El funeral de Marcus Sosa no fue solo un adiós; fue una exhibición de poder y tristeza entrelazados. La catedral estaba sumida en una penumbra solemne, iluminada únicamente por cientos de velas cuya luz temblorosa se reflejaba en los acabados de mármol y en el barniz oscuro del ataúd que reposaba en el altar. El aire estaba saturado con el perfume denso de las coronas de flores, un olor que para mí siempre sería el aroma de la pérdida.
Desde mi posición, un par de pasos detrás de la familia, observaba a Ricardo. Se había convertido en una estatua de granito. Su atención no estaba en el sacerdote ni en los cientos de ojos que lo observaban evaluando su capacidad para liderar el imperio ahora que el patriarca se había ido. No. Su mirada estaba fija en su madre y en Isabella. Cada vez que los hombros de Belkis se sacudían por un sollozo, Ricardo le apretaba la mano con suavidad, ofreciéndole un pañuelo de seda con una elegancia mecánica. Cuando Isabella parecía que iba a desmoronarse, él la rodeaba con el brazo, pegándola a su costado, sirviendo de escudo contra las miradas indiscretas de la alta sociedad que devoraba su dolor como si fuera un espectáculo.
Ricardo era el hijo perfecto, el sucesor esperado, cargando con el peso de tres personas sobre su espalda sin permitir que una sola lágrima empañara su fachada profesional.
Pero entonces, el equilibrio se rompió. Julián, que se había mantenido en un rincón sombrío durante parte de la ceremonia, decidió que ya había tenido suficiente de las sombras. Aprovechando que Ricardo estaba ocupado ayudando a su madre a levantarse para la comunión, Julián se deslizó entre los invitados con la gracia de un depredador y se detuvo justo a mi lado.
—Demasiado incienso y demasiada hipocresía para un solo lugar, ¿no crees, Elena? —su voz, un susurro ronco cargado de un cinismo absoluto, me hizo sobresaltar.
Me obligué a no mirarlo, manteniendo la vista al frente, hacia el ataúd. —Es un funeral, Julián. Se llama respeto. Algo que parece que olvidaste en algún lugar del extranjero —respondí en voz baja, con un tono gélido.
Él soltó una risita seca, un sonido pecaminoso en medio de los cánticos religiosos. Se acercó un centímetro más, lo suficiente para que su brazo rozara el mío. Sentí el calor que emanaba de él, un contraste violento con el frío de la iglesia.
—El respeto se gana, y mi padre y yo dejamos de respetarnos hace mucho tiempo —dijo, y pude sentir su mirada recorriendo mi perfil—. Aunque debo admitir que hay cosas en esta ciudad que sí merecen un poco de mi atención. Te ves increíblemente tentadora vestida de luto, Elena. Ese verde oscuro hace que tus ojos parezcan un bosque en el que cualquiera querría perderse. Especialmente yo.
Lo miré de reojo con un fastidio que no intenté ocultar. La audacia de este hombre no tenía límites. Coquetear en el funeral de su propio padre era caer en un nuevo nivel de bajeza, incluso para la oveja negra de los Sosa.
—Guárdate tus cumplidos baratos para las mujeres que impresionas en tus viajes, Julián —le espeté, girándome apenas para enfrentarlo—. A mí no me interesan tus juegos, y mucho menos hoy. Ten un poco de decencia por tu madre y tu hermana.
Julián no se inmutó por mi rechazo; al contrario, pareció divertirle. Se encogió de hombros con una despreocupación que me dio ganas de abofetearlo.
—Oh, Elena, siempre tan leal, siempre tan... correcta —se burló, estirando una mano para rozar apenas un mechón de mi cabello que se había escapado de mi peinado. Retrocedí de inmediato, fulminándolo con la mirada—. No te preocupes por mi "decencia". He venido, he cumplido con el acto de presencia y mañana escucharé ese testamento solo por compromiso.
—¿Solo por compromiso? —pregunté con incredulidad—. ¿Ni siquiera te importa lo que tu padre haya decidido sobre tu futuro o el de la empresa?
Julián soltó un suspiro largo y se metió las manos en los bolsillos de su chaqueta de cuero, mirando hacia el techo abovedado de la catedral con una expresión de absoluto desdén.
—La verdad, Elena, ya no me importa nada de lo que diga ese papel. Estoy completamente seguro de que el viejo no me dejó nada. Probablemente me desheredó legalmente hace meses, y honestamente, es lo mejor que podría pasarme. Así podré largarme de este nido de víboras sin mirar atrás, dejándole a Ricardo su preciado trono y sus úlceras por estrés.
—Él esperaba que volvieras —susurré, recordando las palabras de Marcus en la cena.
—Él esperaba que me doblegara —corrigió Julián, su voz volviéndose repentinamente dura como el acero—. Y eso es algo que no va a suceder. Ni por dinero, ni por apellido, ni siquiera por una cara bonita como la tuya... aunque admito que tú eres la única razón por la que consideraría quedarme un par de días más.
Antes de que pudiera responderle algo mordaz, Ricardo se giró y nos vio. La mirada que le lanzó a su hermano fue de puro odio, y a mí me dedicó una de profunda decepción. Julián, notando la tensión, me guiñó un ojo con una insolencia exasperante y se alejó hacia la salida antes de que la misa terminara oficialmente, dejando tras de sí un rastro de caos silencioso y a mí con el corazón latiendo a un ritmo errático.
Julián estaba convencido de que no recibiría nada. Estaba convencido de que su libertad estaba a la vuelta de la esquina. Pero yo conocía a Marcus Sosa mejor que él, y sabía que el viejo patriarca no se habría ido de este mundo sin jugar una última carta. Una carta que nos obligaría a todos, especialmente a Julián y a mí, a enfrentarnos a una realidad que ninguno de los dos estaba preparado para aceptar.
El funeral terminó y, mientras ayudaba a los Sosa a subir a los coches negros que nos llevarían al cementerio, solo podía pensar en una cosa: Mañana, cuando se abra ese sobre sellado, la guerra de los Sosa realmente comenzará.