Contrato de Rebeldia

4

Tres días habían pasado desde aquella cena donde las risas y las promesas de futuro llenaron el comedor de la mansión. Tres días en los que el mundo parecía seguir girando con una normalidad engañosa. Me estaba terminando de abrochar el puño de mi blusa, preparándome para otra jornada de café, agendas y llamadas, cuando el sonido estridente de mi teléfono rompió el silencio de mi habitación.

Era Isabella. Fruncí el ceño al ver su nombre en la pantalla; ella jamás me llamaba tan temprano, siendo más de mensajes nocturnos o visitas sorpresa a media mañana. Un presentimiento helado me recorrió la columna antes de siquiera contestar.

—Isabella, ¿pasó algo? —pregunté, tratando de mantener la voz firme.

Lo que escuché al otro lado me heló la sangre. No hubo palabras, solo el sonido roto de un llanto desesperado, hipos que cortaban el aire y gemidos de un dolor que no encontraba consuelo.

—Isabella, por favor, dime qué pasó —insistí, y mi mano empezó a temblar sobre el tocador.

—Elena... mi... mi... mi... mi papá... —Su voz se quebró en mil pedazos. No pudo terminar la frase, pero no hacía falta.

Mi corazón empezó a latir con una fuerza violenta, golpeando contra mis costillas. El aire se volvió espeso, difícil de tragar.

—Isabella... —le supliqué, necesitando una confirmación que temía recibir.

Tras un minuto de silencio agónico, donde solo se escuchaba el sollozo desgarrador de mi amiga, escuché el ruido del teléfono cambiando de manos. La voz que surgió después era profunda, pero sonaba hueca, como si viniera de un lugar muy lejano.

—Elena... mi papá acaba de morir.

Era Ricardo. Su voz, siempre tan segura y llena de autoridad, estaba rota. En ese instante, el mundo se detuvo de golpe. El reloj de mi pared pareció dejar de avanzar y los colores de mi habitación perdieron intensidad. Marcus Sosa, el hombre que me había dado una vida, el que me llamaba "hija" hace apenas unas horas, se había ido.

—Estaré ahí —fue lo único que alcancé a decir antes de colgar.

No recuerdo el trayecto hacia la mansión. Mis manos manejaban por instinto mientras las lágrimas nublaban mi vista, pero me obligué a mantenerme entera. Sabía que, en esa casa, el caos se habría apoderado de todo. Al llegar, la estampa era exactamente como la había imaginado, pero verla en persona dolía mil veces más.

La señora Beatriz —a quien todos llamábamos con cariño Belkis en la intimidad— estaba sentada en un sofá, meciéndose con la mirada perdida y el rostro bañado en lágrimas. Isabella estaba a sus pies, con la cabeza apoyada en su regazo, destrozada, emitiendo esos gritos sordos que salen del alma cuando el dolor es insoportable. Ricardo estaba de pie frente a ellas, con los hombros hundidos, tratando de ser el pilar que su madre y su hermana necesitaban, aunque sus propios ojos estuvieran inyectados en sangre.

Me acerqué a Ricardo con paso lento. En cuanto me vio, una chispa de alivio cruzó su rostro y me dedicó una sonrisa débil, cargada de una tristeza infinita.

—Gracias por venir, Elena —susurró. Se frotó la cara con las manos, un gesto de cansancio extremo que nunca le había visto—. Le dio un infarto hasta donde sabemos. Murió durmiendo, sin dolor, o eso dicen los médicos. Creo que la funeraria se está encargando ahora mismo...

En ese momento, el timbre de la mansión empezó a sonar. El ruido de los primeros parientes y socios que se enteraban de la noticia comenzó a llenar el vestíbulo. Vi a Ricardo gruñir de cansancio y frustración; no estaba listo para las formalidades, para los pésames vacíos ni para los buitres que vendrían a preguntar por la sucesión.

—No te preocupes, Ricardo —le dije, poniendo una mano firme en su brazo—. Yo me encargaré de todos los arreglos. La prensa, la funeraria, el catering para el velatorio... todo. Tú no tienes que mover un dedo.

Él me miró con culpabilidad. —No puedo pedirte eso, Elena. Era mi padre, no quiero que cargues con esto tú sola.

En ese instante, Isabella soltó un nuevo grito de dolor mientras abrazaba las piernas de su madre, quien apenas podía respirar entre sollozos. La escena era desgarradora.

—Ricardo, mírame —le obligué a que me prestara atención—. Tú tienes que preocuparte por ellas. Son tu prioridad ahora. Déjame el resto a mí. Para eso estoy aquí.

Él asintió lentamente, soltando un suspiro que pareció liberar un poco de la presión de su pecho. —Gracias, de verdad. No sé qué haríamos sin ti.

Le di un abrazo corto pero intenso, transmitiéndole toda la fuerza que me quedaba. Luego, me di la vuelta y salí hacia el jardín para empezar a organizar el funeral del hombre que había sido mi mentor. Mi mente funcionaba a mil por hora: contactar al cementerio, redactar el comunicado para la junta directiva, gestionar la seguridad para evitar a la prensa amarillista...

Sin embargo, había una tarea más. Una que nadie en esa casa quería o podía hacer. Una de las llamadas más difíciles y fuertes que me había tocado hacer en todos mis años como secretaria. Busqué en mi agenda privada un número que rara vez se marcaba, un número que Marcus siempre me pedía tener a mano "por si acaso", aunque esperaba no usarlo nunca.

Caminé hacia el rincón más alejado del jardín, donde el viento soplaba con frialdad. Marqué. El tono de llamada sonó una, dos, tres veces. Mi corazón martilleaba en mis oídos.

—¿Diga? —Una voz ronca, profunda y con un matiz de impaciencia respondió al otro lado.

—Julián... es Elena.

Hubo un silencio sepulcral al otro lado de la línea. Sabía que él reconocía mi voz, aunque solo nos hubiéramos visto un par de veces años atrás.

—Tenemos que hablar —continué, y mi voz flaqueó por primera vez en todo el día—. Tu padre murió.

El silencio que siguió fue tan pesado que pareció aplastar el teléfono. Julián Sosa, la oveja negra, el hombre que se había jurado no volver a pisar esa casa, estaba ahora al otro lado de la línea, y yo acababa de abrir la puerta de su regreso. Un regreso que, lo sabía muy bien, lo cambiaría todo para siempre.




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