Contrato de Rebeldia

7

El sol de la mañana se filtraba por los grandes ventanales de la oficina del abogado de la familia, pero no lograba calentar el ambiente gélido que se respiraba en la sala de juntas. Todos estábamos vestidos de un negro riguroso, un uniforme de luto que acentuaba la palidez en el rostro de la señora Belkis y las ojeras profundas de Ricardo. Yo me encontraba sentada en una esquina, un poco apartada del círculo familiar. Había ido solo por acompañarlos, por lealtad a la memoria del señor Marcus, convencida de que mi presencia allí era puramente protocolar. No esperaba nada; para mí, el mayor legado de Marcus ya lo tenía: su confianza y su cariño.

Julián estaba sentado al fondo, con las piernas estiradas y una expresión de aburrimiento que rozaba la falta de respeto. Miraba el techo, jugaba con un mechero de plata en su mano y parecía contar los segundos para que aquel "trámite" terminara y pudiera tomar el primer vuelo fuera del país.

El abogado, un hombre de voz monótona y gestos lentos, carraspeó antes de romper el sello del sobre lacrado. El silencio era tan denso que se podía escuchar la respiración entrecortada de Isabella.

—"Yo, Marcus Sosa, en pleno uso de mis facultades, dicto mi última voluntad..." —empezó a leer el abogado.

Las primeras disposiciones fueron lógicas y esperadas. A su esposa, la señora Belkis, le dejaba la mansión principal, el hogar que habían compartido por décadas, junto con el diez por ciento de las acciones de la empresa para asegurar su comodidad de por vida. Todo lo que se encontraba dentro de la propiedad, incluyendo la impresionante colección de coches de lujo, pasaba a ser de ella. Belkis asintió con una tristeza silenciosa, apretando un pañuelo contra sus labios.

Luego llegó el turno de Ricardo. El abogado anunció que, como se esperaba, Ricardo heredaba la presidencia oficial de la empresa principal y un cuarenta por ciento de las acciones. Ricardo cerró los ojos un segundo, asumiendo el peso de la corona que ahora descansaba oficialmente sobre su cabeza. Era un movimiento natural; él era el orden, la estructura y el futuro de la compañía.

Para Isabella, Marcus había reservado la casa de la playa —su lugar favorito en el mundo— y la gestión de las mini empresas locales del grupo, una forma de que ella empezara a forjar su propio camino empresarial con negocios menos agresivos que la sede principal.

Pero entonces, el abogado hizo una pausa y ajustó sus gafas. Su mirada se desvió por un segundo hacia mí antes de continuar leyendo, y un escalofrío me recorrió la nuca.

—"A Elena, a quien siempre consideré la hija de mi propia alma y el pilar más sólido de mi administración... le dejo el cuarenta por ciento de las acciones de la empresa principal".

El mundo se detuvo de golpe. Sentí que el aire abandonaba mis pulmones y que el suelo bajo mis pies se volvía inestable. ¿El cuarenta por ciento? Eso me convertía, junto con Ricardo, en la accionista mayoritaria. No era solo un regalo económico; era el control total del imperio Sosa. Escuché el jadeo de sorpresa de Isabella y sentí la mirada gélida de Ricardo quemándome la piel. Mi mente gritaba que debía ser un error, que yo no podía ser la dueña de casi la mitad de la empresa para la que trabajaba.

El abogado, sin darme tiempo a procesar el choque, continuó con el siguiente beneficiario.

—"A mi hijo del medio, Julián Sosa..." —Julián dejó de jugar con su mechero y prestó atención por primera vez—. "Le lego el veinte por ciento restante de las acciones de la empresa. Sin embargo, esta herencia está sujeta a una condición innegociable: Julián deberá enderezar su vida, abandonar su estilo de vida errante y volver a actuar como un verdadero Sosa bajo la supervisión de la junta directiva. En caso de negarse o de no cumplir con los estándares de conducta esperados, su veinte por ciento será donado íntegramente a diversas acciones benéficas".

Julián soltó una carcajada amarga, una que resonó en las paredes de la oficina como un disparo.

—¿Supervisión? —masculló entre dientes—. El viejo quiere controlarme incluso desde la tumba.

El abogado no se detuvo. —"Por último, el uso del yate, el barco y el jet privado de la empresa será estrictamente de uso familiar... con la excepción de Julián. Se le prohíbe el acceso a cualquier transporte de lujo de la compañía a menos que demuestre que ha cambiado su vida y se ha integrado de nuevo al núcleo familiar".

La sala se sumió en un silencio tenso, solo roto por el sonido del abogado cerrando la carpeta. Yo seguía en estado de shock, con las manos entrelazadas con tanta fuerza que mis nudillos estaban blancos. Miré a Ricardo, que estaba rígido como una estatua, y luego a Julián, cuyo rostro era una máscara de furia contenida y desprecio.

Marcus no me había dejado simplemente dinero. Me había entregado el poder para decidir el futuro de sus hijos. Al darme el cuarenta por ciento, me había puesto en medio de la guerra entre la responsabilidad de Ricardo y la rebeldía de Julián.

—Elena... —la voz de Ricardo sonó extraña, una mezcla de sorpresa y algo que no pude identificar.

Pero antes de que pudiera decir nada, Julián se puso de pie bruscamente, haciendo que su silla chirriara contra el suelo. Se acercó a la mesa, ignorando al abogado, y clavó sus ojos oscuros en mí. Ya no había coqueteo, solo una intensidad salvaje.

—Así que ahora eres mi jefa, ¿eh, Elena? —dijo con una voz cargada de veneno—. Mi padre te dio las llaves del reino y a mí me puso una correa de perro. Interesante jugada del viejo.

—Yo no sabía nada de esto, Julián —logré articular con la voz temblorosa.

—Oh, claro que no —se burló él, acercándose tanto que pude ver la tormenta en sus pupilas—. Pero ahora los dos estamos atrapados en este juego. Tú tienes el poder, y yo tengo la necesidad de recuperarlo.

Se dio la vuelta y salió de la oficina sin decir una palabra más, dejando tras de sí una familia fracturada y a una secretaria que, en cuestión de minutos, se había convertido en la mujer más poderosa y, probablemente, más odiada de la dinastía Sosa.




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