Contrato de Rebeldia

5

El olor de los lirios blancos y los crisantemos era tan penetrante que se sentía pegajoso en el fondo de mi garganta. Había pasado las últimas cuarenta y ocho horas funcionando en piloto automático, coordinando cada detalle del servicio fúnebre con una frialdad profesional que me permitía no desmoronarme frente a los invitados. El salón de la funeraria estaba abarrotado de hombres con trajes oscuros y mujeres con velos que ocultaban ojos curiosos más que afligidos. El mundo empresarial se había dado cita para despedir a Marcus Sosa, pero en medio de la opulencia, el vacío que dejaba su presencia era inmenso.

Yo estaba al lado de Ricardo, ayudándolo a recibir los pésames de los accionistas, cuando el ambiente cambió. No fue un ruido, sino una especie de onda expansiva que recorrió la sala, haciendo que los murmullos cesaran de golpe. Las pesadas puertas de roble se abrieron y, recortado contra la luz del vestíbulo, apareció él.

Julián Sosa.

Caminaba con una tranquilidad que rayaba en la insolencia, como si no estuviera entrando al funeral de su propio padre tras dos años de ausencia, sino a un bar después de una larga noche. No vestía un traje formal de luto; llevaba una chaqueta de cuero oscuro sobre una camisa negra con los primeros botones desabrochados y el cabello ligeramente desordenado. Su presencia era una bofetada al protocolo y a la rigidez de la familia.

Sentí cómo Ricardo se tensaba a mi lado. Su mandíbula se apretó tanto que creí que sus dientes se quebrarían. Se giró hacia mí, con los ojos echando chispas de pura rabia.

—¿Tú lo llamaste? —me siseó al oído, su voz era un látigo de indignación—. ¿Cómo pudiste, Elena? Sabías que su presencia aquí solo causaría problemas.

Me mantuve firme, aunque por dentro temblaba ante su furia. Lo miré a los ojos, sin bajar la cabeza.

—Marcus también era su padre, Ricardo —le respondí en un susurro cargado de convicción—. Nadie tiene el derecho de prohibirle a un hijo despedirse de su padre, por muy mala que fuera su relación. Hice lo que era correcto.

Ricardo soltó un bufido de desprecio y se apartó de mí, encarando a su hermano mientras Julián se acercaba con paso lento y seguro. La tensión entre ambos era casi eléctrica, una rivalidad que venía de años de comparaciones y decepciones.

—Has tenido el descaro de aparecerte aquí —soltó Ricardo cuando Julián estuvo a un paso de distancia.

Julián no se inmutó. Su mirada recorrió a su hermano con una mezcla de aburrimiento y sarcasmo, pero luego sus ojos se desviaron hacia mí. Me recorrió de arriba abajo con una intensidad que me hizo sentir expuesta, y una pequeña sonrisa ladeada, casi imperceptible, apareció en su rostro.

—Hola, hermano. Veo que sigues tan rígido como siempre —dijo con una voz ronca que parecía diseñada para irritar—. Y veo que sigues teniendo a la mejor compañía de la ciudad a tu lado.

Se acercó a mí, ignorando la postura defensiva de Ricardo, y se inclinó lo suficiente para que pudiera oler el aroma a tabaco y perfume caro que lo rodeaba.

—Elena... cada año que paso fuera, tú te vuelves más letal para la vista. ¿Sigues perdiendo el tiempo cuidando a mi hermano o ya has decidido buscar a alguien que sepa apreciar esas curvas fuera de una oficina? —me dijo con un tono de coqueteo tan descarado que resultó insultante en ese contexto.

Volteé los ojos con un fastidio evidente, cruzándome de brazos. —Es un funeral, Julián. Un poco de respeto no te vendría mal —le respondí cortante.

Él soltó una risa seca, pero antes de que pudiera replicar, un sollozo ahogado interrumpió la escena. Isabella, que había estado sentada junto a su madre, se había levantado. Al ver a su hermano mayor, aquel que había sido su héroe antes de marcharse, sus ojos se llenaron de una nueva oleada de lágrimas.

—¿Julián? —susurró ella.

—Hola, pequeña —dijo Julián, y su expresión cambió por completo. El sarcasmo desapareció, reemplazado por una sombra de vulnerabilidad que solo mostraba ante ella.

Isabella no esperó un segundo más; corrió hacia él y se lanzó a sus brazos, sollozando con una fuerza que hizo que Julián tuviera que retroceder un paso para mantener el equilibrio. Él la envolvió en un abrazo protector, hundiendo su rostro en el cabello de su hermana pequeña. En ese momento, la máscara de "oveja negra" se agrietó un poco.

Poco después, se separó de Isabella y caminó hacia la primera fila, donde la señora Belkis lo observaba con incredulidad. No se habían visto en dos años. El silencio en la sala era sepulcral mientras la madre y el hijo se miraban. Julián se arrodilló frente a ella y tomó sus manos. Belkis, sin decir una palabra, lo atrajo hacia ella en un abrazo silencioso que hablaba de perdón y de un dolor compartido que las palabras no podían alcanzar.

Yo observaba la escena desde la distancia, sintiendo el peso de la mirada de Ricardo sobre mí. Él no perdonaba que yo hubiera roto su burbuja de control llamando a Julián. Pero al ver a Isabella y a su madre aferradas al hijo pródigo, supe que mi decisión había sido la correcta, aunque eso significara que mi propia tranquilidad estaba a punto de terminar.

Julián se puso de pie y, por un segundo, su mirada volvió a cruzarse con la mía. Había algo en sus ojos, un fuego oscuro y un desafío silencioso que me dio una advertencia clara: su regreso no era solo para un funeral. Estaba aquí para reclamar su lugar, y por alguna razón que aún no comprendía, yo estaba en el centro de sus planes.

El servicio continuó, pero la paz se había ido para siempre. La familia Sosa estaba reunida de nuevo, pero las piezas no encajaban. Eran fragmentos rotos intentando formar una imagen que el testamento de Marcus, el cual se leería al día siguiente, terminaría de destruir.




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