

Elena soltó una risa suave, conmovida por la oferta pero firme en su posición de siempre.

—Gracias por el honor, señor Marcus, de verdad. Pero usted sabe mejor que nadie que solo veo a Ricardo como mi jefe... o, siendo sincera, como a un hermano mayor muy protector y a veces un poco molesto.

Ricardo, que estaba bebiendo agua, se puso la mano en el pecho con un gesto dramático y teatral, fingiendo una herida mortal.

—¡Eso dolió, Elena! Sabes que te amo, ¿cómo puedes enviarme a la "zona de hermanos" delante de mis propios padres? —bromeó, guiñándole un ojo.

—Lo siento, Ricardo, pero no. Eso no pasará —respondió ella riendo, disfrutando del juego.

—Me has roto el corazón. Mañana pediré que preparen mi testamento también, porque creo que moriré de despecho —fingió desfallecer sobre la silla, lo que provocó que hasta la señora Beatriz se riera de las ocurrencias de su hijo.

Sin embargo, el tono de Marcus volvió a ser serio, aunque cargado de una ternura profunda que rara vez mostraba en público. Estiró su mano sobre la mesa y apretó suavemente la de Elena.

—Bromas aparte, hija... casado o no casado con Ricardo, igualmente te pondré en el testamento. He tomado una decisión.

Elena sintió un nudo en la garganta. La palabra "hija" siempre tenía un impacto fuerte en ella.

—No tiene que hacerlo, señor Marcus. Ustedes ya me han dado más de lo que alguna vez soñé. El trabajo, su confianza, su amistad... eso es suficiente herencia para mí.

—Para mí, eres como mi propia sangre, Elena —insistió el anciano con una firmeza que no aceptaba réplicas—. Has estado aquí cuando otros se fueron. Has cuidado de este negocio y de mi hijo como si fueran tuyos. No es una obligación, es un acto de justicia.

—Gracias, señor... de verdad. Aunque insisto en que no es necesario —susurró ella, sintiéndose abrumada por la generosidad de aquel hombre.

La cena continuó con una nota más emotiva. Elena miraba a cada uno de ellos, sintiéndose protegida por ese escudo de privilegios y amor. Lo que nadie en esa mesa sabía, ni siquiera el astuto Marcus, es que el destino tiene un sentido del humor retorcido.




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