El pasillo de la oficina legal parecía haberse vuelto más largo y estrecho de lo que recordaba al entrar. Mis pies se sentían pesados, como si cada paso que daba estuviera cargado con el plomo de aquel cuarenta por ciento que ahora me pertenecía legalmente. El silencio que nos rodeaba no era de paz, sino de un estupor absoluto. En cuanto cruzamos el umbral de la sala de juntas, el aire fresco del vestíbulo me devolvió un poco de claridad, pero la urgencia de explicarme me quemaba la garganta.
—¡Ricardo! —llamé, apresurando el paso para alcanzarlo antes de que llegara a los ascensores.
Él se detuvo en seco y se giró. Su rostro seguía siendo una máscara de seriedad, esa fachada de hierro que había perfeccionado desde que asumió el mando de la empresa, pero en sus ojos pude ver un destello de desconcierto.
—Ricardo, por favor, mírame —le dije, acercándome a él con las manos temblorosas—. Te juro por lo más sagrado que yo jamás esperaba que esto pasara. Tú mismo estuviste ahí, escuchaste la conversación en la cena hace unos días. Sabes que le dije al señor Marcus que no quería estar en el testamento, que no era necesario. Pensé que me dejaría algún detalle personal, un recuerdo... ¡pero no casi la mitad del imperio!
Él no dijo nada, simplemente me observaba con una fijeza que me ponía nerviosa.
—Si quieres, te doy las acciones —solté de golpe, sin pensarlo dos veces. La idea de poseer tanto poder me aterraba más de lo que me halagaba—. Podemos ir ahora mismo con el abogado y firmar el traspaso. Se que tú te las mereces, eres su primogénito, te has dejado la piel en esa oficina cada día. Yo solo soy... solo soy Elena.
—No, Elena —la voz de Isabella intervino con una firmeza que me sorprendió. Ella dio un paso al frente, poniéndose entre su hermano y yo—. Mi padre te dejó esas acciones a ti por alguna razón específica. Él no hacía nada por impulso, cada movimiento de Marcus Sosa era parte de un plan maestro. Si te eligió a ti para custodiar esa parte de la empresa, es porque sabía que eras la única capaz de manejarla con la integridad que se requiere.
—Pero es demasiado, Isa —repliqué, sintiendo que las lágrimas de frustración picaban en mis ojos—. Eso no es justo para ustedes. Yo no soy su hija biológica, no tengo el apellido Sosa. Soy la secretaria que llegó aquí hace cinco años con un currículum bajo el brazo y muchas ganas de aprender. No puedo simplemente arrebatarles su herencia.
Sentí una mano cálida y suave sobre mi hombro. Era la señora Belkis. A pesar de su propio luto, su mirada era serena, llena de esa sabiduría silenciosa que siempre la había caracterizado.
—Elena, querida... la biología es solo una parte de la historia —dijo con voz dulce pero firme—. Nosotros siempre te hemos visto como una de nuestras hijas. En estos años, has demostrado más lealtad y amor por esta familia que muchos que llevan nuestra sangre. No te sientas como una intrusa, porque para Marcus, y para mí, nunca lo has sido.
Me moví incómoda, bajando la mirada hacia mis zapatos. El peso de sus palabras era hermoso, pero la responsabilidad me abrumaba. Iba a insistir, a buscar una excusa legal o moral para deshacerme de esa carga, cuando Ricardo finalmente habló. Su voz ya no sonaba fría, sino cansada y extrañamente resignada.
—Déjalo así, Elena —dijo, dando un paso hacia mí para obligarme a que lo mirara—. Si mi padre te dejó esas acciones, es por algo. Él conocía el negocio mejor que nadie y nos conocía a nosotros aún mejor. Sabía que yo soy pragmático, que Isabella es el corazón y que Julián... bueno, Julián es una incógnita constante.
Hizo una pausa, exhalando un suspiro largo mientras se ajustaba la corbata negra.
—Si él confiaba en ti para ser su sucesora en ese porcentaje, yo también confío en ti. No quiero que hablemos más de traspasos ni de renuncias. Es la voluntad de mi padre, y lo último que haré será desobedecerlo ahora que no está.
Me quedé en silencio, procesando el hecho de que no tenía escapatoria. Estaba atrapada por el amor de un hombre que me había dado todo, incluso aquello que no quería.
—No me siento cómoda, Ricardo —admití finalmente, con un nudo en la garganta—. Siento que esto va a cambiar todo entre nosotros. Pero... creo que puedo aceptarlo. Bajo una condición.
Ricardo arqueó una ceja.
—Tú seguirás siendo el presidente —dije con firmeza—. Tú llevarás el timón, tú tomarás las decisiones importantes. Yo solo estaré ahí para apoyarte, para ser tu respaldo en la junta y para asegurarme de que el legado del señor Marcus siga el camino que él trazó. No usaré mi porcentaje para ir en tu contra, jamás. Solo apoyaré tus decisiones.
Ricardo me dedicó una sonrisa pequeña y triste, cargada de una gratitud que no necesitaba palabras.
—Gracias, Elena. No esperaba menos de ti.
Justo cuando el ambiente parecía relajarse un poco, el sonido de una moto rugiendo a las afueras del edificio nos recordó que la tormenta no se había ido. Julián se alejaba a toda velocidad, probablemente furioso, probablemente planeando cómo romper las cadenas que su padre le había puesto desde la tumba.
Yo tenía el cuarenta por ciento de las acciones, pero también tenía una diana pintada en la espalda. Ricardo confiaba en mí, pero sabía que la llegada de Julián y los términos del testamento nos pondrían a prueba de una manera que ni siquiera el señor Marcus podría haber previsto. La secretaria perfecta había muerto con el patriarca; ahora, me tocaba aprender a ser la dueña de mi propio destino.